Año 3014
Eso de lo que nadie habla forma parte de un misterio universal. Porque hay verdades que no deben saberse, que obligan al sacrificio y al silencio más extremo. Esta es una de ellas: la que provocó el último desmoronamiento de la humanidad.
Pasaron mil años y el mundo ha cambiado demasiado. Es difícil mirarlo cuando prácticamente no queda nada por mirar. Dicen que, cientos de años atrás, los días duraban veinticuatro horas y cada hora, sesenta minutos. Hoy, en el año 3014, los segundos son infinitos, casi tanto como la profundidad del cielo, como la lluvia cuando empieza a caer y el frío nunca cesa. Seguramente, por esto, los hombres se volvieron tristes y oscuros, y nunca más se los escuchó reír.
Los continentes ya no existen, porque las catástrofes naturales acabaron fundiéndolos en una sola masa rocosa, sin vida. Y la rotación, mucho más lenta y quejosa de la Tierra, hizo que los días y las noches tuvieran una duración de seis meses. Seis meses de sol implacable y seis de noche helada y congelante. Cuanto ser vivo existía sobre la superficie del planeta se extinguió. Lo poco de la humanidad que logró sobrevivir a la aberración del canibalismo, a las masacres más atroces y las pestes, lo hizo ocultándose en inframundos o refugiándose en ciudades flotantes, dentro de burbujas espaciales que yacen amarradas a la superficie de un mundo muerto.
Y la miseria se esparció como una plaga, el hambre hizo estragos en las entrañas, el miedo entró por los ojos de todos para quedarse, y el odio creció hasta apoderarse de las almas más nobles y devastarlas. Porque murieron las esperanzas, porque llegó el final.
3014
Doce horas, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
–Buenas tardes, Enriqueta.
El salón de baile de la Maison Blanche era una de las pocas habitaciones de la antigua residencia que todavía permanecía en pie, haciendo frente al abandono y la voracidad del tiempo.
Nora había observado con angustia milenaria, desde las ruinas de la torre principal, el despliegue que llevaron a cabo los guardaespaldas de Enriqueta cuando se detuvieron frente a las escalinatas de la casona.
Decenas de coches negros, reliquias de otros tiempos mantenidas en perfecto estado, rodearon el carro que transportaba a la anciana escuálida, de cabellera platinada y ojos de buitre. Un centenar de hombres, enmascarados, empuñando sus armas, treparon a las ruinas, se colaron por las ventanas y avanzaron sobre el piso deslucido. Abrieron paso a la mujer que caminó sostenida por un bastón de oro y diamantes, envuelta en pieles extrañas, vestida de luto riguroso. Porque todo era negro en su lamentable existencia, excepto el cabello blanco, como nieve en primavera.
Nora descendió de la torre e ingresó al salón por la parte posterior, aquella que alguna vez había sido el jardín de invierno familiar. Creyó que las piernas no la sostendrían y tuvo que apoyarse a uno de los muros. El corazón se le partía en dos. Avanzó quebrada por el dolor y se ocultó detrás de una de las columnas para no ser vista. Desde allí la saludó:
–Buenas tardes, Enriqueta.
La anciana no respondió. Prefirió esperar, en silencio y sin pestañear, rodeada de energúmenos descerebrados, violentos hasta el crimen y la tortura, que la protegían como si se tratara del bien más endeble en el universo. Vieja y odiable, permanecía petrificada, anidando maldad en sus entrañas.
“Esa voz…“, pensó. Algo le resultaba familiar, sin embargo, no quiso hacer apreciaciones infundadas. Paciente por sobre todas las cosas, había aprendido a esperar y atacar en el momento preciso. No daba un paso sin tener la certeza de estar haciendo lo correcto. No avanzaba si no sabía dónde estaba el peligro, cómo podría dominar la situación y cómo sacaría ventaja.
–Pasaron demasiados años…
La voz de Nora confirmaba peligrosamente las sospechas de la vieja.
Entonces, salió de las sombras y Enriqueta pudo verla como una reina blanca de cabellos negros. La piel de porcelana, los ojos radiantes, la hermosura hecha mujer. Envuelta en telas volátiles y etéreas, como siempre fue su espíritu.
–Debí imaginármelo –balbuceó la anciana, atragantándose con su propio veneno, sin atinar a un gesto–. Nora Blanche.
–Sí. Regresé, y esta vez nada podrá detenerme.
Finalizadas sus palabras, un centenar de mujeres ingresaron al salón, uniformadas con trajes blancos. Llevaban el cabello recogido sobre sus molleras, empuñando arcos y flechas. Rodearon a los hombres de negro y a la vieja endemoniada, como si se tratara de corderos indefensos. Entonces Enriqueta preguntó, apelando a su habitual ironía:
–¿Cuántas estupideces más deberé soportarte?
Con un solo golpe de bastón contra el piso, abrió las puertas del infierno. Vientos huracanados, de fuego, entraron por las ventanas, y amenazaron con quemar los ojos de las guerreras blancas. Sin embargo, Nora no perdió la calma, extendió sus brazos y se alineó con el Universo, evocando a los ancestros de la Civilización R:
–Ameri rabé límjare, tali de rasla, mourey dixaro –murmuró–. Ameri rabé. Tali, mourey.
El aire se espesó como nata y olió a rosas blancas cuando una de sus mujeres, la más alta y de más bello porte, pudo vencer al viento de las profundidades y lanzar una de su flecha con precisión exacta, atravesando el cuello de un guerrero de negro.
Entonces, Enriqueta torció su boca en un esbozo de sonrisa y sentenció:
–Sagli samrendi.
Detrás de ella rugió el clarín de guerra.
Los hombres de Enriqueta se elevaron sobre el nivel del suelo y atacaron sin piedad. Mientras, las mujeres protectoras de Nora desplegaron sus alas y construyeron escudos gigantescos para hacer frente a cualquier embestida.
Intentaron inútilmente asesinarlas. No pudieron arrancarles el corazón ni cortar sus cabezas. Las hadas blancas se disparaban por el aire a la velocidad de la luz, corriendo sobre los techos y rodando en las paredes. Trazando surcos de luz radiante por donde se deslizaran, iban encegueciendo a los hombres, aniquilándolos de a uno sin hacer grandes esfuerzos.
Los pocos que sobrevivieron buscaron refugio detrás de Enriqueta, y aprestaron sus armas en un último intento por frenar la derrota. Nora inspiró profundo, corrió una lágrima sobre su mejilla y observó el rosto enjuto de su enemiga. La anciana creyó que el final había llegado.
En aquel instante, por la puerta que siglos atrás conducía a los jardines de invierno, ingresó él. Avanzó lento hasta detenerse a unos pasos de la heredera Blanche. Las jóvenes custodias, que habían hecho frente sin temor a los hombres de Enriqueta, inclinaron sus cabezas y bajaron las armas.
El hombre que acababa de entrar tenía un andar melancólico y cansado. Llevaba el cabello dorado, rozándole los hombros, despeinado, como cuando era niño. Los ojos verdes, más verdes que el mar y el cielo juntos. La boca de cerezas maduras.
Enriqueta lo miró inmutable, sin demostrar sentimiento alguno, anclada en medio del mar de cadáveres en que se había transformado su ejército. Apretó por un segundo los labios, como era su costumbre cuando la sobrepasaba el odio, y dijo:
–Eres tan idiota como tu padre.
–¡Cuántos años sin vernos, Enriqueta! –fue la respuesta del muchacho, educado como un príncipe, sin darle importancia a la agresión.
–No interfieras en mis planes –dictaminó la anciana.
–Haré todo lo que haga falta –fue su sanción–. Lo que necesite hacerse, se hará.
–Eres valiente y muy poco inteligente al desafiarme. Tu padre hizo lo mismo y así le fue. Nunca lo olvides.
Enriqueta se acercó al muchacho para verlo de cerca.
–Soy el único heredero del clan Gledber, de la Civilización R –le respondió–. No tengo nada que perder. Hace miles de años que estoy en la Tierra para cumplir una misión y ha llegado el momento de actuar.
Enriqueta aprovechó para mirar de reojo a Nora, mientras contestaba al muchacho con sorna:
–Por lo que veo, has buscado muy buenos aliados.
Nora no se sintió ofendida. Mantuvo la calma y habló sin miedo, sabiendo que sus palabras despertarían al mismo Lucifer:
–Es injusto, Enriqueta: nadie tuvo la culpa de que Dulce muriera.
–¡Mi hija Dulce era un ángel! –escupió la vieja como un dardo venenoso. Escuchar el nombre de su hija en boca de sus enemigos la desquiciaba–. ¡No merecía morir! Todos sabemos que hubo un culpable y lo debe pagar –condenó con odio.
En aquel momento, una de las esculturas mitológicas que yacía en dirección a la columna derecha del frontis, cayó desde lo alto y se hizo polvo contra el suelo. Lo estrepitoso de la caída alertó a todos, y así colocó a los guerreros, hombres y mujeres, en posición de ataque.
Detrás de la asfixiante nube gris que originó la caída y al disiparse el polvillo, los presentes pudieron agudizar la mirada. Alcanzaron a ver una figura masculina en medio de los escombros, monstruosa, mucho más grande que la de un hombre común, similar a la de una fiera salvaje.
Con solo estirar su brazo, aquel desconocido lanzó cinco cuchillas de acero que fueron a parar, exactamente, al centro del pecho de cinco guerreras blancas.
Nora, Enriqueta y el joven de cabellos dorados permanecieron estupefactos, de pie, contemplando la masacre, viendo como el gigante no dejaba uno solo de aquellos hombres y mujeres vivos. Los mataba como si fueran criaturas insignificantes, que aplastaba con uno solo de sus dedos.
Minutos más tarde, cuando hubo matado a todos, el enmascarado se acercó al muchacho de ojos verdes. Con la mansedumbre de una brisa helada, con la serenidad de quien a nada teme, lo llamó por su nombre:
–Juan Antonio –le dijo, y marcó su hora.
El monstruo, con sus dos manos, tomó la cabeza del muchacho y lo elevó a la altura de su boca. Con un beso de fuego inspiró profundo hasta sentir, en la humedad de sus fauces, que le arrebataba el alma.
Nora gritó desesperada al ver a Juan Antonio retorciéndose en las garras del gigante, transformándose en una masa vacía y amorfa que nada valía. Cuando la bestia se deshizo de él, ella corrió y alcanzó a tomar entre sus brazos la cabeza de su aliado antes de que diera contra el suelo, pero era tarde: el monstruo le habían arrebatado la esencia de su ser.
