4 de septiembre de 2499
22:48
Centro de Experimentación Nuclear. Laboratorio: Proyecto Final
Irene Von Hagen salió de su oficina, dejando la computadora encendida y la puerta sin llave.
Titilaba el cursor junto a la última palabra que había escrito: “Nunca pierdas la esencia de volar… Hay golpes en la vida… Tú, más que nadie, sabrás vencerlos.”
Había llevado consigo su tapado de paño negro, un sombrero de ala corta y los guantes de piel. Tomó el ascensor al final del corredor D y, sin pensarlo dos veces, colocó la palma de su mano sobre la placa que indicaba “Plataforma de lanzamiento”.
La caja metálica comenzó a descender, tomando cada vez mayor velocidad. Entonces se aferró con fuerza de los brazaletes suspensores. Notó que disminuía la temperatura considerablemente. Era normal que esto pasara.
Al atravesar el último control de autorización, la caja se desprendió de la burbuja flotante que contenía en su médula al Centro de Experimentación Nuclear, deslizándose por un canal transparente que la unía a la corteza terrestre. Desde allí divisó el resto del mundo, lo poco que quedaba de él, y una tristeza sin explicación se le depositó en el pecho. Todavía quedaban agrupaciones humanas sobreviviendo entre los escombros de antiguas ciudades, arrumbados en la mugre, hacinados junto al miedo y la desesperación.
“Hay golpes en la vida, tan fuertes…”, pensó, recordando el poema de Vallejo: “¡Yo no sé! Golpes como el odio de Dios…”
En el último estadio de traslación cerró los ojos para no marearse. El canal principal del Centro de Experimentación no llegaba a la tierra, sino que se hundía en lo profundo del mar. La masa oscura y embravecida de agua hirviendo, tragó la máquina que la transportaba y la condujo a las puertas de la Base de Investigación Oceánica más poderosa de aquel tiempo.
Cuando el ascensor se abrió, una cuadrilla del Consejo de Ejecución la esperaba bajo el mando del profesor Gino Saggio.
–La estábamos esperando, licenciada –fue el saludo de aquel hombre. Y, con un pequeño gesto, dio órdenes a los uniformados para que acompañaran a la mujer.
Agradeció haber traído su tapado y el sombrero. No pensó que, a pesar del agua hirviendo, la temperatura fuera tan baja al llegar al fondo del mar.
Después de avanzar largo rato divisó las señales que indicaban el acceso a la Cámara principal de la Plataforma de lanzamiento. Un temor desconocido le corrió por todo el cuerpo. Había vivido eternidades esperando aquel momento.
–¿Está preparada, señora? –preguntó uno de los uniformados.
–Estoy preparada –le respondió.
Irene pensó el código de seguridad que había aprendido dos horas atrás y se abrió la primera de las compuertas. Avanzó sola, sabiendo que, de ciertos lugares, no se regresa igual. Tuvo que atravesar seis compuertas más, similares, pensando siempre el mismo código de seguridad con las variantes indicadas. Finalmente, llegó al Centro de Práctica del Laboratorio: Proyecto Final.
Todo era igual a como le había contado su marido. Tres piletones del suelo al techo parecían columnas gigantes. La franja media transparente, el líquido magenta en su interior, espeso como la miel, en permanente oxigenación. Dos de ellos sólo contenían líquido. Dentro del tercero, además, yacía hundido el cuerpo desnudo de un hombre. La mujer avanzó, cautelosa, hasta poder mirarlo de frente. Contemplarlo por primera vez le desbordó el corazón. Fue una sensación extraña de alegría que se manifestó en llanto. Cuando logró dominar sus emociones, se detuvo en los parpados de aquel sujeto. Estaba vivo a pesar del tiempo y el silencio, con los ojos cerrados en un sueño aparentemente sin fin.
–Hola, Eloy –murmuró con la voz resquebrajada–. Llegó el momento de despertar.
Tres años antes
Antiguo límite del Líbano con Siria
La garganta rocosa se abría como un embudo gigante y, del antiguo valle, sólo quedaba sal reseca y arena. Erik Von Hagen contempló la desolación del paisaje desde el mirador de su góndola. Después, midió en su tablero la fuerza del viento y supo que era un peligro bajar, pero no sobraban las opciones. Entonces, aumentó un tercio la presión de gases en su cápsula maestra y trató de direccionar las velas a los fines de superar la altura de aquellas ráfagas. Era la única estrategia que se le ocurría con tal de aterrizar: alcanzar mayor altura, conseguir el reparo de los cordones y, atravesar los vientos, evitando ser expulsado contra las rocas.
