UN TORTUGO RUBIO Y EGOÍSTA – CAPÍTULO 2: «El amor tiene cara de mujer» (PARTE 3)

XI

Si algo caracterizaba a este Agente era ser un hombre metódico, posiblemente por el oficio que desempeñaba, y esa cosa (que lo hacía tan viril) de salir corriendo, uniformado, al rescate de indefensos humanos en situación de riesgo. Siempre en el instante preciso para salvarlos de la catástrofe, como un superhéroe de historieta, y no como policía de cine yanqui, que llega siempre a todas partes cinco minutos tarde.

Paulina, por su parte, obsesiva y estructurada (por no llamarla psicópata), espiándolo día y noche detrás de su cortinado, había trazado un meticuloso cronograma de actividades semanales y de fines de semana, incluyendo feriados, del muchacho.

Era tal la exactitud de horarios, atuendos, estados anímicos y hasta ritmo cardíaco obtenidos, que le resultaba una pavada salir a tirar la basura a las 21:28, sabiendo que a las 21:30 lo hacía él, y así poder cruzar así tres comentarios sin ninguna profundidad argumental, pero que abrían caminos a machete y guadaña en el monte húmedo y espeso que los separaba.

Y todo esto a escondidas, justificándose diciendo que sólo lo hacía para “acercárnoslo a nosotras” y que ella “no tenía ninguna intención personal al respecto”.

Así fue, sin ninguna intención personal al respecto, que corrió desacatada a buscar su cámara fotográfica olvidada en mi casa y no tuvo otra opción que tomar un taxi a la altura del shopping, porque caminando perdía mucho tiempo. Sin ninguna intención personal al respecto.

Como me demoré medio minuto en atenderla, hizo semejante escándalo que el edificio entero se enteró de lo ocupada que estaba, que ya tenía que irse y que después me contaba. Sin ninguna intención personal al respecto.

Finalmente, hizo tiempo doce minutos en la plazoleta frente al Registro Civil, comiéndose las uñas y tejiendo la tela para envolver a su mosca, tratando de manipular las coordenadas tiempo y casualidad para aprestarse a entrar segundos antes a la hora en que él debía salir. Sin ninguna intención personal al respecto.

 

–¡Pero Paulina! –añadí interrumpiéndola–. ¡Estás más caliente que Perla!

–¡Callate!

Cualquier día hábil, a las 15:45, el Agente salía uniformado para acuartelarse. Pero como el lunes de la semana anterior había tenido franco, era evidente que esta semana le tocaría el martes, de no haber algún cambio extraoficial ajeno al conocimiento de Paulina. Por lo tanto, era un hecho que saldría a las 15:45, con ropa sport, para ir a la panadería de la Rubia Caniche a comprar bizcochos hojaldrados. Espécimen femenino con el que tenía una peculiar afinidad para el chiste picaresco.

¡La panadería de la Rubia Caniche! ¡Cómo no se le había ocurrido antes! Partió al local hecha una furia. Entró, inspeccionó todo con tres revoloteos de ojos y compró medio kilo de bizcochos hojaldrados recién salidos del horno. Le dejó el vuelto para no perder más tiempo e incluso pidió que no le ataran la bolsita. ¡Toda una estratega nuestra Pauli!

Llegó justo a tiempo. Las coordenadas habían sido piadosas con ella. Cuando las puertas se abrieron, el choque fue tan espléndido que hasta al más inteligente le habría parecido casual, y los bizcochos rodaron cómplices a lo largo y a lo ancho de todo el palliere.

Paulina, afligida como Libertad Lamarque en Besos brujos, exclamó:

–¡Pero qué barbaridad, perdoname, qué distraída soy! ¡Mirá, te debo haber ensuciado!

Y detener su mirada en la entrepierna del muchacho, con short negro bien cortito y una calza blanca por debajo, insinuando lo que parecía un instrumento de tortura más que un sendero al placer, la dejó tan anonadada que, en vez de juntar los bizcochos del suelo, iba tirando los pocos que quedaron en la bolsa.

–Disculpame vos –le contestó el Agente–. No te vi. Venía en otra…

¡Pero qué voz tan masculina!”, pensó Pauli.

–¡Y yo! ¡Ni te cuento! –fue la respuesta de mi amiga–. ¡Qué día terrible! ¡Tengo un problema gravísimo en el trabajo y, si no lo resuelvo antes de las siete, seguro me despiden, estoy desesperada!

Creo que hasta sollozó.

–¿Puedo ayudarte en algo?

¡Él era todo un caballero!

–Nooooooo, es imposible. ¡Imaginate! Yo trabajo de manera independiente para una agencia de modelos y tengo que presentar unas fotos de promo hoy mismo. ¿Podés creer que el muchacho contratado para posar tiene gastroenteritis? ¡Con diarrea no puede salir de su casa! ¡Es un horror, estoy perdida! Yo no sé quién me va a posar, encima mis amigos trabajan hasta muuuuy tarde. ¿Vos no conocés a alguien que se anime? –agregó bajando el tono, buscando intimidad–. Es algo muy discreto, el rostro no se vería. Con un poco de Photoshop y contraluz disimulo todo.

Hizo una pausa trágica entre el sí y el no, justo en el trance de la decisión.

–Además, podría darle unos pesos, este favorcito no va a ser gratis.

Después de pensarlo demasiado poco para el gusto de todas, el Agente preguntó:

–¿Cuánta guita hay?

 

El grito de Moni irrumpió sobre el relato de Paulina como una explosión:

–¡Pero ese muchacho cobra, es taxi, yo lo sabía!

–¡Me van a dejar terminar de contar!