–¿Quién eres? –le pregustó Enriqueta al depredador.
Por primera vez, en muchos siglos, la anciana volvía a experimentar las amargas sensaciones del miedo.
El guerrero desvió su mirada hacia la vieja y allí la detuvo. Pudo observarla detenidamente y respirarle en la cara como un dragón hambriento que disfruta antes de devorar a su presa. Luego, lentamente, se quitó la máscara.
Entonces, Enriqueta lo olvidó todo en un instante. Olvidó a sus soldados muertos y el odio que sentía por Nora y el imbécil de Juan Antonio. No le importó su plan de venganza ni el recuerdo tortuoso de su hija muerta. No le importó nada, porque sabía que a partir de aquel momento todo sería diferente.
Con un placer desconocido, con una extraña paz sobre el lomo de su conciencia, susurró:
–Bienvenido, Alexandre.
3014
Veintisiete segundos, calendario gregoriano, después del
Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Georgina acabada de quitarse la venda de los ojos. La muchacha, de contextura morruda y cachetes de pan de leche, sintió los pies húmedos y las medias de seda adheridas como sanguijuelas a sus pantorrillas. Después de un gran esfuerzo, pudo enfocar la mirada en un punto. Efectivamente, había metido los pies en un barrizal.
Pero ¿si estaba en una fiesta multitudinaria, rodeada de miles de personas, jugando como una adolescente sobre el piso de cemento? Algo extraño acababa de suceder.
Advirtió que la música se escuchaba lejos, como si hubiera andado kilómetros enteros en décimas de segundos. De repente, se apagó por completo. El silencio envolvente de aquel lugar le cayó encima como una piedra. No había nadie a su alrededor. Estaba sola en medio de un bosque helado, con los pies hundidos en un charco de barro. Algo sobrenatural la había quitado del lugar donde estaba y la había depositado allí, sin que se diera cuenta.
No pudo evitar el sudor corriéndole por la espalda. Trató de contener las lágrimas clavándose las uñas en la palma de las manos, pero tampoco consiguió hacerlo. Atravesada por el miedo, gritó tan fuerte que el universo entero se compadeció de su desolación.
3014
Cinco segundos, calendario gregoriano, después del
Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Máximo sintió un dolor de fuego en su tobillo izquierdo y se desplomó sobre un montón de ramas y hojas secas que se encontraban al pie de un árbol, justo detrás de él. Cayó de espalda, perdiendo el equilibrio como si alguien le arrebatara el suelo. Al dolor del tobillo, tuvo que sumarle el de la punta de una rama que se le clavó entre dos costillas.
–¡La puta madre! –gritó, mientras se tumbaba sobre su brazo izquierdo. Apretó los labios y cerró los ojos. Trató de respirar lento y pausado.
Pudo incorporarse de a poco. Aún sentado sobre el suelo vio que el mundo era distinto. Olía a fresco, a cosas vivas, y el aire se respiraba sin dificultad. Tuvo que acostumbrar el ímpetu de sus sentidos a aquellas extrañas sensaciones.
Apoyándose en algunos árboles, finalmente, logró ponerse de pie. Dando pequeños saltos, avanzó sobre la espesura de bosque hasta encontrar un claro, y miró al cielo. Era de un azul intenso y brillante, como debió haber sido el mar del Ecuador en noches de verano, quinientos años atrás. Millones de estrellas y astros celestes brillaban con una luminosidad asombrosa, volviéndolo todo plateado y fantástico. La sensación de un puño cerrado sobre el corazón lo abordó en una fracción de segundo y supo que ya nada volvería a ser como antes.
Entonces recordó lo que le habían dado: una venda negra, una pistola de uso medicinal y cuatro ampollas con un extraño líquido de color magenta adentro. Palpó los bolsillos de su abrigo y corroboró que aquellos objetos seguían allí, intactos, como los había guardado. Inspiró profundo, cerró los ojos, concentrándose, y apeló a sus más sobresalientes y destacados dotes de actor. Haciendo temblar la mandíbula, frunciendo el ceño, al punto de lograr el llanto, gritó con la voz quebrada y chillona de quien no sabe controlar su histeria en medio de una catástrofe:
–¡Socorro! ¡Socorro! ¡Necesito que alguien me ayude!
3014
Dos minutos, calendario gregoriano, después del
Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Amparo permanecía acurrucada, hecha un ovillo, entre las raíces de un árbol gigante. Miraba todo a su alrededor, como quien contempla un mundo imposible, y lloraba.
No conocía el sonido del viento entre las hojas ni podía imaginar la luz de las estrellan pegándole en la cara. Tampoco sabía de texturas dóciles y humedades melosas. Sin embargo, todo aquello, en lugar de atemorizarla, le arrancaba una sonrisa y un mar de lágrimas incontenible.
Era llorona por naturaleza. Llevaba la emoción a flor de piel y en la sangre, el canto de pájaros extinguidos. ¿Qué más podía pedirle a sus duendes que no fuera una nariz esponjosa de payaso, como un bizcochuelo de frutilla?
En lo oscuro del fondo de la Tierra, Amparo vivía con su madre, en una casita pequeña a orillas de una vertiente hervida. Allí se ponía una nariz de trapo, cocida a mano con una media de lana, andrajosa, y saltaba de una silla a la otra.
–Estoy segura –decía a todo aquel que se detuviera a mirarla– que en alguna otra vida fui payaso.
Entonces, cuando lograba convencerse en la duermevela del sueño que su creencia era cierta, no quedaban más grietas para la tristeza ni agujero por donde pudiera colarse el dolor.
Sabía que haber aparecido en aquel lugar, tras quitarse la venda de los ojos, no sería gratuito a su existencia. Pensó en su madre, sola, en la casita de la vertiente. El corazón se le consumió al imaginarla junto al brasero, preparando la cena.
En aquel segundo de lucidez, Amparo entendió que, a veces, es necesario renunciar a historias imborrables, a ausencias y presencias, a los gratos y no tan gratos recuerdos, al rencor y al desamor, si se pretende alcanzar la felicidad.
Tuvo la plena seguridad de que correr bajo el sol ya no sería una utopía para su frágil corazón de bohemia. Estaba segura, a pesar de sus infinitas debilidades: la felicidad comenzaba a vislumbrarse como algo posible.
3000
Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
El día que nació Gonzalo murió Ignacio. Fue casi simultáneamente: mientras la hermana gemela de Memé ingresaba al quirófano porque su cesárea estaba planificada desde hacía una semana, un oficial de Guardia de Estado Real, llamado Augusto Sotomayor, caminaba hasta la puerta de la casa del doctor Amado y se armaba de coraje para poder golpearla. Debía informarle al médico que el coche en el que viajaba su hijo de doce años se había estrellado en el cruce del camino a Minos con la Barca del Caronte. Y había sido el mismísimo doctor Amado quien planificara una semana atrás, con la aprobación de la hermana de Memé, el día y la hora del nacimiento de Gonzalo, sin saber que sería exactamente el día y la hora de la muerte de Ignacio. Sin saber que sería, también, su propio día de muerte. Porque así lo decidió al instante de oír la noticia y experimentar, en las carnes pegadas al hueso, esa certeza infalible de culminación que arrastran las desgracias.
El doctor Amado murió once años, calendario gregoriano, después. Murió literalmente, porque su muerte se consumó con la de aquel hijo que el destino le arrebatara recién empezando a vivir. Gonzalo ya cumplió los catorce. Ignacio debería tener veintiséis. Hace tres que del doctor Amado sólo se recuerda, con una amargura infinita de pueblo triste, la tarde en que su corazón le avisó que ya era hora de ir partiendo. El cáncer, intencionalmente no curado, a duras penas le permitió llegar hasta el cementerio, abrazarse a la tumba de Ignacio y dormirse sobre una fotografía del pequeño cuando recibía el honor de la insignia patria al finalizar su escuela primaria.
Mientras algunos celebraban eufóricos la vida, otros se adentraban de un cachetazo, en el camino sin retorno de la muerte.
La viuda del doctor Amado era una mujer fuerte que sobrevivió con su camafeo colgando del cuello, sabiendo que haber parido un ángel era motivo suficiente como para tener paz terrenal y celestial eternamente. Sus hijos mayores crecieron, se casaron y tuvieron hijos a los cuales les recuerdan, cuando pueden, la esencia del tío que murió pequeño y les transformó la vida a todos, principalmente al abuelito que tantos niños trajo al mundo y tuvo la desgracia de tener que enterrar al suyo.
3014
Treinta días, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Los limpiaparabrisas del automóvil iban y venían inútilmente. No se veía a dos metros del paragolpes. La lluvia era una cortina que velaba y engañaba las distancias. Dobló por la esquina de la panadería y avanzó a paso de hombre unos veinte metros. Vio las luces de una cochera sobre la izquierda y encendió el guiño para indicar que entraría. Tuvo que detenerse y esperar a que un coche gris, que avanzaba en contramano, se detuviera sobre el cordón derecho, frente a una antigua casona pintada de rosa de donde salió una muchacha rubia cargando varios bolsos y una gran caja de madera. Odiaba este tipo de acciones injustificadas realizadas por conductores que se escudaban en las faltas de alternativas a consecuencia del mal tiempo.
“Esto, en las ciudades más altas, no sucede”, pensó.
La jovencita subió a las corridas, trepándose como pudo, bajo el azote del agua, y el coche bramó marcha atrás hasta el ingreso al boulevard central. Entonces pudo maniobrar su auto y entrar a la cochera. Era una suerte contar con aquel beneficio a un paso de la torre donde hacía tres días habían alquilado con su mujer para mudarse.
Máximo entró empapado al departamento donde todavía tenía embaladas la mitad de las cosas. Su esposa descansaba, yendo y viniendo, sobre una mecedora con un embarazo de cinco meses que parecía de ocho. La besó, besó su panza y fue a besar a los otros dos niños que ya dormían. Aquella permanente explosión de truenos eran mazazos sobre un yunque que le agrietaban la cabeza. Hubiera querido dormir sin migraña. Cerrar los ojos y desaparecer. Como la noche que murió su hermanito. Había sentido lo mismo: tronaba, llovía y la cabeza iba agrietándose. Inútilmente pasaron los años, porque el timbre de la puerta parecía seguir sonando y sonaba siempre como sonó aquel día. Sonaba en su cabeza y en la del oficial Augusto Sotomayor que casi no podía hablar. La boca pastosa, la negación ante todo y sobre todo. El no como rúbrica, el no como marca a fuego, como pacto de sangre. El tiempo detenido por la quemazón del dolor y los gritos de mamá y papá.