Era un experto al mando de su trasbordador. Así fue como, dos horas más tarde, lograba pisar el suelo escamoso del valle, enfundado en su traje de supervivencia. Caminó hasta la base del muro montañoso y, entrando por la boca del túnel que se abría a su paso, trescientos metros más adelante, se enfrentó a la muralla de hierro. Con sólo detenerse frente a ella, esta se elevó para dejarlo entrar y se cerró tras su paso.Los filtros de una sala intermedia inmunizaron su ropa y lo autorizaron a avanzar por un corredor descendente. A medida que se acercaba al Nodo Primario, las válvulas de compresión de su casco le indicaban que el aire del lugar ya era respirable. Entonces, se quitó el casco. A penas lo hizo, vio a Irene entrar por uno de los laterales. Su esposa corrió a abrazarlo y lo besó con fuego en la boca. Pegada a su cuello, hundida sobre la oreja de su marido, susurró:
–Lo encontré. Tenemos que sacarlo de aquí.
10 de noviembre de 2495
19:29
Corporación de las Nuevas Alianzas (Conual). Sede Paris.
–Buenas tardes, Licenciada Von Hagen –la saludó el vicepresidente de la Corporación, mientras le ofrecía su mano–. Nos honra su visita.
–El honor es mío, Doctor Gledber –respondió la mujer por demás simple y recatada. Vestía su camisa blanca de uniforme y una falda negra que le cubría las rodillas.
–Necesitábamos hablar con usted lo antes posible para ejecutar un plan alternativo. Sin su ayuda, estamos perdidos, señora –dijo el caballero de hombros caídos y mirada profundamente triste, y depositó frente a la dama una carpeta con más de cien hojas foliadas, selladas y rubricadas. Sobre un pequeño rótulo, en el ángulo inferior derecho de su portada, habían escrito: “Civilización R. Equinoccio de Noche: Las Tres Marías. Centro de Experimentación Nuclear. Laboratorio: Proyecto Final”.
–¿Qué significa esto? –preguntó Irene, sin poder quitar su mirada del rótulo.
–Por favor, Irene.
El hombre había cambiado por completo el tono de voz por miedo a ser escuchado. Se dirigió a la mujer como si lo hiciera con su hija:
–La Corporación corre serio peligro. Nuestros enemigos son cada día más fuertes y, si hemos de desaparecer, lo haremos por el honor que nos fue concedido. Llevamos casi trescientos años trabajando para rescatar lo que se pueda de este planeta. Usted y su marido fueron aliados incondicionales durante todo este tiempo. Protegerlos también forma parte de nuestro deber.
–¿Qué información contiene esta carpeta?
–La necesaria como para poder negociar un final digno.
–Sigo sin entender…
–Tenemos las variables suficientes como para calcular día y hora de la Tercera Catástrofe que acechará a la Tierra. Si pudimos construir nuestro Proyecto sin datos certeros sobre la Primera y la Segunda, ahora nada podrá detenernos. Nuestro objetivo final es una realidad.
–Nostradamus… –balbuceó Von Hagen, con el corazón que se le escapaba del pecho. Renato Gledber hundió sus ojos verdes en el alquitrán espeso de la mujer y continuó:
–Sólo usted sabrá de la existencia de este Informe y de su contenido. Lo mantendremos oculto en un lugar seguro hasta que demos con lo que venimos buscando desde hace siglos. En estas páginas encontrará los datos suficientes como para acelerar su trabajo, estoy seguro.
–No se confíe, Doctor. Usted mejor que nadie sabe lo que ha cambiado el mundo en el último milenio. Sólo parte de tres continentes quedan sobre la superficie del mar y el triste recuerdo de lo que alguna vez fuimos. No estamos buscando las pirámides de Egipto: estamos buscando un libro.
–Estamos buscando una verdad, señora –la corrigió–. No se subestime ni le quite importancia a su trabajo. Escúcheme atentamente, que no nos queda mucho tiempo.


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