III
Apreté el botoncito negro que decía 6B, sabiendo que en realidad correspondía al 3H, pero no le di importancia. Si algo caracterizaba al portero eléctrico del edificio de Paulina era precisamente tener mezcladas todas las indicaciones, como una maquiavélica treta de confusión para despistar a las visitas. Lo apreté unas siete veces y con bastante ansiedad, haciéndolo sonar largamente y sin pausa entre un timbrazo y otro, cosa que supieran, mucho antes de preguntar “¿Pero quién será?”, que se trataba de mí. Una simpática manera de anunciar mi llegada, anticipar mi ingreso y preparar la bienvenida.
—¡Cuándo no, vos, llegando tarde! No sé para qué se te dice a una hora si después hacés lo que se te antoja y llegás a cualquiera. Eso es porque nunca viviste en un país del primer mundo o porque en tu casa nunca supieron ponerte límites.
La verdad es que el discurso de Paulina no traía nada nuevo para mí, lo que hizo que prácticamente no le prestara atención. Esto alteró aún más sus nervios, la desquició y afilo su speech como un cuchillo gourmet para maltratarme y humillarme.
—¿Recuerdan a mi portero? –comenté al pasar—. Hoy tuve sexo con ese gorila.
Fue como obligarla a mirar hacia atrás y que se convirtiera en estatua de sal. El hilito verde de envidia en la comisura de sus labios me hizo sonreír picarona, como para demostrarle que, a veces, un poco de sexo ilegal, más allá de considerárselo pecado, era la mejor opción para el rejuvenecimiento de la piel y la estabilización del carácter.
Al menos justificaba, de la mejor manera, que por diecisiete minutos tarde me ubicara sin posibilidad de reclamo en la categoría “Prostituta Barata”. De todas formas, si no contaba lo que realmente sucedió, su comentario iba a ser: “Seguro te encontraste con algún amiguito en la esquina de tu casa y andá a saber lo que estuvieron haciendo. Mientras tanto, nosotras aquí, esperándote, como tontas”. ¿Comprende? Si igual no me iba a ascender de puta, que al menos lo sea con justa causa y maravilloso disfrute.
Paulina es así, una chica muy particular. Y toda esta agresividad ya me disponía mal, pero en nada se comparaba al desgaste psicológico de lo vivido durante la tarde con los mensajes anónimos a P.L., la ausencia cada vez más prolongada de Marcos y el encuentro fatídico con mi portero para tener, de un saque, cartón lleno.
IV
Mónica sí que era impuntual y trastocaba los planes de todas con sus tardanzas, pero… Hay que reconocer que con ella… Paulina tenía cierto plus de paciencia que conmigo no corría. Ante el más ínfimo reclamo de la catequista, Moni exclamaba con su vocecita de soprano y sus rulos bien batidos y contenidos en una cola de caballo:
—¡Mis vigilanteeeees!
Y ya corría esta otra como una loca a complacerla en todo, mucho más si de visitar panaderías para comprar facturas y colaciones se trataba. No por nada mantenía esos diez kilos adquiridos, y jamás perdidos, durante su estadía en Roma.
Nadie podía negar que, en lo más recóndito de su personalidad tiránica, Pauli ocultaba cierto dejo de lesbianismo reprimido. Igualmente no le dábamos mayor importancia, pero solíamos debatir sobre el tema cuando la ocasión lo propiciaba y ella no estaba presente. A pesar de todo lo escrito y, contradiciendo cualquier predicción, aquella noche Mónica llegó sólo sesenta segundos tarde.
Las plataformas acrílicas en la escalera sonaron como zapatitos de tap. Tan feliz y colmada se encontraba en los remansos de su éxtasis, que ni pensó en las fobias que volverían a aparecer en un futuro, tras una tarde de sexo clandestino y descontrolado con su profesor de canto, ni en nuestra cantinela cuando nos enteráramos de la tragedia acontecida.
V
La castidad de Paulina era voluntaria y conocida públicamente. Allá ella si tanto sexo no materializado la volvía apática, rústica y malhumorada, pero la situación padecida por Perla era otra. La pobre no eligió su eterno estado virginal, todo lo contrario, hubiera dado su corcel y la mitad de su reino por hacer realidad sus sueños de Susanita de Quino. Pero el destino le remaba en contra desde que se hizo señorita. Por alguna razón genética, aún no descubierta, algo en la composición de sus hormonas actuaba como repelente de hombres. ¡Y pensar que a sus hermanas sólo les faltaba cobrar!