 

–Ahora tengo unos… quinientos –le ofreció–. ¿Vos te animarías a posar? Es un ratito le aseguró, mientras ponía unarisa tonta y cara de Gato con Botas en Shrek–. Ya compré bizcochitos, podemos preparar el mate. ¡Me salvarías la vida! –agregó con una risa estúpida–. ¡Qué tonta soy! Seguro te da vergüenza.

–Che, no serán fotos en bolas… –acotó el uniformado.

Dilatación de retina de Paulina. Trató de ser lo más transparente posible:

–Tengo doscientos pesos más.

Así fue como el Agente entró por primera vez al departamento de Pauli y, preparado el mate, traspasaron la puerta del cuarto que ella usaba como estudio fotográfico. Encendió los reflectores, ambientó con Celine Dion y cargó más memoria a una máquina que parecía una ametralladora. Desde el primer movimiento efectuado para quitarse la remerita de algodón, toda pegadita al cuerpo (parecía dos talles más chica), empezó a dispararle: las zapatillas, las medias, el pantaloncito, la calza y casi se muere cuando vio que por ropa íntima llevaba puesto un suspensor.

–Es que tenía pensado ir al gimnasio –se justificó al verle la cara–. Son muy cómodos.

Ella ya lo sabía, de 18 a 20, con una rutina para dinosaurio y, después, la ducha con otros dos agentes compañeros de Seccional. A las nueve buscaba a su novia en el Profesorado de Pedagogía, la hacía bramar hasta las 22:30, aproximadamente, luego cenaban alguna costeleta grasosa y, toda distendida por la sesión de sexo mortal, la devolvía a casa de sus padres.

De la manera en que posaba, Paulina no podía dilucidar si se trataba de un stripper profesional, un actor triple X frustrado, un liberal sin prejuicios, un macho con dudas o un fiestero sin vueltas. La cuestión es que las mil fotos parecían recortadas de un book para acompañantes. Se tomó dos termos, se comió la bolsa entera de bizcochos, cobró setecientos pesos, le dio un beso divino en la mejilla, le deseó suerte y le dejó bien en claro que para lo que necesitara contara con él.

 

XII

–Estoy anonadada. ¿Qué puedo contar de mi encuentro con el portero que no resulte insustancial frente a esto? –fue mi comentario.

–¿Qué puedo contar de mi encuentro con el profesor de canto que no resulte vano frente a esto? –fue el comentario de Mónica.

–Qué puedo contar… –fue el comentario de Perla.

–Las fotos son de ustedes, pero no se las pienso dar –nos dijo Paulina–. Estaría poniendo en juego la vida privada de ese muchacho tan generoso.

–¡Jurame que no lo toqueteaste, que no te le tiraste encima! –gritó Mónica.

–¡Jurame que no pasó nada, así me quedo tranquila! –agregó Perla.

El gesto indiferente y soberbio de Paulina potenció cualquier duda.

–¡A esto hay que festejarlo, amerita champaña y un tema de Valeria! –dijo Moni, y se dirigió al equipo de música.

–¿Alguien sabe algo de Ana o Clara? –pregunté al grupo–. Es muy raro que no hayan venido.

–¡Por Dios, Valeria, iluminá mi vida para deshacerme de este destino trágico que me acecha! –suplicaba Perla sin escucharme–. No es glamoroso llegar virgen a los cuarenta.

–¡Yo descorcho, pero no tomo, porque mañana amanezco con migraña! –aclaró Paulina–. A mí déjenme con mi granadina. ¡Ah! ¡Si alguna quiere alfajorcitos de maicena, hay en la cocina, recién hechos!

–Intento comunicarme con esas dos mujeres, ¿quieren? –les dije.

 

“¡Voy a tratar de hacerte feliz de nuevo a cualquier precio!”. El tema musical nos arrancó de los sillones para adoptar las mejores poses de divas top haciendo dúos y tríos con la Lynch. “Voy a tratar de recuperar tus besos a cualquier precio”. ¿Podría hacerlo? Hubiera querido no pensar en P.L., pero su presencia en los mensajes era real y concreta y yo lo había traído del pasado a un presente que creía equivocadamente olvidado. “No seguirás buscando tu libertad, no le darás más tiempo a la soledad, ya vas a verlo”. Y Moni abrazaba a Paulina, incrementando su malhumor. “¡Voy a tratar de hacerte buscar mis brazos, a cualquier precio!”. Todas cantábamos y reíamos. Yo no dejaba de pensar. “¡Voy a intentar que vuelvan esos sentimientos…!”. No, no, es una locura. ¿A qué precio? Yo no puedo olvidarme de todo lo que hice mal. No puedo irrumpir así porque sí en su presente. Aunque lo haya intentado, no puedo.

“No puedo hacer que puedas volverme a amar”, pensé.

Entonces sentí que era poseída por la furia de Valeria que entraba en mí con toda su fuerza: “No me resigno a estar sin tus miradas, sin tus caricias sin tus madrugadas, quiero tener de nuevo la oportunidad de ser feliz contigo”.

Y mi celular chilló y vibró. El mensaje no dejó de transformarme el rostro, acelerarme las pulsaciones y ponerme en evidencia. Antes de que llegara a leerlo, ya estaba Paulina escudriñándome con sus ojos típicos de vecina de barrio. Leí sin leer. Volví a leer. Leí sintiendo. Sentí. Sentí y morí.

MENSAJE DE P.L.:

¿Qué hacés?

¿Quién te escribió? –preguntó maliciosa, con alma de bruja.

–Anita –respondí, tratando de no darle importancia.

Paulina, como cicuta en el plato:

Decile que venga.

Yo, con antiofídico:

Ya le aviso.  

Me temblaban las piernas. “Sí, Valeria tenía razón”, pensé, “amarte tanto no hace bien”.

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