Sopa de cebollas

Pela cebollas blancas. Corta de cabo a rabo, como dice su amigo el concertino, el primer violín, ese que tiene oído absoluto. Luego, en dos mitades. Todas las cebollas partidas iguales. Sobre la tabla de madera, disecciona láminas en pluma, casi transparentes. “Mientras más delgadas sean, mejor caramelizan”. Lo aprendió observando a una tía de anticuario en el proceso. Así se lo explicó a su amiga magíster, que no dejó de insistir en que le diera la receta cuando probó por primera vez la sopa.

¿Se la vas a dar?

Sí. ¿Por qué no?

Le gusta conversar con la voz de tía-anticuario deambulando en la cabeza, esa que cuestiona y enjuicia sin dar tregua. Nunca la va a hacer. Más para contradecirla que por buena educación, la muchacha que pela cebollas asume haber explicado hasta los secretos primitivos del paso a paso.

A su amiga magíster, la que nunca había cocinado sopa de cebollas, le contaba secretos, como se cuentan secretos las buenas amigas. Las que creen serlo, al menos. Entonces, acomoda la sartén sobre el fuego. El trozo de manteca y un buen chorro de oliva. Con el ruedo del delantal, mientras controla desde su celular la playlist, escurre dos o tres lágrimas. Sos una tonta. Tchaikovsky, El lago de los cisnes. Tonta y llorona. Opus 20. Número 10. ¡No quiero escucharte más! Moderato. ¿Moderato? ¿Otra vez Tchaikovsky? ¡Sí! ¡Así cocino, al tempo de su música y pienso!… No puedo dejar de pensar un solo momento.

Regresa al primer palco del Libertador: cinco o seis años atrás. Vuelve a tener su amiga sentada al lado, cuando todavía no era magíster, y a su amigo, el primer violín, ubicado a la izquierda del foso. Ya era concertino. La amiga lo mira. Él solo acompaña con su cabeza el trazo del arco. Ella no deja de mirarlo. Él ajusta los dedos a la perfección finita de cada nota. Ella continúa mirándolo.

¿Los presentaste? Una vez terminada la función.

Porque ella amaba el ballet y no quería perderse El lago de los cisnes. Insistente: “¿Me acompañás?” Poco convencida: “Bueno”. La emocionaba su dimensión sinfónica, la elevaba a un plano conmovedor. “Hola”, apresuró una el saludo en las escalinatas del ingreso. “Hola”, dijo el otro con su instrumento al hombro, y ella quedó en el medio, sola, escuchando como hablaban, esperando una mirada, aunque más no fuera, un poco de atención.

Busca el vino blanco en la heladera, seco. Es mejor el dulce. No tengo dulce. Busca el destapador, una copa. En la segunda puerta. Quiere quitarse las imágenes de la cabeza, dejar de pensar. No creo que puedas. ¡Te querés callar! Sube el fuego bajo el hervidor del caldo. Igual piensa, sigue pensando pese a la resistencia. La voz se calla por un instante. Permanece quieta, mironeando desde un rincón. Entonces, recuerda: era su amigo, el que conoció de pequeña cuando la llevaban por la fuerza al Conservatorio.

¡Conservatorio de mierda! Ojalá se caiga el techo y nos aplaste a todos. A él, no. A todos, menos a él.

Sos una desagradecida. Su compañerito amaba estudiar composición, el niño del violín, el del oído perfecto. El que había logrado hacer más digeribles sus tardes de armonía y ensayos hasta el agobio. El prendado como un idiota a la salida del Libertador, en las escalinatas con su instrumento al hombro, conversando y presumiendo a su amiga, la compañera de estudios, esa que algún día llamaría magíster.

 ¿Te das cuenta?, otra vez la tía-anticuario, no sé para qué te digo las cosas, si igual no aprendés. Pero su tía ya no está, hace mucho que no está, y su voz permanece en todas partes. El agravio cotidiano repicándole dentro de la cabeza, dando vueltas por sus orejas. Detrás de la nuca, sin dejarla respirar. Intenta frenar el ardor del pecho, el calor en la garganta. Ya casi están las cebollas. Destapa el vino y sirve una copa que echa en la sartén. ¡Despacio, no seas bruta, así no se echa el vino! En cinco minutos desglasará. Con una cuchara de madera raspa el fondo y percibe los aromas del caramelo y su picor lloroso inundando la cocina entera.

Tchaikovsky siempre la hizo llorar, como las cebollas cortadas en pluma, como aquella noche a la salida del teatro, cuando el oído absoluto de su amigo y la hija de puta de su compañera de estudio se conocieron. No te olvides, vos los presentaste. Lloró al llegar a casa, de rabia y por mal aprendida, como decía el anticuario, y se puso a cocinar una sopa de cebollas, igual que ahora, tratando de justificar sus lágrimas.

Ella no quería ser concertista, quería ser bailarina. Pero su tía decía que las bailarinas eran mujerzuelas. Putas, muy putas. Y no quería una sobrina puta, quería una sobrina concertista. Si la hubieran dejado bailar, su destino, estaba segura, hubiese sido otro: nunca habría conocido al niño del violín, tampoco habría vivido con la culpa de haber asociado su vida de éxito y talento a una mujer inmerecida, a la que ahora todos llamaban magíster.