Imagínense su rostro dentro de aquella conversación, en la que los encuentros sexuales fortuitos eran el eje de la charla. ¡Y ella conservando sus órganos puros e intactos con el nylon puesto! ¿Qué acotación podía hacer que enriqueciera el diálogo? ¿Qué comentario fundado en su experiencia era capaz de pronunciar si las opiniones dadas, cuando se atrevía, comenzaba a sustentarlas en anécdotas ajenas? Era como si todo le pasara a los otros y a ella nunca nada. Por suerte, su lado rigurosamente femenino la llevaba a preguntar hasta saber sobre el tema, casi como la más experta.
Sin embargo, es un alivio decir que la cruel realidad no llegaba a abatirla o disminuirle las fuerzas de su único cable a tierra, algo así como una tabla de salvación similar a la puerta que salvó a Kate Winslet de morir congelada tras el hundimiento del Titanic: su extraordinario conocimiento cinéfilo. Después de haber visto so-li-ta, sentada en la sala de un cineclub, junto a su cajita de pochoclos dulces, una película checa con actores suecos y producción tailandesa, filmada en Kenia, en el horario de 11.15 AM, uno ya podía esperarse de Perlita cualquier cosa.
—Y bueno… –comentó Moni, con cierto remordimiento y en defensa de la desamparada–. A otras la abstinencia nos hace comer chocolates…
—O enviar mensajes de texto… –añadí, tratando de encontrar una expresión de real inocencia, lejos de todo lo que estaba aconteciendo en mi mundo privado.
Pero fue lo dicho por quien era objeto de esta charla lo que nos dejó a todas patitiesas. Sin lugar a dudas, si Perla no accedía por línea directa a las estampitas, evidentemente era por su veneno:
—O fotografiar desnudos a sus vecinos —murmuró.
Inevitablemente, fueron orientándose las miradas hacia la única mujer con cruz en pecho de la sala.
—¿Qué están pensando? –se justificó Paulina, dando un brinco y naufragando en un mar de ira, sabiendo que cualquier argumento utilizado a partir de aquel momento sonaría ridículo, injustificado y, por sobre todas las cosas, en su contra–. ¡Lo hice para ustedes, che!
VI
Si lo de Perla era un espanto, lo de Paulina rayaba lo patológico. Ninguna de nosotras podía creer lo de las fotografías. Incluso viéndolas nos resistíamos a pensar que fuera cierto y hoy, tanto tiempo después, el suceso forma parte casi de un Expediente X. Pero créalo: así ocurrió.
Todo pasó a un segundo plano. A quién le iba a importar en qué nueva pose alcanzó el orgasmo Moni con su profesor de canto o cómo llegué yo a bajarle los pantalones al portero, si teníamos frente a nuestros ojos fotografías, no trucadas, del Agente como Dios lo trajo al mundo.
Creo que, por una fracción de segundo, Perla consideró la idea de entregarse en cuerpo y alma a las carmelitas descalzas. Fue esa misma noche la que surgió en su cabecita loca la idea de la “ventana mágica”, que comenzó a funcionar con un mecanismo similar al del ropero de Narnia.
VII
Mónica y su nuevo repertorio
Más o menos así habían sucedido las cosas, según lo testimoniado por mi amiga aquella noche: estaba alistándose para su entrenamiento en Clásico Avanzado, cuando el siempre dispuesto profe de canto cometió el acto impuro y tan estimulante de toquetearle las nalgas. Ante la indignación de todas, principalmente la de Paulina, ella trató de calmar los ánimos, asegurándonos que la vejación estuvo fantástica. Pero para sus amigas, los sentimientos generados nos conducían hacia otro lado, preocupándonos por su salud psíquica, sabiendo lo que le había costado salir de aquel embrollo amoroso. Excepto Paulina, que arañaba las paredes de envidia, y Perla, que se hundía en la depresión como si fuera arenas movedizas, creo que la única interesada en su bienestar era yo.
La cuestión es que, después de la tocadita, ya no pudo serenar sus nervios y en Clásico no pegó una. Hizo cualquiera, desde la barra hasta los cuadros de Cascanueces, que el pobre Tchakovsky hubiera muerto por segunda vez al verla. Su entrenadora terminó echándola veinte minutos antes, porque no la dejaba trabajar ordenadamente. A ella no le importó. Volvía a estar enamorada, a su manera, pero enamorada.