Miró a la calle por la ventana del dormitorio de sus hijos, mientras sentía los pasos de su esposa yendo a la cama. A lo lejos, en línea recta sobre la terraza de la casona rosa, divisó la torre principal de la mansión Cárdenas-Redondo, envuelta en un silencio de pesados secretos, como una mole inmensa de malos augurios. Sin embargo, su dicha era mayor a cualquier temor. Calculó el tiempo mirando el reloj pulsera. Faltaban pocas horas para la reunión más esperada de toda su vida: conocería, finalmente, a la Señora Enriqueta Cárdenas-Redondo.
Los tres hijos varones del doctor Amado nacieron de nalgas, por la mañana muy temprano, y en partos complicadísimos, que trajeron desavenencias a su madre para el resto de sus días. Con el primero se le atrofió la vejiga, con el segundo tuvieron que vendarle las piernas hasta los muslos y con el tercero su útero se convirtió en una bolsa frágil como una piel de cebolla. Los tres fueron de gran porte, heredaron las narices respingadas de la familia materna y el cutis de olivares que, por generaciones, traía la paterna. Eran portadores de una inteligencia superior, dotados de una habilidad magistral para el entendimiento y el sabio discernimiento. Sólo el menor había manifestado, alguna vez, interesarse en las artes curativas del padre, pero la muerte no le daría tiempo a hacerlo.
El mayor, por su parte, se dedicó a la construcción de beneficios sociales para Estados marginales en el inframundo, mientras el segundo emprendía acciones diplomáticas para los Gobiernos autoritarios de las ciudades flotantes más altas. Fue así como Junior se asentó en una comunidad humilde a la vera de una vertiente hervida, mientras Máximo subía a un transbordador militar de los Estados Mayores con toda su familia y sus petates, para regresar, tras una notificación del Consejo Real, a la burbuja de sus orígenes.
Bajo el Arco de los Viajeros lo esperaba su madre, aferrada al camafeo. Quiso probar, ante todo, las torrejas de arroz que tanto extrañaba y, ni bien pudo liberarse de las charlas femeninas, los perfumes de la casa vieja, los ladridos de sus perros de infancia y las malas noticias políticas del día, partió rumbo al cementerio. Con un dolor que se le anudaba en la garganta, ansiaba, más que nada, visitar la tumba de su padre y la de su hermanito.
3014
Un segundo, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Tulio era por demás obsecuente. Su bajeza a la hora de cumplir órdenes lo ubicaba, prácticamente, al mismo nivel que un gusano.
Nadie podía decir si era o no un tipo inteligente, porque a ciencia cierta sólo existía y accionaba a partir de los mandatos de otro. Nadie podía aseverar si se trataba de una mala persona, porque en realidad no era bueno ni malo, era tibio, y eso lo convertía, la mayoría de las veces, en un ser indeseable.
Pero Tulio era bello, extraordinariamente bello, y semejante belleza ponía paños de agua fría a su miserable personalidad.
La fantasía de poseerlo, en alguna medida, opacaba toda mezquindad humana que pudiera observarse en él. La pasión que generaba el deseo caníbal de masticarlo hasta deglutirlo convertía su existencia de mierda en el objeto más codiciado del mundo.
Sin embargo, aquella noche fue diferente a muchas otras. La mujer que le cabalgaba encima le provocaba algunas cosas extras, aparte de las ganas naturales de tener sexo. Y, lo peor de todo, es que hizo que se le pasaran por alto algunas órdenes recibidas.
Cuando llegó la hora del gran Juego de las Vendas, Tulio y la muchacha desconocida estaban lejos de la multitud, detrás de la puerta Oeste que conducía al inframundo, sobre una piedra plana, completamente desnudos. Él, recostado de espaldas, y ella, montada a horcajadas, se dejaba bañar el pecho con los tintes azules de la noche.
Entonces, la mujer le vendó a Tulio los ojos, sin dejar de agitarse como un velero en el mar.
Perdido en la oscuridad más profunda, el muchacho sintió una descarga eléctrica en el centro de los huesos y se contrajo como un animal herido. Furioso, se arrancó la venta y pateó la nada, pensando que se trataba de una broma de mal gusto que le hacía la muy puta que cargaba encima.
Permaneció inmóvil al ver que la mujer ya no estaba sobre él. Había desaparecido junto con la roca, su ropa y la puerta al inframundo. El silencio era igual al de una tumba bien sellada, donde el aire se acabaría de un momento a otro. Entonces, se le heló la sangre al verse desnudo sobre una alfombra de hierba humedecida.
“¿Hierba?”, pensó. Le habían hablado de algo así, fresco y de color verde, que existió cuando el mundo era habitable, miles de años atrás.
3014
Diez minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Memé corría descalza sobre un camino de piedra filosa. Tanta era su locura que no sentía la sangre a borbotones en la planta de los pies ni el pis corriendo por sus muslos. Temblaba de miedo. Lloraba con asco de moco y baba, y corría. Corría como loca buscando algo, cualquier cosa, no sabía qué. Lloraba y gritaba, pedía socorro a la noche estrellada, al aire que le golpeaba la cara.
Tenía en su cabeza millares de imágenes que corrían a la velocidad de la luz, pero sólo una se le repetía, cien y mil veces: esa del hombre alto que le gustaba. La del muchacho enamorado de su hermana Dadá. La imagen del tipo que la miraba, la desnudaba y le sonreía, creyendo que era Dadá, porque Memé le había robado un vestido y copiado el peinado. La imagen de la medianoche, la del momento de cubrirse los ojos. Y el hombre buscándole el cuerpo de puta gratis, y ella hundiendo su mano entre las piernas de aquel desconocido que no le pertenecía. La imagen de la lengua húmeda en su boca, entrando y saliendo como una lombriz terrosa. Y el flash de luz que lo chupó todo. La desaparición del mundo, la percepción del universo bajo sus pies.
Entonces se vio, de repente, escupiendo un mar de sangre que no era su sangre y un pedazo de lengua que no era la suya. El desconocido también había desaparecido, junto con su entrepierna y el paisaje desolado. Sólo quedaba de él un recuerdo muscular, un pedazo de aquel órgano en la boca de Memé que le había arrancado en el cimbronazo y estaba masticando como si fuera un chicle.
Al comprender lo que había hecho, Memé puso sus entrañas en erupción y no pudo más que vomitar el pedazo de lengua humana junto con la mitad de su estómago, casi todo su pasado y la traición entera a su hermana. Fue entonces cuando algo se quebró en su cabeza, enloqueció de golpe y echó a correr sobre piedras filosas.
3014
Cuarenta segundos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Era el más bello de todos. Extremadamente gentil y locuaz, el caballerito con tiradores y moño de terciopelo enroscado al cuello. Hermoso como una pradera en noviembre. Todavía parecía un niño, simpático y seductor, delgado y fibroso. Armónico en su totalidad, ni rubio ni morocho. Perfecto.
Descendía de una de las familias más repudiadas de ángeles caídos y cargaba sobre sus hombros un destino de insatisfacción infinita: su parte humana se enfrentaba a su parte alada en una lucha permanente y constante.
Hubo reinas que mataron por él y no les importó ser decapitadas. Algunas sirenas lo envidiaron hasta desearle la muerte. De Montua a Verona un mensajero se retrasó, adormecido entre sus sábanas, y aconteció una desgracia.
Siendo muy joven, cuenta la leyenda, que un emisario papal golpeó la puerta de su casa para informarle que el Santo Padre solicitaba su presencia. Viajó por tierra y mar hasta la Sede Sagrada. Allí le presentaron a un afamado escultor que pasó eternidades de su vida estudiándole las manos. Bajo el dedo Divino, su dedo humano mereció el soplido de Dios.
Se llamaba Adán, como el primer hombre del cual deviene la humanidad entera, y fue un error celestial no medir el grado de su hermosura: al igual que Dorian Gray, quedó atrapado en los conjuros de la desgracia. Atravesó la historia de cabo a rabo sin hallar el amor, buscándolo con desesperación en su andar andrógino, inútilmente. Perdió la conciencia del saber y, las cuentas sin saldar, le cobraron muy caro tanta perfección. Hubiera preferido ser un monstruo despreciable, oculto en los campanarios de alguna catedral, pero sabiéndose capaz de amar y despertar amores reales.
Aquella noche, con los ojos vendados, se deshizo igual a una montaña de polvo en el viento. Al quitarse el paño y ver que el mundo había cambiado por completo, creyó ser libre de una buena vez y fue feliz después de millones de años. Entonces escuchó los gritos atroces de una señorita elegantemente vestida y con barro hasta las narices, que corría desesperada, llamando a su abuela. Trató de detenerla, de socorrerla, pero fue inútil. La joven lo atravesó al medio sin siquiera percibirlo, como una lanza al aire, como si nunca lo hubiera visto. Pudo comprenderlo al instante: en aquel fantástico lugar de ensueños era invisible.
3000
Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
El oficial de la Guardia Real Augusto Sotomayor recibió, en la antesala del comedor de su casa, la más tremenda de las órdenes: tener que comunicarle al doctor Jerónimo Amado la muerte de su hijo menor, Ignacio. Permaneció en silencio largo rato, con la notificación en la mano y la cabeza aturdida, pensando en cómo lo miraría a los ojos y se lo diría. En casi veinte años, calendario gregoriano, de oficio y con más de treinta insignias en la chaqueta, reconoció que por primera vez se le hacía un nudo en el pecho al momento de ejecutar una orden. Trató de imaginar la situación, de hilvanar el discurso un millón de veces, pero nunca pudo acabarlo. Llovía tanto afuera que buscó distraerse entre las opciones de ir con su automóvil o con algún coche de la Milicia. Llegó a preguntarse, en su arrebato por disipar la angustia, si sería más conveniente vestir uniforme diario o traje civil. Dobló la notificación en cuatro partes y la guardó en el cajón de un mueble cercano.