Ostentaba un título a partir de un proyecto que no podía gestarse en su cabeza sin ideas. Pero sí en la de ella: esa niña-mujer aburrida que cocinaba exquisitas sopas de cebolla, condenada siempre a hacer lo que no quería, a destacarse y a agraciar contra su voluntad; a no defraudar. ¡Ahora es el momento de serlo!, dice, ¡la mejor, siempre! Todos hablarán de tus capacidades, de tu talento visionario, y saldrás al mundo para explicarles cómo lo hiciste. Podría haberlo tenido todo, porque todo hubiera podido tenerlo de no haber existido su amiga.  

Agarra con un repasador el mango del hervidor para no quemarse y acerca el caldo. Lo deja sobre la mesada y camina a la despensa. Es un pequeño cuartucho donde esconde el lavarropas y un tender, y guarda los productos de limpieza. Las escobas, un basurero que diferencia orgánicos e inorgánicos. Veneno para cucarachas. Veneno para ratas.

Acá está. Tendrás que ser fuerte esta vez. Es como un polvo. No me defraudes, te lo pido. Le explicaron que, en las tripas, se expande disecando al animal lentamente. Entonces, regresa a la cocina. Huele el caldo y se felicita. Ha perfeccionado con creces la receta. Probá. El caldo siempre hay que probarlo. El manjar atraviesa su paladar. Después, comienza a echar polvo blanco en la preparación sin dejar de revolver, lentamente, como una bechamel, como una velouté. Con paciencia, mientras todo se disuelve.

No sé para qué te digo las cosas, si igual no aprendés. Esta vez sí, tía, esta vez aprendí.

Es abrazador el opus 20, el moderato que acompaña su acción de hacer girar pausada la cuchara, esa que en unos minutos envolverá con un trapo viejo y arrojará al tacho de basura para inorgánicos.

Ayer llegó antes que su amiga a la oficina. Había varios sobres, uno más grande que otros. Encontró una notificación. Era una carta proveniente de la Universidad de Cambridge: le aprobaban el proyecto a la ladrona magíster. No existía tal proyecto: una beca que otorgaba posibilidad de continuidad formativa en el extranjero.

¡Otra vez, yo lo sabía, siempre te lo dije! Seguro tiene planificado irse.

¡Con él, con él! O tienen planificado irse juntos.

Sos tan ingenua, pobrecita. Lo tenía planificado ella y lo debe haber convencido a él para renunciar a la Sinfónica. Seguramente no me contaron para evitarme un mal momento.

Abrí el sobre, fíjate de qué proyecto se trata. Pero ¿de qué proyecto se trata?

El concertino brillaría en otros  teatros, sería reconocido en cualquier orquesta. Pero no volvería a verlo, eso la paralizaba. Y era su único amigo, el niño del violín, el del oído absoluto. Su oído absoluto, porque era suyo, ella lo había conocido primero.

Segura, cuela el caldo en un tamiz y deja que caiga sobre las cebollas caramelizadas. La cocción tiene que ser lenta. El azúcar rubia es fuerte en sabor; la pimienta roja, invasiva. No se percibirá ningún gusto extraño, al contrario, se potenciarán los perfumes cuando la sopa atraviese la garganta y llegue al estómago. La sangre hervirá, todo adentro comenzará a transformarse.

Había escrito el anteproyecto seis meses atrás. Le contó la idea a su amiga, la recientemente magíster, la que había logrado su titulación con una tesis de mierda. La felicitó y le ofreció ayuda para lo que necesitara. Pero yo no necesito tu ayuda, hija de puta. Parecía feliz acompañándola, sosteniéndola en noches de insomnio, preparándole litros de café. La notificación que había llegado temprano la mañana del día anterior a la oficina que compartían era clara: la beca estaba solicitada y firmada con el nombre de su amiga, la magíster, pero el proyecto era el de ella, el que había escrito durante seis meses, el mismo que le había confiado.

Busca la sopera y respira profundo. Ahora ya podés respirar. La mesa está servida desde hace rato. Hay momentos en la vida en los que uno tiene que tomar decisiones. Quería oírla gritar, retorcerse en suelo y chillar igual que un animal asqueroso. No tengas miedo, es normal lo que sentís. Verla escupir su traición como baba verde y espumosa. La traición no se perdona. Con los ojos secos por dentro y por fuera, sin lágrimas de tanto llorar, de tanto dolor.

Suena el timbre. Todo estará bien. Controla que todo esté bien, como lo había planificado, como la aconsejó su tía de anticuario.

Abre el corazón y se le llena de paz.

“¡Tenía tantas ganas de verte!”.

 Tiene el violín al hombro, como siempre.

“¡Hace un frío terrible! Qué rico olor. No me digas que hiciste…”.

Los dos juntos:

“¡Sopa de cebollas!”.

Ríen, se abrazan fuerte. Deja el instrumento. Le recibe su abrigo y los guantes.

“¿De qué necesitabas hablarme con tanta urgencia?”.

“Destapo un vino y te cuento”.

“¿Me puedo servir?”.

Lo mira, ¡es tan inmenso su amigo!

“Podés, pero no te quemes, todavía debe estar caliente”.


Deja un comentario