AlmaSuela – «El sacrificio de las Tres Marías» – Lo que necesitas saber sobre Irene Von Hagen (II)

placa lolo personaje

 

Antiguo límite del Líbano con Siria

Departamento Geológico de la Conual

Irene observó a su marido, durmiendo, sobre el catre que le habían asignado en un cuarto diminuto, atiborrado de cuadernos, informes y registros que parecían no encontrar más espacio. Ella permanecía despierta, descalza, con un antiguo camisón de algodón. Trataba de manejar su ansiedad, quería razonar en medio de emociones contrapuestas y le resultaba prácticamente imposible. Lo miró enamorada, deseosa, asustada, hasta que retozó entre las sábanas como un gato mañoso y despertó.

–¿En qué estarás pensando? –fue el comentario de su marido sin despegar la cabeza de la almohada. Solía reírse con aquella expresión cada vez que la encontraba enredada entre supuestos y posibilidades. Irene era su mayor debilidad, la fuente misma de toda su energía.  Ella le sonrió con cierta resignación.

–En todo lo que nos hemos equivocado…

–¿Nosotros? –volvió a preguntar él.

–La humanidad entera –fue su respuesta. Entonces, se puso de pie para ir a acurrucarse entre sus brazos–. Cuando quieras… me acompañas.

 

Departamento Geológico de la Conual.

Veinte minutos después.

 

Caminaron hasta la mayor caja de seguridad que habían visto en su vida. Parecía un trasatlántico, sereno, meciéndose en aguas imaginarias. Erik vio que Irene le ofrecía unos lentes y una mascarilla con alimentación respiratoria externa.

–La luz es diferente –trató de explicarle–. El aire es diferente.

Colocados los accesorios de protección, la mujer avanzó tres pasos y balbuceó en una lengua totalmente extraña para su marido la clave de combinación. Cuando la puerta se abrió, Irene tomó a Erik de la mano y condujo sus pasos.

–Es… como una caverna… –alcanzó a decir el hombre.

–Mira solamente el piso –le suplicó su mujer–. En la piedra está marcado un laberinto. Concéntrate y avanza. Debes llegar al centro, pero debes hacerlo solo. Yo te acompañaré, nada más puedo hacer. La verdad sólo nos pertenece a cada uno y, descubrirla o negarla, es nuestra responsabilidad.

Entonces, Erik Von Hagen comenzó a andar por espacios alargados, sobre finos enlaces, entre vacíos y silencios, junto a nudos espiralados. Siempre mirando al suelo, descubriendo pasajes que lo conducían a un centro, por momentos, inalcanzable.

–Falta muy poco… –alcanzó a escuchar que balbuceaba su esposa antes de que el laberinto lo comprometiera a tomar una última decisión. Se enfrentaba a dos posibles salidas o entradas. Dos aberturas marcadas en la piedra. Seguramente, una sola conduciría al centro de aquel enredo. Pero ¿cuál de las dos era? Ensimismado, se detuvo, observó, volvió el tiempo atrás, buscó en todo lo aprendido una respuesta salvadora y no la encontró. Cuando iba a dejar, resignado, que el azar se impusiera, recordó aquella tarde en los jardines de su casa paterna… Tenía siete años y estaba cansado de que sus hermanos mayores le ganaran jugando al ajedrez, entonces, su abuela Maura le dio un consejo magistral desde su más sabia ignorancia. Desde aquel día, poniéndolo en práctica, nunca más perdió un partido de ajedrez. “La ley de Maura”, pensó. Y decidió.

 

 

 

Confiado, dio el último paso y, como si su determinación accionara un mecanismo de engranajes cósmicos, la cripta se iluminó. Un calor de fuego le quemó la espalda y miles de millones de sombras se proyectaron en las paredes carcomidas por los siglos, como si todos los hombres de mundo estuvieran allí adentro y allí mismo nacieran, amaran, sufrieran y murieran al mismo tiempo. Como si no existieran la línea lógica del tiempo, las razones irrefutables del saber y la paciente contemplación del espíritu.

–Lo lograste –le dijo Irene, mientras suspiraba aliviada.

–La alegoría de la caverna… –balbuceó su esposo casi en sordina y volteó de inmediato a mirar sobre sus hombros.

Sostenido por unos brazos gigantescos, de un material irreconocible, que nacían de las entrañas del mundo y se empotraban en las rocas más añejas, yacía el lienzo de un cuadro sin enmarcar. La imagen de una mujer desnuda, sentada, con los brazos y las piernas anudadas y la cabeza explotada. De esa explosión se irradiaba la luz de fuego, color magenta que, a pesar de las máscaras que llevaban puestas, prácticamente les quemaba los ojos.

–¡Es increíble!

–Es la Logia de la Caverna, Erik –le explicó su mujer–. La número trece, creada y liderada por el Marqués Fernando Del Huerto, bajo Proclamación Real de Felipe II, hace casi mil años.

–Y este cuadro…

–Es la obra original que pintara Maurice Villette a finales del siglo XIX.

–Eso quiere decir…

–Que estamos cada vez más cerca de comprobar la Teoría de las AlmaSuelas.

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