UN TORTUGO RUBIO Y EGOISTA – CAPÍTULO 3: «Rosa de Lejos» (PARTE 5)

 

IX

Entré alocada, revoleando la cartera, dándole dos besos, uno por mejilla.

—Vine antes porque me mataba la angustia —sentencié.

—¡Pero amiga, no te deprimas, para eso estoy yo! —fue la respuesta de Anita, mientras colocaba pasador y traba en la puerta—. ¡Hace una semana que no paro de llorar!

—¡Anita! —le dije y le di un abrazo que parecía de teleteatro—. ¿Por qué será que no embocamos una?

Dicho esto, atravesé el living y controlé la casa con un revoloteo de ojos.

—¿El casi cura está? –murmuré.

—¡No, se fue a un retiro, quiere volver al Seminario, estoy desesperada!

De a poquito, a Anita, se le quebraba la voz.

—La suerte no está de nuestro lado, amiga –dije, y me desplomé vencida en una silla—. ¡Cuánta desgracia!

—¿Qué hiciste? –preguntó, sentándose a mi lado—. ¡Dejá de dar vueltas y contame! ¿Querés tomar algo?

Como muchas preguntas juntas.

—No, gracias –le respondí—. Pruebo bocado y voy al baño. Deben ser los nervios. Le mandé un mensaje.

Lo dije tratando de no pensar que lo estaba diciendo. Mezclado con el resto de la conversación.

—¿Estás bulímica? –fue su contestación.

—No: colon irritable.

—¿A quién? –añadió.

—¿A quién qué? –pregunté confundida.

—¡A quién le mandaste un mensaje!

Ana intentaba retomar el hilo de la conversación en medio de un discurso por demás esquizofrénico.

Mutis. El que calla otorga.

—¡Te voy a pegar! –gritó.

—Ya no tengo cura. ¡Perdón por usar la palabra “cura”!

—¡Te pego! –gritó con más fuerza.

—¡No seas mala!

—¡¡Pasó una eternidad!! –retrucó.

—Cinco años –especifiqué.

—¡Una eternidad! –retrucó otra vez.

—¡Tampoco tanto! –me justifiqué.

—¿Cómo fue?

—¿Qué cosa?

—¡Que lo hiciste!

Ana perdía muy rápido la paciencia.

—¡Me da vergüenza contarlo!

—¡Estamos solas! –dijo mi amiga y se abrazó a la caramelera.

—Me respondió –comenté bajito.

—¡Me muero!

Anita llevó su mano al pecho.

—¡No, no me dejes sola!

—Es una forma de decir, tonta.

—¡Ya lo sé! La mía también.

—¿Y qué te puso?

La curiosidad mató al gato y a Anita también.

—Que se tocó.

—¡Nooo!

—¡Sí!

—¿Entonces, fue re caliente?

—¡¡¡Uffff!!!

—¡Qué guasa! –respondió como señora gorda de historieta.

—¡Qué calentura!

—Me imagino…

—Quiero verlo –dije con toda la seguridad del mundo.

—¡No! ¡A eso te lo prohíbo!

—Pero…

—Pensá en Marcos…

Hablaba igual que mi madre. Hizo una pausa. Prefiero no hacer ninguna acotación con respecto a lo que acababa de decir.

–O al menos intentalo.

Hizo otra pausa. Otra vez sin acotación.

—¡Pensá en vos, entonces!

—No quiero pensar en nadie. No quiero pensar en nada. Quiero hacer, nada más.

—¿Hacer? ¿Hacer qué?

—Lo que siento.

—¿Y que sentís?

Advertí su pánico. Con seguridad absoluta, respondí:

—Quiero estar con él.

Ojos blancos de Anita.

—Necesito verlo para saber qué me pasa.

—Todavía lo amás.

La sentencia de mi amiga fue rotunda y tremenda.

—No. Creo que no.

¿No?

–Bueno, a lo mejor sí.

Creo que sí.

—¿Te das cuenta? Por eso quiero verlo. Para saber qué me pasa de una buena vez.

—¡Ya lo sabés! El tipo te cagó hace cinco años. ¡Te usó, te mintió!

—¿Me cagó? ¿Me usó?

—¡Sí! ¿Sí? No me hagas dudar, boluda. Se supone que en este momento soy yo la que debe tener claridad de pensamiento.

—Ok. No dudes, entonces.

—No dudo. Retomemos. ¡El tipo te cagó, te usó, mintió! ¡Basta! ¡Se terminó! ¡Ahora está Marcos!

Nuevamente pausa. Para decir ciertas cosas a veces es preferible no decir nada.

—No será de lo mejor del mundo pero está. ¿Ya no está más? –agregó, perdiendo la poca solidez del argumento.

—Sí, creo que está.

—Bien. Está. Está y punto. A su manera, como puede, con sus defectos, pero está. ¿Y qué vas a hacer?

—Es un juego, Ana.

—¡Ahhh, gracias Dios!

—Y quiero jugar.

—¡No, por Dios!

—Yo sé los riesgos que corro, pero te juro que en este momento no me importa.

—Amiga… –

No quedaba mucho por decir. Busqué su abrazo de oso.

—¡Amiga! Acordate lo de Paulina. Ella nunca debe saber que le escribí.

—¡Obvio!

—Te quiero.

—¡Yo también!

Se convirtió, otra vez, en una señora gorda de historieta. Cambiando rotundamente de tema, preguntó:

—¿En qué quedó el temita aquel de la usurpación de identidad?

–Prefiero no acordarme.

–Vos sos demasiado buena. ¡Yo le hubiera dado tantos sopapos!

–Perla quería trompearla. Clarita se indignó. ¡No está bien, pobre Pauli! Prefiero hacer que nada pasó.

–¡Por favor, cuidate, esa chica está perdida y si se entera de esto, la perdida vas a ser vos! ¡Es capaz de cualquier cosa!

–A colación… –comenté con sonrisa macabra– ¿Te enteraste lo del Agente?

–¡No! ¿Qué pasó?

–¡Es para alquilar balcones!

 

Deja un comentario