AlmaSuela – «El sacrificio de las Tres Marías» ::: CAPÍTULO 1 – PARTE 5

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2014

Finales de julio, Córdoba

Centro de Experimentación del profesor Gino Saggio

 

Pantalón morado, camisa celeste y corbata azul con tulipanes rosados. Le pareció una buena combinación. Los zapatos tostados, como el cinturón, las medias con rombos y un boxer discreto. Buscó en su caja verde un trabacorbata sin mayores detalles y los gemelos heredados de aquel tío abuelo con el que compartía gracia y embrujos del corazón.

Cuentan que el padre de su abuela era un duque inglés adiestrado en estrategias militares y que, un mal día, burlado por los infortunios de la desgracia, enviudó y se volvió loco. Nadie hasta hoy ha podido comprobar que la historia sea cierta. Sí se sabe, y con pruebas en mano, que llegó a las nuevas indias huyendo de un hechizo gitano, que  amasó una fortuna inmensa dedicándose al contrabando de oro, y que secuestró por apuesta a una princesa india con la que tuvo seis hijos varones sin amor y seis mujeres con amor de la aventura interminable con una criada judía. La menor de los doce era su abuela, el mayor de los varones aquel tío abuelo de quien heredó su nombre: Richard.

Salió temprano, cuando las primeras luces de la mañana se encendían entre los edificios y ese brillo de todos los días teñía su ciudad como una acuarela.

Cargaba con su máquina fotográfica profesional y la acreditación del periódico donde trabajaba para acceder al Laboratorio del profesor Saggio. Había estado las últimas semanas estudiando el asesinato de Eloy Reynalba con la obsesión de un psicópata, sabiendo que, detrás de aquel tejido electrocutado, se escondía la verdad que lo catapultaría definitivamente a la fama.

 

3014

Dos horas y tres minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

 

Todavía permanecía de pie, sobre la piedra de cáscara gris, en medio del río. Se sentía un equilibrista en la punta de un iceberg, y no tenía miedo. En ningún momento llegó a creer que algo malo podría sucederle.

Cuando sonaron las sirenas anunciando el comienzo del Gran Juego de las Vendas, Josh se encontraba trepado a un pilar de cemento que permanecía erguido en medio de la nada, como recuerdo de lo que alguna vez había sido el mundo. Reía y hacía reír, porque su misión era llevar alegría a todos, gritarla a los cuatro vientos y hacerla volar como si fuera una mariposa de mil colores. En medio del silencio y la oscuridad, entre las sombras más espesas, Josh estallaba en castañuelas, sembrando bulbos en copas de sombreros o plantando rosales como estampas de pañuelos.

Todo entero era felicidad. Pero siempre llegaba ese instante en el que el reloj mataba el encanto. Entonces, se quitaba la máscara de arlequín, tarareaba melodías sin violines y, frente al espejo manchado de su pobre camarín, echaba a llorar en secreto. Porque su corazón estaba solo. Desgarradoramente solo. Y nadie se daba cuenta. Josh tenía una misión en esta tierra: que el mundo riera. Pero ¿cuándo iba a reír él? ¿Cuándo iba a poder quitarse el maquillaje, después de una actuación, sin llorar?

Merecía ser feliz aunque el mundo fuera una mierda para la mayoría. No se resignaba a que también lo fuera para él. Sabía que en alguna parte de su planeta agonizante, en alguna otra vida, en algún universo paralelo, su reverso lo estaba esperando, su sapo con frac, su corazón alado, su perfume de terciopelo. En algún lugar, alguien, alguna vez, lo abrazaría sin reproches, sin exigencias, y le diría “te amo”. Vencidos los límites, olvidados los registros de convivencia, echados al infierno los manuales para sentir.

Corría el agua bajo sus pies. Esto lo hizo reaccionar. Se quitó la venda y vio el mundo que había soñado. Pensó: “En este lugar podré ser feliz, todo lo feliz que, del otro lado, no pude”.

Seguramente, no tendría que usar más máscaras para ocultarse. Se le erizó la piel al imaginarse una vida sin maquillaje. Entonces, miró al cielo y se entregó, respiró profundo, abrió sus brazos y dio gracias por aquel milagro. En aquel trance permaneció un poco más de dos horas.

No muy lejos, desde una de las orillas, Marito lo estaba observando.

 

2000

Córdoba

 

Eloy Reynalba conoció a Polo Mancur poco antes de que ingresara al Seminario, cuando él ya llevaba dos años de formación. Le estaban haciendo una entrevista para el noticiero local, a él y a otro joven que habían demostrado interés en la vida religiosa. Es que al ser cada vez menos los que tomaban una decisión semejante, el acontecimiento se había trasformado en noticia para un pueblo centenario, estrujado y abandonado.

Le pareció extremadamente formal Polo Mancur, el cabello peinado hacia la derecha, azabache como la noche más cerrada y la piel apenas morena. Tenía unos ojos enormes y saltarines, en aquel momento contenidos, prisioneros vaya uno a saber bajo el peso de qué principios.

Polo había nacido en el seno de una familia humilde, muy laboriosa y poco afín a la intelectualidad. Quizá por esto se esforzaba tanto en el cumplimiento de las normas, el riguroso aprendizaje de sus máximas y el ejercicio infalible de las leyes. Tanto era su esmero, su devoción y su tozudez que en los laberintos del claustro no dudaron en apodarlo, graciosamente, Su Eminencia.