“Estamos preparados para todo. La traición, los éxodos, los derrumbes. Todo puede superarse“, pensó, mientras se acomodaba la gorra frente al espejo del zaguán. “¿Pero, cómo se enfrenta un hombre a la noticia de que su hijo ha muerto?”
La voz del más pequeño de sus varones lo devolvió a la penumbra de aquella sala un tanto antigua, a los truenos y el corretear de la gente pasando frente a los postigos. Giró para mirarlo y le sonrió con una dicha egoísta. Era rubio como su esposa, tenía los ojos gigantes de almendras y la sonrisa atravesándole la cara.
–Papá… ¿vamos a jugar? –preguntó el pequeño.
–Papá no puede jugar ahora, Tulio –respondió el oficial–. Papá tiene que trabajar.
Le hizo un gesto cariñoso en la cabecita y cosquillas en el cuello para oírlo reír. Supuso, como al pasar, que el hijo del doctor Amado debería tener prácticamente la misma edad del suyo. Pero era Ignacio el que estaba muerto, mientras Tulio se aferraba a sus pantalones de uniforme, bajo el marco de la puerta, con la risa desbocada en la garganta. Algo en los destinos de ambos había sido escrito de aquel modo para que uno concluyera tan rápido su vida, y al otro le quedara tanto por andar.
3014
Veintinueve días, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”.
Máximo decidió ir caminando hasta la mansión de los Cárdenas-Redondo, donde tenía, a media mañana, reunión con la señora Enriqueta. Bajó por el ascensor, en la vereda respiró el aire de la mañana, contempló con cierto recelo la casona rosa anclada frente a su edificio y subió hasta el boulevard central. Caminando bajo la sombra de los palos borrachos, avanzó hasta toparse con las rejas de la antigua construcción familiar. Vestía el mejor traje de su guardarropa, los gemelos heredados del doctor Amado y un bombín milenario que circuló por línea materna hasta llegar a sus manos.
–Buenos días señor Máximo Amado –lo saludó una de las secretarias más cercanas a Enriqueta.
–Buenos días. Tengo una cita con la señora Enriqueta Cárdenas-Redondo.
–Deberá disculparla –respondió la muchacha–. La señora se encuentra un tanto indispuesta y decidió no bajar de las habitaciones. Sin embargo tenía muy presente la reunión con usted. Me pidió encarecidamente que le entregara esto.
Y la muchacha extrajo, de uno de los cajones de su escritorio, una caja metálica. Con sumo cuidado la colocó frente a Máximo y comentó:
–Tiene su código de seguridad personal.
Entonces, Máximo pensó en su registro de empleado de Gobierno y la caja se abrió al instante. Adentro había una extraña pistola de uso medicinal y cuatro ampollas con un líquido espeso, color magenta.
–Las indicaciones de proceso le serán dadas a su debido tiempo y cuando el Consejo de Ejecución lo considere necesario. No se preocupe por eso.
La mujer se puso de pie obligándolo a hacer lo mismo. Estirándole la mano, lo saludó:
–Que tenga buenos días, señor Amado.
3014
Dos años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Nunca sonaron las alarmas. Antes de que el doctor Saggio pudiera reaccionar, una cuadrilla privada del Consejo de Ejecución había destrozado la mitad de sus oficinas buscando, aparentemente, algo que tenía oculto. Intentó gritar, pedir ayuda, defenderse a las patadas, pero en cuanto empezó a hacerlo, recibió un puñetazo en la boca del estómago que lo quebró al medio y le partieron la cabeza con una silla. Luego lo arrastraron hasta el archivo donde guardaba los registros de toda una vida de trabajo y lloró a gritos viendo sus estanterías repletas de documentación desplomarse unas sobre otras.
Se marcharon sólo cuando ya nada quedaba en pie. Después de haber arrojado al doctor Saggio del cuarto piso del Centro de Investigaciones que había heredado de su abuelo paterno, prendieron fuego al edificio con los tres empleados de seguridad y los cuatro ayudantes de laboratorio que se encontraban en aquel momento, encadenados y amordazados a la mesa principal de operaciones. Habían respetado la dinámica milenaria de ejecución de cualquier sacrificio religioso, ofreciendo al más preciado y condenando a los corderos.
De aquel acto salvaje sin precedentes obtuvieron únicamente una carpeta. Fue lo único que se llevaron. Una carpeta con más de cien hojas foliadas, selladas y rubricadas. Una carpeta con un rótulo en el ángulo inferior derecho de su portada, donde el científico asesinado había escrito, horas antes, de su puño y letra: “Civilización R. Equinoccio de Noche: Las Tres Marías. Centro de Experimentación Nuclear. Laboratorio: Proyecto Final”.
3014
Dos horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Hacía dos horas que Marito había llegado, como escupido por un tubo, a aquel extraño lugar de cuento fantástico. Con tanta mala suerte para él, que cayó de nalgas sobre una penca de aloe vera, y el alarido fue tan estridente que despertó hasta las lombrices que habitaban del otro lado del mundo.
Desde aquel primer instante hasta cumplidas las dos horas de su llegada no había dejado de gritar un segundo. Primero, al comprobar que le faltaba un zapato. La crisis derivó en un ataque de pánico tras la pérdida del charolado color berenjena. Segundo, cuando se vio embadurnado con barro hasta la médula, siendo su punto más álgido el trasero. Tercero, cuando comprendió que por quince días no iba a poder sentarse y, cuarto, cuando de distraído que era pateó un panal de abejas que lo hizo correr hasta la otra orilla del río, para luego terminar con el cuerpo lleno de ronchas.
Marito era tierno, un ser sensible en cada una de sus células, un arrebato de locura y risa incontrolable, una carcajada permanente y un tobogán de pasiones al infinito. Era bueno de alma, gritón, desbocado, chismoso y hasta desubicado. Pero también era inocente, puro y extremadamente humano, por eso nadie podía enojarse con él o evitar enredarse en sus delirios. Marito era un abismo de desbordes emocionales.
El único defecto que tenía era enamorarse en un abrir y cerrar de ojos, casi por impulso, arrebatado, sin pensarlo ni reflexionarlo. En aquel momento, en medio de tanta crisis histérica, sucio, desaliñado y lleno de picaduras, lo vio. Era un muchacho alto y delgado, desconocido. Yacía de pie sobre una roca, en medio del río, mirando al cielo, sonriendo como un niño, llorando como un hombre. Supo en aquel instante que sería imposible no entregarle la vida y el alma.
Allí comenzaron sus pesares, en aquel preciso momento, cuando bajó la guardia. Y allí comenzaría su infierno, que despertó a un Marito oscuro y peligroso que dormía en el interior de su corazón y que aún no conocía. Porque no hay nada más terrible, perverso y vengativo que un amante despechado.
3014
Cuatro horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Amelia clavó el cuchillo ensangrentado en la tierra con la intención de limpiarlo. Todavía le crujían los huesos y, a duras penas, podía mantenerse en pie después de lo vivido. Tenía barro por todo el cuerpo y el sudor de aquel viejo inmundo metido hasta el fondo de la nariz.
Fue la única en llegar al otro lado con los ojos abiertos, porque había usado la venda para amarrar al hijo de puta a la rama de un árbol, antes de hundirle su cuchillo en las tripas y revolverle la barriga como si fuera una sopa.
Era salvaje y cruel. Era vengativa e incapaz de perdonar. Todos estos defectos los había heredado de su madre, una psicótica clínica que, frente a las incalculables infidelidades de su marido, en lugar de pegarse un tiro en la frente, decidió volverse loca.
Amelia odiaba a quien la había parido. La culpaba de todas sus desgracias, incluso de los trastornos de su padre. Ratificaba diariamente que, de haber sido una mujer menos egoísta, superficial y competitiva, su progenitor no hubiera buscado en otras mujeres lo que en ella nunca encontró. La despreciaba tanto como a sus pechos enormes, que operó dos veces para quedar plana igual a un hombre. Le hubiera gustado nacer hombre, como su hermano, y no pelirroja y tetona como su hermana, igual de loca que su madre.
Sí: Amelia era perversa y acababa de matar con placer. Pero, por sobre todas las cosas, acababa de disfrutar con la muerte de aquel gusano. El dolor ajeno le brindaba una energía desconocida y vital, iluminaba su rostro desde el fondo de los ojos y volvía translúcida su piel.
Haber atravesado aquel portal mágico sin venda, la encegueció por horas. No podía reconocer cuántas. Sin embargo, el cuchillo permanecía en su mano, sin desprenderse, y lo hundió en la tierra una y otra vez con la intención de limpiarlo. No era natural el espacio, ni los colores, ni el aire fresco y puro. Estaba en otra dimensión.
Entonces sonrió, guardó el arma mortal en la cintura y echó a andar. Seguramente, no se encontraba sola.
3014
Treinta y cinco minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Luigi solía hablar solo y mezclando lenguas. Su discurso era el más esquizofrénico de todos, a pesar de la exactitud de sus teorías. Costaba muchísimo hilvanar principios en la construcción de su pensamiento hecho palabras, cuando tenía el don sobrenatural de desplazarse sobre múltiples plataformas conceptuales, disímiles y dispares.
–Estaba en una de las lomadas más altas –trataba de explicarle a una hormiga con la que había alcanzado cierto vínculo–, detrás de las ruinas del edificio antiguo, donde siempre hay personas jugando a tirarse tierra y ensuciarse. Gente tonta, que se entretiene haciendo estupideces. Llegué por casualidad, escapándole a la locura de la Fiesta. En ese preciso momento empezaron a sonar las sirenas. Me llamó la atención que no se vendaran los ojos. Estaban borrachos, excitados. No paraban de reír a los gritos y de revolcarse en el polvo arenoso y seco. Entonces bajé hasta lo más profundo de la grieta que alguna vez había sido un canal, y me senté a esperar sobre aquellas piedras escalonadas –señaló al norte, donde sólo había un campo de pinos recién plantados que, con sólo apuntarles su dedo, crecieron hasta perforar el cielo. Las escalinatas quedaron detrás, sumergidas bajo las aguas de un acueducto gigantesco–. No me gusta el Juego de las Vendas –prosiguió–. No me gusta que me toquen, que la gente me roce y me respire cerca. Odio el contacto físico. Detesto que me miren y me claven sus ojos en todo el cuerpo, así, así, así –y aplastó al insecto, con su dedo índice, una y otra vez–. Porque sé que no me entienden y se burlan de mí, de mi cabeza que no deja un segundo de analizar y estudiar y crear. Porque todos son inferiores, comparados con mi mente. ¡Con la mente de Luigi Saggio! ¡Del gran Luigi Saggio! Porque ninguno de todos esos pudo matarme, inútiles infradotados, incapaces de pensar en algo que no sea sus genitales. Porque nadie comprende lo que sé, ni entiende lo que entiendo. Y no quiero ser así, pero no puedo evitarlo. Por eso me aíslo y me encierro cuando interpreto las lenguas que nadie podría hablar y deduzco los logaritmos y las fórmulas que lo explican todo y justifican hasta la intersección final de la muerte sobre la línea trunca de la vida. Porque nada es azar. Porque todo es conocimiento en estado puro, aplicable y asociable. Porque todo lo sé, todo, todo, y todo lo podría contar –dijo Luigi, y relajó su cuerpo bajo el resplandor de una luna nueva–. Entonces, solo, muy solo, como un muerto, me vendé los ojos. Y permanecí allí, sin que nadie me viera, hecho un ovillo. Porque a los muertos nadie los ve. Hundí la cabeza entre las rodillas y me abracé a las piernas sin dejar de temblar. En aquel momento empezó el final.