Corrió desesperada en busca de un taxi y, mientras daba su dirección al chofer, dictaba por teléfono el pedido en el supermercado (dulce de leche, salsa de chocolate, dos botella de champagne, nueces, helado de vainilla, crema, y todas esas cositas que disparaban sus ideas locas, predisponían al juego sexual y servían para embadurnar las fantasías y los cuerpos de ambos).
La mayoría de las veces los productos quedaban intactos en la heladera, porque si algo caracterizaba al docente, aparte de su mano larga bien atenta a las oportunidades que le brindaba la vida, era el no cumplir con las promesas de visita. Sin embargo, en aquella oportunidad, cinco minutos antes de las cinco, ya estaba tocando el portero listo para la guerra, cuando su vampiresa aún no había terminado de encender las velas, los sahumerios de limón y pera y colocarse la capa de Lucy para chuparle la sangre, y no sólo la sangre.
¡Muy bien! ¿Qué más decir de aquel encuentro memorable? Que el profesor de canto aprovechó sus dos horitas libres para pasar del disfraz de El Zorro hasta el de King Kong erótico, sin olvidar el de Mecánico Furioso y el de Mucamito Tímido (éste último, sumamente adecuado para dar uso a geles dilatantes y lubricantes afrodisíacos), y que del nuevo repertorio, bellísimos fragmentos de Verdi y Bellini, no se acordaron ni en sueños de sacar del portafolio.
VIII
Perla de visita por Narnia, la tierra donde todo puede suceder
Cuentan los libros de C. S. Lewis que Lucy, una niña muy bella e inocente, sin ninguna intención particular y por pura y total casualidad, descubre un armario que le sirve de puerta de acceso a Narnia, un país congelado en un invierno eterno y sin Navidad, bajo el tiránico dominio de la Bruja Blanca.
Esta tierna narración infantil tenía, según Perla, una increíble y patética similitud con su dramática vida personal. Desde la aburrida y tiesa realidad como mes de julio que la torturaba día a día, hasta el destino de “miércoles y señor nuestro” que la convertía en yeta y mala onda. Un transitar por el mundo sin ninguna Navidad y muchas menos “noches buenas”. Un patear los días de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, buscando un ropero, un placard, ¡algo! Aunque más no fuera un cajón o un secrétaire que abriera sus puertas al cambio mágico y fatal, transformando su vida en un regadero de pasiones y motivos para vivir. ¿Sería esto alguna vez posible? Esperanzadas, aguardábamos todas el momento de la gran revelación. Ella más que cualquiera.
No sé si por ir tanto al cine o por desvariar sin que ninguna de nosotras lo advirtiera, descubrió que su armario mágico, con puertas lustradas y talladas a puro glamour, no se trataba de un armario, sino de una ventana. ¡Como lo está leyendo! Una ventana de un metro de ancho y casi dos de alto, sobre la veredita toda rota y decorada con materia fecal canina de Fragueiro al trescientos, con postigones a medio oxidar, balconcito de mármol que daba lástima y barandita de hierro “hecha bolsa”. Era la ventana perteneciente, nada más y nada menos, que a la Comisaría Número 39 de su barrio. Una Seccional casi desconocida, donde lo más parecido a “Policías en acción” que podría llegar a suceder era apaciguar los ánimos de dos vecinas discutiendo por quién debía barrer el agua de la calle después del chaparrón.
Lo espléndido era que la ventana no la trasladaba a un mundo aburrido y de nieve bajo las órdenes siniestras de una bruja helada. Todo lo contrario, la llevaba a una zona caliente y pecaminosa, donde los borceguíes y las esposas servían de inspiración a su inabarcable potencialidad imaginativa, asociada directamente con el fetiche del uniforme y la lujuria militar. ¡Tal cual como se lo cuento! Veía a un policía sentadito en su escritorio, tratando de llenar un formulario, mientras otro le cebaba un mate, y ella ya se veía desnuda, hecha una fiera, entre los uniformados, exprimiendo con sus propias manos y tragando, con la única boca que Dios le dio, cuanta turgencia, protuberancia y sobresaliente se le venía encima.
