UN TORTUGO RUBIO Y EGOÍSTA – CAPÍTULO 4: «Venganza de mujer» (PARTE 1)

TORTUGO 4

 

VENGANZA DE MUJER

Siempre monté en cólera cada vez que veía a Arnaldo André abofetear a Luisa Kuliok en El infiel, pero cuando Raúl Taibo le hizo lo que le hizo a esa pobre chica en Venganza de mujer, superó todos mis límites. ¡Era añá, era el mismísimo añá!

Creí volverme loca y hasta pensé en formar una agrupación en defensa de la pobre Némesis, encarnación viva de la desgracia femenina. Ella, tan pobre, habitante del rrrancho con su madrrrina, tan enamorada de la tierrra, del rrrío, tan inocente pajarillo, cazada por ese ricachón soberbio, que junto a sus amigotes se consideraba dueño del mundo por andar en descapotable o manejar una avioneta.

¡Qué vergüenza frente al Paraná, frente a las palmeras y los camalotes florecidos en las aguas calmas! ¡Haber hecho lo que hizo! ¡Y haberlo hecho sin bigote! ¡Sí: sin bigote! ¡El muy perverso se afeitó el bigote y a mí la temperatura me carcomía entre las piernas en lugar de querer arrancarle los ojos por mala persona! ¡Qué lindo Raúl Taibo sin bigotes! ¡Qué pedazo de hombre!

Por San la Muerte que lo que hoy vivo tiene mucho de venganza y que los beneficios del chirlo, sembrados en el ’86, son cosechados diariamente como fruto sagrado.

 

I

“¡Si me vieran las chicas!”, fue lo primero que pensé al observarme en cuerpo entero frente al espejo: corsé de vinilo fucsia, minifalda animal print, (debajo, hilo dental), medias red, botas charoladas con 12 centímetros de taco (cinco minutos más y se me quebraba la columna), pelo batido, vincha despejando el rostro, maquillaje gatúbelo. “¿Me veré muy puta?”. Controlé la hora. ¡Ya debía estar por llegar! Y sonó el timbre. ¡Cuánta adrenalina! Me imaginaba narrándole a Mónica la historia por mail.

 

De: rosa………..@hotmail.com 

Para: mony………..@hotmail.com 

Asunto: PROBÉ Y ME ENCANTÓ!!!

 

¡No sabés, amiga, lo que fueee! El gorila de mi portero entró con capucha y se me tiró encima. Antes de reaccionar, ya me había hecho clavar los tacos en el yeso de la pared y corrió el hilo dental, no sé si con la lengua o con los dedos, haciéndome perder la noción del tiempo por completo.

La pose fue rarísima, creo que sin su ayuda no hubiera podido contorsionarme de esa manera. ¡Y las sensaciones, indescriptibles! Sus ojos rojos detrás del pasamontañas y su respiración entrecortada acompañaron cada uno de los nalgazos que, según él, “¡tomá por guachita!”, y yo tomaba porque me encantaban.

¿Tendré que contárselo a mi analista? ¡Tengo miedo de que me rete!

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