2014
Mediados de junio. Córdoba. Cementerio San Jerónimo
Enriqueta terminó de acomodar las flores junto al ataúd de su hija Dulce cuando sintió que alguien golpeaba la puerta del panteón.
–Se demoró quince minutos –fue el saludo de la anciana vestida de luto riguroso, que en ningún momento descuidó sus labores para ver de quién se trataba.
–Discúlpeme, señora. Me acaban de informar que necesitaba verme y vine lo más rápido que pude –murmuró temblando de miedo un hombre delgado, con todo el cabello blanco, que debió haber rondado los cincuenta.
–Necesito saber sobre el avance de los experimentos.
Enriqueta hablaba y lustraba los candelabros de plata.
–Nos hemos demorado por ciertas imperfecciones químicas, pero me comprometo a recuperar el tiempo perdido en la semana que comienza –fue su respuesta.
–A más tardar el viernes próximo –añadió la vieja-, aplicará las nuevas drogas en el cuerpo de mi nieta Georgina.
El señor de aspecto retraído se mantuvo unos segundos en silencio, sin atreverse a pronunciar palabra, hasta que tomó coraje y balbuceó tartamudeando:
–Es una broma, ¿verdad?
–Profesor Gino Saggio, hace dos semanas acabo de enterrar a mi hija Dulce después de haber parido a mi primera nieta. Aquí me ve: en el panteón familiar. ¿Sabe por qué murió mi hija? Murió de tristeza. No soportó el engaño y la muerte de su marido cuando ella estaba embarazada de tres meses y él ni siquiera lo sabía, entretenido con su amante. ¿Cree, todavía, que tengo ganas de hacer bromas?
–El marido de su hija era un Sinpatrón, señora Enriqueta –trató de explicarle el científico –. Estamos hablando de sangre pura. Su nieta es una mestiza.
–Con más razón, Saggio: necesito a Georgina viva y joven dentro de mil años, cueste lo que cueste.
Enriqueta puso llave a la puerta del mausoleo Cárdenas-Redondo y caminó sola, por uno de los pasillos laterales del San Jerónimo, hasta llegar a la escultura central de Cristo resucitado. Allí se detuvo y observó los sepulcros de las familias más reconocidas de su ciudad: Reynalba, Lavella, Gledber, Del Huerto, Sinpatrón. Todas habían conocido el esplendor y la ruina, todas fueron poderosas y maléficas en algún momento de sus historias, y mezquinas o ruines, en otras. Tenían un origen común, un poder sobrenatural que venía de otro universo y que, tras las desgracias que a todas habían azotado en aquellos últimos meses, parecía haberse extinguido para siempre. Sin embargo, Enriqueta sabía que el mal seguía vivo, carcomiendo los cimientos. Ese mismo mal que mató a su hija dos semanas atrás.
En aquel momento debió ocultarse para no ser vista. Nora Blanche de Reynalba salía del panteón de su familia, sostenida del brazo de Juan Antonio Gledber. También ella vestía de luto, cerrado y profundo.
–Todos están muertos –pensó Enriqueta, apoyada en su bastón de oro–. Pero algún día regresarán. Y allí estaré para vengarme.
2014
Finales de julio, Córdoba
Centro de Experimentación del profesor Gino Saggio
Pantalón morado, camisa celeste y corbata azul con tulipanes rosados. Le pareció una buena combinación. Los zapatos tostados, como el cinturón, las medias con rombos y un boxer discreto. Buscó en su caja verde un trabacorbata sin mayores detalles y los gemelos heredados de aquel tío abuelo con el que compartía gracia y embrujos del corazón.
Cuentan que el padre de su abuela era un duque inglés adiestrado en estrategias militares y que, un mal día, burlado por los infortunios de la desgracia, enviudó y se volvió loco. Nadie hasta hoy ha podido comprobar que la historia sea cierta. Sí se sabe, y con pruebas en mano, que llegó a las nuevas indias huyendo de un hechizo gitano, que amasó una fortuna inmensa dedicándose al contrabando de oro, y que secuestró por apuesta a una princesa india con la que tuvo seis hijos varones sin amor y seis mujeres con amor de la aventura interminable con una criada judía. La menor de los doce era su abuela, el mayor de los varones aquel tío abuelo de quien heredó su nombre: Richard.
Salió temprano, cuando las primeras luces de la mañana se encendían entre los edificios y ese brillo de todos los días teñía su ciudad como una acuarela.
Cargaba con su máquina fotográfica profesional y la acreditación del periódico donde trabajaba para acceder al Laboratorio del profesor Saggio. Había estado las últimas semanas estudiando el asesinato de Eloy Reynalba con la obsesión de un psicópata, sabiendo que, detrás de aquel tejido electrocutado, se escondía la verdad que lo catapultaría definitivamente a la fama.
3014
Dos horas y tres minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Todavía permanecía de pie, sobre la piedra de cáscara gris, en medio del río. Se sentía un equilibrista en la punta de un iceberg, y no tenía miedo. En ningún momento llegó a creer que algo malo podría sucederle.
Cuando sonaron las sirenas anunciando el comienzo del Gran Juego de las Vendas, Josh se encontraba trepado a un pilar de cemento que permanecía erguido en medio de la nada, como recuerdo de lo que alguna vez había sido el mundo. Reía y hacía reír, porque su misión era llevar alegría a todos, gritarla a los cuatro vientos y hacerla volar como si fuera una mariposa de mil colores. En medio del silencio y la oscuridad, entre las sombras más espesas, Josh estallaba en castañuelas, sembrando bulbos en copas de sombreros o plantando rosales como estampas de pañuelos.
Todo entero era felicidad. Pero siempre llegaba ese instante en el que el reloj mataba el encanto. Entonces, se quitaba la máscara de arlequín, tarareaba melodías sin violines y, frente al espejo manchado de su pobre camarín, echaba a llorar en secreto. Porque su corazón estaba solo. Desgarradoramente solo. Y nadie se daba cuenta. Josh tenía una misión en esta tierra: que el mundo riera. Pero ¿cuándo iba a reír él? ¿Cuándo iba a poder quitarse el maquillaje, después de una actuación, sin llorar?
Merecía ser feliz aunque el mundo fuera una mierda para la mayoría. No se resignaba a que también lo fuera para él. Sabía que en alguna parte de su planeta agonizante, en alguna otra vida, en algún universo paralelo, su reverso lo estaba esperando, su sapo con frac, su corazón alado, su perfume de terciopelo. En algún lugar, alguien, alguna vez, lo abrazaría sin reproches, sin exigencias, y le diría “te amo”. Vencidos los límites, olvidados los registros de convivencia, echados al infierno los manuales para sentir.
Corría el agua bajo sus pies. Esto lo hizo reaccionar. Se quitó la venda y vio el mundo que había soñado. Pensó: “En este lugar podré ser feliz, todo lo feliz que, del otro lado, no pude”.
Seguramente, no tendría que usar más máscaras para ocultarse. Se le erizó la piel al imaginarse una vida sin maquillaje. Entonces, miró al cielo y se entregó, respiró profundo, abrió sus brazos y dio gracias por aquel milagro. En aquel trance permaneció un poco más de dos horas.
No muy lejos, desde una de las orillas, Marito lo estaba observando.
2000
Córdoba
Eloy Reynalba conoció a Polo Mancur poco antes de que ingresara al Seminario, cuando él ya llevaba dos años de formación. Le estaban haciendo una entrevista para el noticiero local, a él y a otro joven que habían demostrado interés en la vida religiosa. Es que al ser cada vez menos los que tomaban una decisión semejante, el acontecimiento se había trasformado en noticia para un pueblo centenario, estrujado y abandonado.
Le pareció extremadamente formal Polo Mancur, el cabello peinado hacia la derecha, azabache como la noche más cerrada y la piel apenas morena. Tenía unos ojos enormes y saltarines, en aquel momento contenidos, prisioneros vaya uno a saber bajo el peso de qué principios.
Polo había nacido en el seno de una familia humilde, muy laboriosa y poco afín a la intelectualidad. Quizá por esto se esforzaba tanto en el cumplimiento de las normas, el riguroso aprendizaje de sus máximas y el ejercicio infalible de las leyes. Tanto era su esmero, su devoción y su tozudez que en los laberintos del claustro no dudaron en apodarlo, graciosamente, Su Eminencia.
Inmutable frente al espejo de un antiguo ropero bizantino, se vio más alto de lo normal. “Debe ser un efecto causado por la sotana”, pensó. Era alto, pero no tanto. Le dio miedo verse así, tan diferente a lo que realmente pretendía ser, que lo atrapó el odio reprimido sentido por su compañero de cuarto. Se llamaba Eloy Reynalba, ya llevaba dos años en el claustro y había tenido el atrevimiento de murmurarle al oído, una noche, mientras lo veía desvestirse: “Por más que te hagas el cura, no vas a dejar de ser una puto malo”.
Mancur pensó en sus hermanas mayores, todas casadas y con hijos. Pensó en su padre hablándole a los frutales, en su infancia de barro y delantal almidonado. El patio de tierra, la higuera y los bancos destartalados. Las sopas de mamá. Los perros durmiendo la siesta. Pensó en tantas verdades negadas por miedo. Se esforzó en no llorar, levantó el mentón e, improvisando una sonrisa, partió rumbo al despacho del Padre Rector, con quien había solicitado audiencia.
