UN TORTUGO RUBIO Y EGOÍSTA – CAPÍTULO 4: «Venganza de mujer» (PARTE 3)

III

El comentario de Perla había sonado en mis oídos como una ametralladora:

—¡Rosita! ¡La vejez te pasó por arriba!

Y sentí morir.

Mi amiga del alma no iba a ser capaz de mentirme, si me lo decía era para zamarrearme y lograr que huyera de una buena vez del letargo inhóspito donde me encontraba hundida. Esto sucedió tres meses atrás, cuando sostener ante el mundo una relación sana de pareja con Marcos era prácticamente como aprobar, sin recuperatorio de por medio, el Test de Cooper: ¡imposible! Al menos para mí, que detestaba la actividad física y correr tantas vueltas a la nada me aburría como una ostra.

“Yo, ¿vieja? Jamás. Antes muerta. Renovaré el guardarropa, planificaré unas vacaciones, compraré más cremas para la celulitis, contrataré un personal trainer que me endurezca la cola…”. Fue así como entró Paul a mi vida.

Acudí en busca de ayuda al gimnasio de la vuelta y un grandote depilado con reflejos color banana me presento al instructor de Ju Jitsu¡Oh, my good! Me sonrió con esa bocota de mermelada, me abrazó suavecito y a la semana ya estaba a sus pies haciendo abdominales descontroladamente.

Paul se convirtió en una oreja insustituible, una compañía amorosa, la más tierna contención que, además de modelar mi cuerpo, me acariciaba la cola. Como acaba de leer. No es necesario que suba al renglón anterior para corroborar si leyó bien, así está escrito: me acariciaba la cola. Primero fue para señalarme lo que estaba duro y lo que estaba blando, después para darme ánimo frente al agotamiento, posteriormente como manifestación de cariño y, a partir de la segunda semana, a cada rato. Tan grande era su costumbre que, en lugar de sentir escalofríos cuando lo hacía, la sensación de extrañeza me invadía al estar su mano lejos de mis nalgas.

Cabe hacer mención en esta instancia del relato que, para la ejecución del tema, Paul era un violinista, un pianista, una sinfónica completa. ¡Qué artista con sus dedos! Lo necesariamente dulce, lo suficientemente fuerte. Un deleite para mis asentaderas.

Aquella mañana, en la que debíamos salir a correr pero llovía a cántaros, calcé mi tanga preferida, mi top aeróbico, un microshort elastizado, soquetes y zapatillas, paraguas, y me fui a la despensa a comprar yerba y churros rellenos con dulce de leche. ¡Al diablo con la dieta! Como mucho, de reto me ligaba un par de palmaditas, un castigo que muy poco me haría sufrir.

Llegó, me saludó, me tocó, dejó la mochila, se acomodó, me tocó, festejó los mates, me tocó, le ofrecí un churro, rió, me tocó, se sirvió un churro, me volvió a tocar, se acordó de algo, hizo un gesto con la boca llena, volvió a tocarme, enviaba un mensaje de texto y me tocaba, organizó la clase bajo techo y me tocó. “¿Puedo pasar al baño?”, preguntó. “¡Dale!”, respondí, y al adelantarse lo toqué. Se detuvo. Me miró, sonrió. ¿No se lo esperaba? Sí, lo toqué, y lo toqué muy bien. Con todas las ganas del mundo lo toqué. Lo toqué como seguramente pocas lo habían tocado. “Tenés linda cola. Mejor. Para mí es muy importante que el hombre tenga linda cola.” Y, decidida, volví a tocar.

Generalmente suelo perder el filtro después de las doce de la noche, como el encanto de Cenicienta; pero los días de lluvia, está comprobado, puedo perderlo a cualquier hora, incluso a las diez de la mañana.

 

IV

Lluvia y sexo van indefectiblemente de la mano. Lluvia de orgasmos, de fervorosa pasión. Veo llover y me excito, qué quiere que le haga. Y esa mañana llovía. Es más fuerte que yo, es incontrolable. Todas mis historias de amor fugaz estuvieron acompañadas de paraguas, pilotos y botas de goma.

Todas mis historias de amor fugaz nacieron a partir de mi mayor equivocación al hundirme sin resistencia en los ojos verdes de Pedro. El error fue creerle. O inventarme que algo fuera posible para poder creerle. Querer sufrir como sufrían las protagonistas de las telenovelas, esperanzadas en un final feliz.

Había chateado un rato con Anita y llegó mi personal. No habían pasado muchos días del encuentro con mi portero enmascarado. Siempre llovía.

Llovía cuando conocí a Diego, el abogado que me acorraló en el probador de una prestigiosísima tienda casual wear; cuando me detuve a escuchar el silbido del muchacho de la motoneta (del cual ya no recuerdo su nombre, pero sí la historia de su noviazgo eterno); cuando nos miramos cinco minutos seguidos con el bioquímico Javier en la cola del Banco Provincia y se ofreció gustoso a “hacerme el débito automático”.

Siempre llovía. Y siempre buscaba lo mismo: demostrarme que ya no eras importante. Y siempre conseguía lo mismo: demostrarte que, a pesar de los intentos, te amaba cada vez más y estaba cada vez más sola.

Ahora que recuerdo, también llovía la mañana que en misa de diez leí la primera carta del Apóstol San Pablo.

 

Deja un comentario