Inmutable frente al espejo de un antiguo ropero bizantino, se vio más alto de lo normal. “Debe ser un efecto causado por la sotana”, pensó. Era alto, pero no tanto. Le dio miedo verse así, tan diferente a lo que realmente pretendía ser, que lo atrapó el odio reprimido sentido por su compañero de cuarto. Se llamaba Eloy Reynalba, ya llevaba dos años en el claustro y había tenido el atrevimiento de murmurarle al oído, una noche, mientras lo veía desvestirse: “Por más que te hagas el cura, no vas a dejar de ser una puto malo”.

Mancur pensó en sus hermanas mayores, todas casadas y con hijos. Pensó en su padre hablándole a los frutales, en su infancia de barro y delantal almidonado. El patio de tierra, la higuera y los bancos destartalados. Las sopas de mamá. Los perros durmiendo la siesta. Pensó en tantas verdades negadas por miedo. Se esforzó en no llorar, levantó el mentón e, improvisando una sonrisa, partió rumbo al despacho del Padre Rector, con quien había solicitado audiencia.

–Ya lo he decidido –le informó a su guía espiritual–, abandonaré mi formación religiosa.

Habían pasado cuatro años de aquella entrevista por televisión. Eloy Reynalba ya tenía fecha de ordenación.

Con las valijas armadas, presto a tomar el primer tren que lo devolviera a aquel pueblo estrujado, Polo buscó en el alboroto del patio a su compañero de cuarto.

–¿Devolviste el disfraz? –le preguntó Eloy, conteniendo la risa.

–Sí. Me hacía muy alto.

Su Eminencia mantuvo las formas a pesar de todo.

–Que te vaya bien.

–¿Sabés una cosa? Tenías razón: soy un puto malo, pero al menos me hago cargo de la vida que elegí, no como vos que la escondés debajo del colchón junto a tus revistas porno.

 

3014

Doce minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

 

Chorchy permanecía sentado sobre el manto de flores amarillas que cubría toda la lomada. Había hundido el trasero en los talones, con la espalda derecha igual que una tabla y la mirada clavada en la palma de sus manos. Cobijaba en ellas dos florcitas silvestres, amarillas, milagrosamente bellas. En sus casi treinta años de vida, nunca antes había visto algo igual.
La venda negra le colgaba sobre el pecho, por encima del cuello de la camisa desabrochada que llevaba fuera del pantalón. El bombín, que lucía como marca registrada de un estilo personal, se le había encajado sobre las sienes y había dejado asomar apenas el cabello de paja, desprolijo y grasoso.

Tenía las manos curtidas, ásperas, y las uñas siempre mugrientas. Pero sus dedos eran ágiles y tremendos cuando de hacer trucos de magia, sorprender con toqueteos cariñosos o robar pequeñeces ajenas se trataba. Sin embargo, lo más asombroso en aquel tiempo era verlos iluminados en el arte de plegar papeles, construyendo formas imaginarias, reales o fantásticas. Adquirían una destreza única que embelesaba, seducía y usaba para dar curso, el muy tramposo, a sus más mezquinos instintos.

Aquella noche, antes y durante la fiesta, Chorchy había hecho el amor con cuatro desconocidas. ¿O desconocidos? Podrían ser desconocidas y desconocidos. En realidad, la diferencia no lo preocupaba. Sólo sabía que lo había hecho con los cuatro al mismo tiempo, y que había conseguido de ellos todo cuanto quiso conseguir.

Minutos después, su mirada se había atascado en un par de florcitas amarillas. No se trataba de una alucinación, a pesar de las substancias y el alcohol. Mientras estuvo con los ojos vendados, corriendo entre la gente, riendo a carcajadas, disfrutando con sus manos de picaflor debajo de las faldas y por encima de los pantalones, revolcándose en la tierra, en la mugre y en la mierda, algo por demás extraño debió haber sucedido. Una fuerza desconocida lo arrojó a un laberinto infinito y el impacto de cien vientos le arrancó todos los botones de la camisa. No tenía la más mínima idea de qué se trataba. Pero de algo estaba seguro: aprovecharía aquella locura de los huevos para divertirse muchísimo.

 

2014

Mediados de junio, Córdoba, Cementerio San Jerónimo

 

Una vez que subieron al coche que los estaba esperando, Juan Antonio Gledber echó a llorar desconsolado en los brazos de Nora Blanche de Reynalba. La mujer que parecía haberse marchitado por el dolor aquellos últimos días, lo miró a los ojos y le sonrió como pudo:

–Existe una manera para volver a estar juntos.

–¿Qué?

El joven de ojos verdes, tan verdes y tan tristes como la soledad del mar, la miraba sin entender.

–Tu padre debió habértelo dicho. No soy yo quien puede revelar ese secreto.

–Necesito saber cómo –le suplicó.

–Tiene que ver con la Rosa Blanca, es en otro tiempo, en un universo diferente. Tú serás otro hombre y él también.

–¿En otra vida? –preguntó.

–No necesariamente. En alguna de las partes incompletas de una vida completa, me parece más acertado. Pero serán otros hombres. No les resultará fácil reconocerse.

–Seguramente tendremos otros nombres. Necesito saber cómo se llamará.

–Es inútil saberlo. No lo recordarías.

–Pero haría ruido en mi corazón –sentenció–. Si hoy me dice cómo se llamará Eloy, puede que al escucharlo, algún día, sepa que algo sin explicación me una a él.

Nora bajó su mirada y la perdió en el negro de su falda, en el negro de sus guantes, en el negro de su existencia.

–Josh –balbuceó con la voz quebrada–, Josh Arath Primo.

uritorco 6

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