–Ya lo he decidido –le informó a su guía espiritual–, abandonaré mi formación religiosa.
Habían pasado cuatro años de aquella entrevista por televisión. Eloy Reynalba ya tenía fecha de ordenación.
Con las valijas armadas, presto a tomar el primer tren que lo devolviera a aquel pueblo estrujado, Polo buscó en el alboroto del patio a su compañero de cuarto.
–¿Devolviste el disfraz? –le preguntó Eloy, conteniendo la risa.
–Sí. Me hacía muy alto.
Su Eminencia mantuvo las formas a pesar de todo.
–Que te vaya bien.
–¿Sabés una cosa? Tenías razón: soy un puto malo, pero al menos me hago cargo de la vida que elegí, no como vos que la escondés debajo del colchón junto a tus revistas porno.
3014
Doce minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Chorchy permanecía sentado sobre el manto de flores amarillas que cubría toda la lomada. Había hundido el trasero en los talones, con la espalda derecha igual que una tabla y la mirada clavada en la palma de sus manos. Cobijaba en ellas dos florcitas silvestres, amarillas, milagrosamente bellas. En sus casi treinta años de vida, nunca antes había visto algo igual.
La venda negra le colgaba sobre el pecho, por encima del cuello de la camisa desabrochada que llevaba fuera del pantalón. El bombín, que lucía como marca registrada de un estilo personal, se le había encajado sobre las sienes y había dejado asomar apenas el cabello de paja, desprolijo y grasoso.
Tenía las manos curtidas, ásperas, y las uñas siempre mugrientas. Pero sus dedos eran ágiles y tremendos cuando de hacer trucos de magia, sorprender con toqueteos cariñosos o robar pequeñeces ajenas se trataba. Sin embargo, lo más asombroso en aquel tiempo era verlos iluminados en el arte de plegar papeles, construyendo formas imaginarias, reales o fantásticas. Adquirían una destreza única que embelesaba, seducía y usaba para dar curso, el muy tramposo, a sus más mezquinos instintos.
Aquella noche, antes y durante la fiesta, Chorchy había hecho el amor con cuatro desconocidas. ¿O desconocidos? Podrían ser desconocidas y desconocidos. En realidad, la diferencia no lo preocupaba. Sólo sabía que lo había hecho con los cuatro al mismo tiempo, y que había conseguido de ellos todo cuanto quiso conseguir.
Minutos después, su mirada se había atascado en un par de florcitas amarillas. No se trataba de una alucinación, a pesar de las substancias y el alcohol. Mientras estuvo con los ojos vendados, corriendo entre la gente, riendo a carcajadas, disfrutando con sus manos de picaflor debajo de las faldas y por encima de los pantalones, revolcándose en la tierra, en la mugre y en la mierda, algo por demás extraño debió haber sucedido. Una fuerza desconocida lo arrojó a un laberinto infinito y el impacto de cien vientos le arrancó todos los botones de la camisa. No tenía la más mínima idea de qué se trataba. Pero de algo estaba seguro: aprovecharía aquella locura de los huevos para divertirse muchísimo.
2014
Mediados de junio, Córdoba, Cementerio San Jerónimo
Una vez que subieron al coche que los estaba esperando, Juan Antonio Gledber echó a llorar desconsolado en los brazos de Nora Blanche de Reynalba. La mujer que parecía haberse marchitado por el dolor aquellos últimos días, lo miró a los ojos y le sonrió como pudo:
–Existe una manera para volver a estar juntos.
–¿Qué?
El joven de ojos verdes, tan verdes y tan tristes como la soledad del mar, la miraba sin entender.
–Tu padre debió habértelo dicho. No soy yo quien puede revelar ese secreto.
–Necesito saber cómo –le suplicó.
–Tiene que ver con la Rosa Blanca, es en otro tiempo, en un universo diferente. Tú serás otro hombre y él también.
–¿En otra vida? –preguntó.
–No necesariamente. En alguna de las partes incompletas de una vida completa, me parece más acertado. Pero serán otros hombres. No les resultará fácil reconocerse.
–Seguramente tendremos otros nombres. Necesito saber cómo se llamará.
–Es inútil saberlo. No lo recordarías.
–Pero haría ruido en mi corazón –sentenció–. Si hoy me dice cómo se llamará Eloy, puede que al escucharlo, algún día, sepa que algo sin explicación me una a él.
Nora bajó su mirada y la perdió en el negro de su falda, en el negro de sus guantes, en el negro de su existencia.
–Josh –balbuceó con la voz quebrada–, Josh Arath Primo.
3014
Cinco horas, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Lola había dejado su redecilla de plata junto a la barra, en la sala de ensayo, y la computadora abierta en una charla interminable con su padre, del otro lado del mundo. El faro que se erguía a duras penas en los salitres de un desierto amargo señalaba siempre al noroeste, entre las cinco y las seis de la mañana, para indicarle, con cada amanecer, dónde se encontraba la burbuja de su origen, la que nunca debería olvidar.
Había planificado ir con sus amigos a celebrar el Equinoccio de Noche, ese que aún nadie llamaba “De las Tres Marías”. Hacía un frío odiable en las calles de la burbuja, donde transitoriamente le había tocado estar, al que no terminaba de acostumbrarse.
Extrañaba en mango y maracuyá, suspiraba en limas y granos de café. Se trepaba en todos sus sueños a un ciruelo gigante que extendía sus ramas hasta el segundo piso de la casa de su abuelo, entrando por las ventanas.
Antes de las cinco, el cielo se había cubierto de una masa espesa, blanquecina, y alguien comentó al pasar que, en las sierras de las burbujas altas, estaba nevando.
–En el viejo mundo todavía debe hacer calor –comentó con cierto dejo de preocupación–. Si nos demoramos, no podremos descender en globo. La niebla nos haría perder el rumbo. Tenemos que apurarnos a pesar de la temperatura. Confío en los aires frescos que se avecinan y en los conjuros de las castañuelas.
Colgando de la canasta como una fruta de estación, los hizo subir a todos y encendió el fuego. Eran más de una docena entre poetas, pintores, flautistas y directores de orquesta.
De su madre había heredado ciertas ironías vanguardistas a la hora de combinar prendas y de sus tías, la sofisticación vinculada al buen hacer y el bien decir. Sin embargo, la pasión, la locura sin límite y la risa a cataratas eran iguales a las de su padre.
Bajo las nubes infladas por el viento helado tuvo que retener su sombrero Chanel antes de que sea arrebatado. Era tan largo su cabello negro que algunas almas errantes alcanzaron a rozarlos desde efímeras agonías. Antes de aterrizar pudieron ver la superficie terrestre como una cáscara de limón quemada sobre una hornalla.
–Algún día… –sentenció– volveremos a reconstruir este mundo y será bello y luminoso como alguna vez debió haber sido.
“Camina despacio si quieres llegar segura…”, le había escrito su padre desde la tierra donde los huevos de gallina permanecían de pie. El cursor titilaba en su computadora, en la vieja sala de ensayo, donde había quedado encendida. La frase recién sería leída una vez alcanzada la eternidad.
3000
Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
El doctor Keiko Sató miró sus manos y tembló. Todavía llevaba los guantes de látex embadurnados con sangre y el bisturí pegoteado entre el pulgar y el índice de su mano derecha. Recordaba que lo había intentado todo, hasta lo imposible, y había sido inútil.
Entonces, volvió a pensar en lo que pensaba siempre antes de echar a correr y desaparecer.
“Opción número uno: la vida es una mierda.”
Tomaba aire y hundía completa la cabeza en el lavabo del baño, repleto con agua tibia. Tenía los ojos bien cerrados, las pestañas anudadas entre sí. La respiración todavía amarrada igual que un perro malo. Desataba los párpados de un tirón y miraba sólo lo que allí había: agua tibia entrando por su nariz y sus orejas, como si fueran antiguas cañerías de plomo, la porcelana cuarteada, un desagüe sellado.
Por un instante, entre intervalos de burbujas, pensaba en lo que hacía todos los días y todos los días hacía exactamente lo mismo. La vida es una repetición permanente, constante, de aburrimiento insufrible. Escuchaba el despertador a las 6:30, saltaba de la cama 6:40, se alistaba en treinta minutos, salía a trabajar sin desayunar. Detrás de la línea invisible sólo quedaba el abismo: intentaría algún cambio alternativo o la única salida que le queda era el suicidio.
Tenía miedo. Entonces cerraba los ojos con todas sus fuerzas y otra vez volvía a abrirlos. Pero ahora el lavatorio de su baño era el estanque gigante de un acuario internacional. O era, por qué no, el más extraordinario mundo submarino jamás descubierto.
“Opción número dos: la vida es hermosa.”
Una orquesta de cangrejos entretenía a los delfines que daban brincos acrobáticos, mientras pececitos de colores alertaban la presencia de románticas sirenas. Construía todos los días ilusiones diferentes dentro y fuera de su cabeza: escuchaba el canto del despertador a las 6:30, remoloneaba entre almohadones y sábanas de seda hasta las 6:40, elegía su mejor traje en veinte minutos, partía hacia el trabajo respirando la mañana llena de luz. Porque la vida era eso y nada más, un juego interminable que le permitía alimentar sus expectativas de crecimiento y superación a cada rato. La audacia de los pensamientos, el erotismo propio de las horas como un viento voraz. Tras la línea invisible había un jardín colmado de flores: si inspiraba profundo podía sentir sus perfumes.
En ese instante final, el último antes de morir ahogado, retiraba la cabeza del lavabo y llenaba sus pulmones de aire limpio. La bocanada era grande y profunda como un cráter, mientras se encontraba en el espejo que le aguarda enfrente. Podía sonreírse y confirmar al mismo tiempo que la noche seguía detrás de las persianas. La noche eterna.
Su psicoanalista tenía razón: siempre es bueno un cambio de posición.
3014
Cuarenta y siete minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Entre los tatuajes de su brazo izquierdo, a la altura de la muñeca, tenía grabado un código. Ver aquella marca cada día implicaría continuar amarrado a su pasado. Entonces, como si se tratara de una herida, la cubrió con la venda del Gran Juego. Al menos por un tiempo podría hacer de cuenta que no existía y nadie conocería su procedencia.