Y así iba inventando historias: la de la muchachita asaltada que corría desesperada y entre llantos buscando ayuda, la de la colegiada distraída que se extravió en su propio barrio, la de la inocente virgen con minifalda y sin vedettina que acudía por su gatito bebé trepado a un poste de luz de donde no sabía bajar. La gran coincidencia es que “todas” eran “ella” y que, a la corta o a la larga, siempre terminaba dentro de un calabozo con ocho defensores del orden totalmente desordenados y dándola vuelta como una media.
Si alguien me lo hubiera revelado un año atrás, no le hubiera creído ni con pruebas en la mano: de chaquetilla y estetoscopio a primera actriz porno de cine berreta. Sin ninguna duda, lo que le hacía falta era un hombre, un gran hombre, un hombre que le diera hasta el tres mil veinticinco sin parar, y que tuviera algún parentesco, lo más cercano posible, con la especie animal que damos en llamar burro.
En algo me siento culpable cuando escribo sobre esto: creo que, al haberle contado mi técnica de “rediseñar la realidad para hacerla más soportable”, le trastoqué las ideas y, por sobre todo, le atrofié esa parte del cerebro que se relaciona con las zonas erógenas del otro. Pero no lo hice con mala intención, todo lo contrario. La técnica me da paz y me acondiciona cuerpo y alma para lo que se viene, la mayoría de las veces, malo. Es mi forma. La suya quizá sea otra. Y la de nuestra amiga Perla es esta: una ventana mágico-erótica. Esto no quita que Perlita pueda convertirse en la mujer más feliz del mundo si consiguiera un marido hasta que la muerte los separe.
Quién sabe, a lo mejor, tanta fantasía alimentada con ganas no satisfechas, hace que se le termine dando, acabando sus días esposada a un guardián del orden que, por honor y patriotismo, se dedique en exclusiva a los rigurosos cateos que desde antaño, pobrecita, se viene mereciendo.
IX
Mi portero y yo
Si no hubiera estado tan alterada por esos malditos mensajes de texto enviados al poco hombre de Pedro Luis, seguramente no hubiera pasado nada. Los mensajes habían sido enviados y esto me tenía como loca, enferma de odio, disgustada conmigo. ¡Casi no podía dominarme! Y lo peor de todo es que me asaltaban ideas tremendas, directamente relacionadas con la tortura y el crimen premeditado.
Así me encontraba, sin poder pensar en otra cosa que no fuera aquel idiota. Cuando salí del ascensor dando un portazo, me dirigí a la puerta de calle para ir a mi trabajo y, al manotear el picaporte de bronce con toda la furia del mundo, escuché que mi portero me decía: “Chau, princesa”. ¿Chau princesa? ¿Realmente osaba decirme en aquel momento “chau princesa” sin temer ser decapitado en menos de cuatro segundos?
Pensándolo bien, mil veces antes me había dicho cosas por el estilo, incluso más subidas de tono, y yo jamás presté atención a ellas. Me parecían cursis y ordinarias en boca de un tipo que se reía como Tarzán en sus peores épocas de serie televisiva, porque cuando incursionó en la pantalla grande fueron notables las transformaciones, volviéndose increíblemente apetecible para ese target de mujeres que gustan de aventuras con tipos rústicos. Sólo una cuestión de marketing.
Volviendo al tema, mi portero era de esos (y lo sigue siendo): un morocho grandote, no musculoso pero muy grandote, con hombros macizos y pelo en pecho, piernudo y con cola parada, que reniega de afeitarse todos los días y se acomoda los genitales sin tener en cuenta la persona que tiene enfrente, que va los domingos a la cancha para insultar al equipo contrario, se aprende de memoria el Olé y genera, con su compinche el ferretero, encarnizadas disputas sobre acciones de árbitros, técnicos y jugadores.
Por eso, quizá, nunca me cayó bien: por la grasa que chorrea a cataratas, a la que, si almacenáramos en frasquitos, podríamos vender como producto regional del monoblock. Siempre lo detesté y hasta el día de hoy evito mirarlo a los ojos. Sus piropos me suenan a maltrato y groserías, a manoseo áspero y denigrante, a cerveza caliente en una noche de enero, a mosquitos junto al río. A todo lo molesto, para ser más específica: a lisonja barata, a osobuco en puchero.