Sentía las piernas débiles, como si hubiera corrido kilómetros. La respiración entrecortada y el corazón saliéndosele del pecho, igual que diez días atrás cuando puso en marcha el plan de escape que lo devolvería al mundo, pero dudó de su capacidad, flaqueó sólo un segundo, y fue suficiente para fallar.
Temblando, se ocultó detrás de unos troncos caídos por miedo a ser visto. Ratificaba una vez más lo débil que era, la inconsistencia de sus fuerzas. Nunca llegaría a lograr lo soñado, seguiría huyendo mil veces más y jamás dejaría de hacerlo.
Entonces, cerró los ojos y hundió sus dedos en la tierra húmeda. Le estallo la garganta en una carcajada que arañó sus tripas hasta hacerlo llorar y lloró como un niño, sin dejar de reír.
“Puede que no sea real”, pensó. “Pero la tierra está húmeda, como si la hubieran regado, como si hubiera llovido. Y el aire se respira limpio. Y el cielo está lleno de estrellas”.
El miedo a que todo acabara, con la misma rapidez que había comenzado, lo paralizaba. No se atrevía a cerrar los ojos por temor a despertar otra vez, encadenado a los muros de su celda, igual que los últimos siete años: los puños sangrando contra las paredes de piedra y los pies inmovilizados con grilletes.
Había recibido trescientos azotes por intentar escapar de la boca del infierno y, finalizado el décimo día, cuando logró, por primera vez, después del castigo, ponerse de pie, degolló al carcelero que le llevaba su única comida diaria.
Usó las ropas asquerosas del muerto para llegar sin sobresaltos al primer puesto de vigilancia. No lo pensó un instante: como venía andando, se arrojó desde lo más alto de la torre a las aguas hervidas. Los demás guardianes, pensando que se trataba de un loco suicida, lo vieron, compasivos, zambullirse en el vapor sin volver a salir.
Donde cualquier otro hubiera muerto en un par de minutos, él pudo nadar y alcanzar la otra orilla. Su cuerpo no era igual al del resto de los mortales, comprendió en aquel momento. Paradójicamente, lo que nació como una pulsión de muerte, le devolvió la vida.
Caminó alejándose hacia la luz, porque las puertas del inframundo estaban abiertas: era el día del Equinoccio de Noche. Estaba desnudo. La ropa se le había deshecho en las aguas, mientras nadaba. Necesitaba vestirse, confundirse en la multitud e inventarse una vida, otra vez.
“Si alguien pregunta mi nombre”, pensó, “le diré que me llamo… Martín”.
3000
Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Por suerte, la camisa estaba planchada de la noche anterior. El pantalón sobre el respaldo de una silla aguardaba ser usado y, junto a los zapatos lustrados, esperaban las medias limpias. Keiko había aprendido a ser ordenado en el Colegio del Buen Pastor. Ordenado y metódico. Allí, las acciones y las cosas tenían un tiempo y un lugar. Los minutos de las horas se contaban como Avemarías y, las horas en los días, letanía tras letanía.
Fue, sin pensarlo mucho, bajo la ducha de a ratos tibia y por momentos helada, recordando al Hermano Jesús María y su pesada sotana de lanilla. Le gustaba al cura hacer rezar a los pupilos antes de izar la bandera, frente al mástil del patio central, al alba de las duermevelas. Le gustaba que se retorcieran de frío en los mocasines, que les chasquearan los dientes bajo la escarcha cruda y se les entumecieran las extremidades hasta el filo más delgado de la carne. Pero él nada sabía de frío ni flemas, ni de mocos y bruma en la garganta. Se anudaba en las tramas de sus mantas, asfixiado entre los pliegues de sus paños y les obligaba a mantenerse erguidos, a no quebrarse nunca ante la tentación y dominar el temblor de la voz por encima de la bufanda.
– Viejo puto –lo llamaba el compañero que se ubicaba detrás de él en la fila, antes del último Amén–, ¡cuándo te cagarás muriendo!
Amaba los amaneceres igual que en aquel entonces. Siempre los consideró segmentos de resurrección tras una necesaria muerte transitoria. Pero también amaba la muerte oscura y agónica de cada noche que les antecedía. El sueño de los que no pueden permanecer despiertos. El miedo de los que pueden hacerlo en silencio. Sería absurdo pretender separar las raíces de la tierra fértil, entender la noche sin el día. La tormenta sin la calma o el amor sin el olvido. Sería casi como hallarnos en la explosión del orgasmo sin haber transitado sobre los cuerpos que señalan caminos.
Aquel día marcaría un antes y un después en su exótica vida. Aún no había terminado de asistir el parto de un niño que se llamaría Gonzalo, cuando le pidieron que corra urgente al quirófano porque había ingresado agonizando el hijo menor del doctor Amado.
Acababa de estar con Jerónimo hacía cinco minutos. Lo había visto partir apurado, entre risas, antes de tiempo, porque esperaba que el pequeño regresara a casa de una excursión. Atónito, corrió al quirófano y hundió sus manos en el cuerpo destrozado de la criatura, intentando retenerle la vida a cualquier precio. Pero se le escabulló junto con la sangre, los últimos latidos y el sentido final.
3014
Tres horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Mauricio entrenaba, con rigurosidad militar, cuarenta y cinco minutos después de cada despertar. Corría desde el antiguo arco de la ciudad nueva hasta los confines del mundo, donde se acababa el mar. Practicaba lucha cuerpo a cuerpo con su hermano mayor en los médanos altos y no se dormía un solo día sin ejercitar la destreza en el manejo de su espada. Mauricio era delgado y fibroso, morocho como un romano y con el cabello lacio que le acariciaba el cuello. Tenía los ojos almendrados y la boca enorme, en donde entraban todos los suspiros, las palabras tramposas y los peores placeres.
Cualquiera hubiera creído en él al escucharlo. Seguramente, hubiese callado para oírlo y terminaría agradeciéndole tanta hidalguía en su discurso. Pero, antes de llegar al final de la madeja, el hilo se cortaría en el punto más débil y, mientras los otros caen al vacío, Mauricio se detendría a contemplar la escena sin decir nada, porque era lo que quería ser cuando era fácil serlo, y cuando era difícil prefería no ser nada.
En aquel momento, viendo el mundo conocido cambiar para siempre, sólo atinó a correr, cobarde y egoísta, cagón como todos los de su estirpe. Corría y agradecía a los dioses de su credo tener piernas de marinero que doblegaran las arenas húmedas y los vientos de sal. Agradecía el dominio que tenía sobre los puntos muertos de su respiración, la asombrosa cavidad de sus pulmones y el pecho de acero igual a un escudo invencible. Corría sin rumbo, con el destino incierto de una dirección azarosa, de uno a otro punto cardinal, sin meridianos de por medio ni intervalos de estrellas fugaces.
Finalmente, en medio del vértigo de la corrida, pudo verla. La casa parecía aferrada a una montaña de piedras, como si alguien la hubiese arrojado allí y en la ladera echara raíces, mal plantada, sobre una maraña de rocas. De a poco, con el andar del viento, una callecita más parecida a un sendero de adivinanza que a un camino seguro, se había dibujado hasta su puerta. Diez siglos atrás, desde su terraza, podían observarse los puentes de piedra atravesando el cañadón que partía al mundo en dos. Diez siglos atrás, la casona ya era vieja y en su memoria guardaba cuestiones referidas a la verdad, la moral de los hombres que se preguntaban quiénes eran y el conocimiento, sobre todas las cosas.
A Mauricio sólo lo detuvo la pesada puerta de hierro como un muro invencible. Su cuerpo golpeó entero como un trueno contra los hierros oxidados y las palmas de sus manos azotaron los cristales a medias partidos, cubiertos de tierra y ausencia que no dejaban ver en su interior. Llamó a los gritos. Pidió ayuda, que alguien lo socorriera, pero nadie respondió. Así permaneció dos tercios de su vida hasta caer de rodillas, exhausto de terror, temblando de miedo y frio. Cuando el silencio fue tanto, casi como la soledad de aquella noche y la espesura de la niebla que comenzaba a florecer por encima de sus hombros, el picaporte giró y la puerta se abrió sola, por completo, de par en par. Mauricio buscó a alguien que lo hubiera hecho, pero seguía tan sólo como desde hacía horas, cuando, al quitarse de venda del Gran Juego, advirtió que todo era distinto.
Desde lo alto, clavada sobre la cornisa de piedra que sostenía un grupo de raquíticas cariátides, el fantasma de una mujer amarrado a tiempos impensados lo contemplaba sigiloso.
Miles de años, no recuerdo cuántos, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
“Soy la materialización inmaterial de una idea”, pensó Verónica. “El deseo más profundo hecho realidad. Soy la construcción angelical de un ser, por eso no tengo más rostro que el que me quieran poner, ni cuerpo más allá del que me quieran diseñar. Soy el nudo interfiriendo en la historia, interrumpiendo dañino la malla, cortando el paño, liberando los hilos. Soy la aguja que liga las formas geométricas. El lazo que cose sin dejar cicatrices. Porque de este mundo tan fragmentado, tan individualista y desalmado, tan retaceado, sólo nos salva el amor.”
Hacía largo rato habían cesado los bombardeos. Entonces, decidió salir de su escondite. Era la undécima vez que se había corporeizado a lo largo de toda la Historia de la Humanidad. Porque el hechizo de la antigua Rioja española que había caído sobre ella la liberó eternamente de la muerte, pero la condenó a este destino fatal de ser mujer y fantasma cuantas veces quisiera hasta que el mundo acabase.
Empujó la pequeña puerta que parecía trabada y asomó la cabeza. Se encontró con un sembradío de cadáveres desnudos. Cubrían por completo el piso de granito, se extendían más allá del patio y trepaban los escalones de cedro. Asqueaba la pestilencia de los sexos y de ceños conformes. Entonces, tras observarlos detenidamente, supuso que no estaban muertos sino profundamente dormidos, entregados a inexplicables encantamientos. Avanzó sobre ellos, como pudo, y no se detuvo hasta encontrar al hombre que le habían encargado proteger. Logró rescatarlo de la maraña y se sorprendió al ver tenía amarradas a la cintura, las almazuelas que, en otro intervalo de vida, ella había cosido con su madre. La tira de retazos parecía nacer en el ombligo de aquel varón y se elevaba hasta escapar por la lucera y perderse en el infinito.
“¿A dónde quisieron llevarte?”, pensó. “Hay lugares de donde no se regresa”.