Pero en aquel instante, saliendo del ascensor, con la mano en el picaporte y sin poder dejar de pensar en El Innombrable (entiéndase, P. L.), siempre tan fino y delicado, caballero inglés, miembro de la nobleza, tan ropita de marca, tan pura cáscara, tan cagador por donde se lo viera, el “chau princesa” del gorila, lejos de sonar a una declaración de amor en Champs Elisées, se convirtió en el arma de venganza perfecta.
Me detuve, giré la cabeza y lo miré completo, de arriba a abajo, sucesivas veces. Debió notar algo raro en mi mirada y, me parece, que por un ratito hasta se asustó y se arrepintió de lo que había dicho, pero no le di tiempo a reaccionar. Verifiqué que no hubiera nadie cerca y me fui encima para comerle la boca como debió haber hecho meses nadie se la comía. No recuerdo con exactitud cómo llegamos al cuarto de máquinas, donde una inscripción imperaba “Prohibida la entrada”, y comprobé que el machete guardado entre sus piernas, bajo el pantalón de grafa, ya me hincaba bajando las escaleras al subsuelo. Imagínense teniéndolo frente a mis ojos, despojado de toda vestidura. ¡Era lo más grande que había visto en los últimos quince meses! Y me arrodillé. Confieso que prácticamente caí como ante la imagen de un santo, y ya no me importaron los partidos de fútbol, los sudores en la cancha o la desprolijidad en su barba, porque en cuarenta y cinco minutos hice un tour intergaláctico en todas las poses imaginables y las inimaginables también. Con una rodilla sobre una garrafa, con un pie en una palanca, arrodillada sobre un cajón, sentada sobre una caja, agachada frente a un tablero, retorcida junto a un medidor y chirlos y chirlos y más chirlos, me dejaron bien en claro que las fantasías reprimidas de este hombre pasaban por el cuero y el vinilo.
Más que claro le quedaron a mis asentaderas y a mis ganas de probar el sado como nunca antes lo había experimentado, llegando a su punto más álgido el mediodía en que entró a mi departamento con capucha y jugamos por primera vez a la violación.
X
El griterío de mujeres desbocadas, tratando de encontrar serenidad a sus nervios destrozados por la verdad que se revelaba implacable, parecía tan abrumador que creí que nunca llegaríamos a un posible remanso y moriríamos las cuatro locas y sordas. Digo cuatro, porque aún no se habían hecho presentes Ana y Clara. Hasta que, con un alarido arrancado de conjuros gástricos e intestinales, engendrado en las puertas mismas de su colon irritable, Paulina nos enmudeció a todas.
–¡Baaaaaastaaaaaa! –gritó desquiciada–.
Las miradas comenzaron a tomar protagonismo sutilmente. Por ser la dueña de casa, nadie se atrevió a mandarla a donde se hubiera merecido ir.
–¡Pero qué barbaridad! –continuó diciendo–. Ser tan promiscuas y encima hablar todas al mismo tiempo.
A las claras nos la hubiéramos comido cruda.
–¿Nosotras… –comenzó la pregunta Moni.
–…promiscuas? –la terminé yo–. ¡Hablaremos todas juntas, pero al Agente lo fotografiaste vos!
–¿Cómo hiciste?
La pregunta de Perla sonó a llanto contenido y antiquísimas angustias en estado de resurrección, que nos hicieron pensar: “¿Le aguantará la psiquis?”.
Yo avasallé más imperativa que nunca:
–Te exigimos que nos cuentes cómo acontecieron los hechos sin omitir detalles.
–A mí nadie me exige nada –respondió tajante Paulina.
–¿Ah, no? –fue la contestación de Perla–. A vos te exigimos lo que se nos ocurra, porque somos tus amigas, porque si no… –y la pobre diabla, con su salud mental pendiendo de un hilo, nos miró a Moni y a mí esperando aprobación, ya que no se animaba a nada sin un empujoncito externo.
Nuestras miradas le dijeron sí: “¡Sí, Perla! ¡Adelante! ¡Sin miedo, querida amiga!”. Y fue suficiente para que diera el paso, para que se atreviera y lo hiciera. Entonces, corrió dando brincos a la ventana como un agujero, arrancó las cortinas, pechó los postigos, se colgó de la baranda y gritó como una doncella prisionera en la torre más alta del palacio:
–¡Agenteeeeeeee!
Mientras, tratábamos de retener a Paulina. De no temer ir a la cárcel, la hubiera arrojado al vacío sin pestañear.

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