Percibió las manos heladas y los labios azules del caballero. Llamó a los fantasmas de sus esclavos, que habían servido a su padre en los albores de la conquista antes del conjuro, y que permanecían la mayor parte del tiempo escondido en el tiraje de la chimenea, para que la ayudaran a arrastrarlo hasta la cocina. Entre todos lo subieron a una mesada y calentaron agua para asearlo. Quedaban, todavía, en algunas hornallas, cenizas de antiguas hechicerías.
Mientras recorrían su cuerpo con paños húmedos, desperdigando perfumes de violetas y rosas frescas, escucharon que alguien abría la puerta de calle. Un grupo de gente extraña, con tonadas de otros mundos, hizo su aparición entre moldes de letras repetidos y extravagantes soportes. Los acompañaba un tal Alexandre da Cunha e Silva, con garbo de simpático anfitrión.
–La casa está un poco deteriorada –le escuchó decir. Verónica continuaba con su minuciosa tarea de asear al hombre rescatado–. Los inquilinos anteriores no supieron cuidarla –siguió, mientras avanzaba entre los cuerpos empujando brazos y cabezas como si corriera muebles–, pero con algunos arreglos les va a quedar como nueva.
Ya había oído el mismo discurso un centenar de veces. “¡Qué extraño!”, comentó a los fantasmas. “Tantas cosas han cambiado en el mundo a lo largo de estos siglos y sin embargo el hombre no ha logrado superar sus mezquindades ni siquiera un poquito”.
–¿Me recuerda su nombre? –solicitó da Cunha.
–Gutenberg, Johannes Gutenberg.
–¿Despertará?
La pregunta del más joven de los esclavos la devolvió a la cocina.
–Tiene que despertar –fue su respuesta–. Cuando sea el momento, volverá.
–¿Mientras tanto?
–Ustedes se ocultarán otra vez en el tirante de la chimenea y yo en el cuarto de los secretos, debajo de la escalera. Debemos ser pacientes y esperar.
Pasaron miles de años, no recordaría cuántos, hasta que volvieron a golpear con desesperación la puerta de su casa. Fue la noche en la que Mauricio la arrancó de sus ensueños y la obligó a treparse a la cornisa para espiar el alboroto. Verónica miró a sus fantasmas, que ya habían salido de la chimenea, y le hizo señas al más joven. Este se aproximó a la puerta y la abrió de par en par. Estaban ansiosos de recibir visitas.
Córdoba, 2009
Mart-In-Feliz era un pelotudo con honores, uno de los tantos amigos de Morgan Sinpatrón, muy fiel en la joda, las minas y la falopa. Era un aventurero lleno de plata porque es muy fácil serlo cuando papá mantiene económicamente la farsa. Disfrazado con ropa de marca, jugaba a galán de cine diciendo que estudiaba medicina, cuando sólo había rendido cinco materias en diez años y vivía como un dandy de boliche en boliche. Su mayor talento radicaba en la habilidad magistral para sostener un discurso confiable siendo el más irresponsable. Dúctil para la mentira y la avivada mediocre, gritoneaba al mundo convencido de ser el único dueño de la verdad y era el más infeliz de la jungla. Sin embargo, aquella noche, no sé si por instinto o intuición, había hecho lo correcto: sacarlo a Morgan de su enamoramiento adolescente y gritarle en pleno recital de Viejas Locas:
–¿Qué hacés? ¿Qué hacés, pelotudo?
Tanto o más pelotudo que él, pero haberse mandado infinidad de cagadas en la vida, por inmaduro y malcriado, le habían enseñado a pensar con la cabeza de arriba y distinguir perfectamente entre una calentura consciente y una inconsciente.
–Estás casado, pibe. Y están los amigos de tu cuñado. ¿Qué buscás?
Morgan y Helena Lavella salieron antes de que terminara el recital. Les hervía demasiado la sangre como para esperar a que terminara el espectáculo. Entonces, tomaron un taxi y volaron sin escala al departamento de soltero de él. Entre los trastos de una casa a medio armar o desarmar, Morgan vio a Helena sumergirse en el agua tibia de la bañera y recibirlo con alegría. Les costaba entender la magnitud de lo que había pasado. El mundo real donde intentaba instalarlos Mart-In-Feliz les parecía ajeno a su desopilante manera de amar. Pero el mundo real existía, eran sus fantasías las increíbles, y ellos estaban cada amanecer más lejos de su frágil utopía de amor.
De todos los amigos de Hilario Cárdenas-Redondo, Paco era el más sexuado, el más sexual y el más sexista. Era todo sexo en múltiples facetas. Era sexo por todas partes y eso lo volvía hermoso a los ojos de quienes aman, veneran e idolatran el buen sexo. Paco era todo entero un pene erecto las veinticuatro horas del día, por eso le gustaba tanto y disfrutaba abrazándolos a todos, acariciándolos, toqueteándolos con su risa, sus ojitos saltones, sus manos con dedos regordetes y su pene regordete. Paco no era muy alto pero era exquisitamente proporcionado y armonioso. Era un emblema de la simpatía, la caballerosidad en todo momento y el morbo sin límites.
Aquella noche, Paco los vio. Los vio besándose bajo el destello de mil luces y el reviente de los instrumentos de la banda. Los vio a Helena y a Morgan entregados a otros tiempos, a sus deseos más humanos y vulnerables. Los vio y sintió que no contárselo a Hilario significaba mancillar la amistad de toda una vida. Hilario era su mejor amigo y era el hermano de Dulce, la esposa de Morgan. ¿Cómo no decirle que su cuñado tenía una amante?
–¡Paco! Pará… no es lo que pensás.
Tras ser alertado por Mart-In-Feliz, el pirata cambió la dirección de sus velas a favor del viento.
–Quedate tranquilo –fue la respuesta de Paco–, yo no vi nada. Y salió en busca de su amigo para contárselo todo.
3014
Cuarenta y siete minutos, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
–Hola.
Mart-In-Feliz se arrimó a Martín y lo saludó ofreciéndole un trago.
–Hola.
A Martín le llamó la atención que aquel hombre se le acercara y lo saludara como si lo conociera de alguna parte.
–Me parece que nos conocemos… –
El supuesto paralizó a Martín. Controló, de reojo, tener bien cubierta la marca de su muñeca.
–No creo –le dijo–. Nací en el inframundo. Y, por lo que dicen sus ropas, usted no.
–Es cierto, nací en las ciudades altas. Pero desde que lo vi, hace un rato, andar perdido entre la gente, como buscando no ser visto en medio de la multitud, tengo una idea que me ronda en la cabeza: en alguna otra vida nosotros debemos ser grandes amigos.
El silencio se impuso, manso y cómplice, hasta el momento en que Mart-In-Feliz le preguntó:
–¿Cómo te llamás?
–Martín –mintió el prófugo– .¿Y vos? –le preguntó.
–Segundo –le respondió–, pero me llaman Morgan.
Córdoba, junio de 1956.
El día que nació Regina, murió Ercilia. Regina nació en un catre gitano, a las afueras de Córdoba, camino a la Calera, donde la comunidad se había asentado. Ercilia murió dos horas después de haber parido a Regina, en ese mismo catre, ahogada en su propia sangre que se le iba, entre las piernas, como un lamento inacabable.
Los aullidos de su entierro permanecieron durante décadas rondando esas tierras, convirtiendo el prado y la barranca de piedra en un rincón de angustia donde no era aconsejable transitar. Esos mismos aullidos permanecieron, también, en la cabeza de Regina cada vez que se iniciaba el invierno, debajo de las mantas tejidas a crochet y hasta iniciada su temprana juventud. Un día, tomó coraje y le contó a su bisabuela materna lo que le pasaba. La vieja, escondida tras las grietas de un rostro tallado a martillo y cincel, supo que era el momento de iniciarla en las artes más oscuras de una magia ancestral.
Regina no tenía abuelas, tías ni hermanas. Tampoco tenía madre. Solo un padre usurero, poco aferrado a las tradiciones y el honor, y esa bisabuela bruja que comenzó a heredarle sus saberes. Cumplidos los dieciocho, la desposaron con un caballero que no pertenecía al clan, y semejante traición a la sangre le valió el desprecio de los patriarcas y el desarraigo en línea parental. Regina no hubiera querido casarse, pero la ambición de su progenitor y los conjuros de la bruja fueron más fuertes que su deseo. La tarde que huyó del campamento para no volver, como si fuera una ladrona o una puta, miró con todo su odio al cielo y, rogándole a la madre que no había conocido, hizo que lloviera fuego. A partir de aquél día tampoco tendría familia, abuela, padre y pasado.
La familia de su marido la acogió con el embelesamiento de un hechizo cerrado y la instó a bautizarse cuando encontraron entre sus cuatro blusas el Corán. Se acostumbró a comulgar semanalmente, a inculcar la religión cristiana en sus vástagos y a persignarse cada vez que pasaba frente a una iglesia. Lo que nunca imaginó fue que la figura enjuta, desgreñada y calcinada de la bisabuela que la amamantó con leche de cabra y la inició en los rituales oscuros, embadurnándola con la sangre de quien la había traído al mundo, seguiría presente en el cuarto de embrujos que fabricó en el cuarto más alejado de su palacete de casada.
Fue inaceptable para las demás familias fundadoras que una mujer con semejante origen se esposara a la estirpe de un Sinpatrón. A pesar de los abolengos y el buen tino de un linaje que la incluyó en todo lo que hizo hasta el final de su dinastía, la mujer experimentó el rechazo y las burlas de salón, que fueron insidiosas y punzantes en todas sus acciones y decisiones y en las de sus hijos, que no escaparon al maltrato, principalmente Segundo, aquel que un buen día todos llamarían Morgan.
Cuando el tiempo aún no se medía en horas, minutos ni segundos
Cuentan los libros antiguos que, cuando Lot huyó de Sodoma a Segor, el cielo se abarrotó de fuego. Jóvenes y ancianos de la ciudad perdida se apostaron a la puerta de su casa para derribarla y abusar salvajemente de los ángeles que había enviado Yavé. Entonces, viendo que Lot era bueno y los protegía, le ayudaron a huir de aquella ciudad pecadora a él, a su esposa y sus dos hijas vírgenes. Abraham pudo ver desde lo alto de una colina cómo de Sodoma y Gomorra subían humaredas similares a las de un horno. La mujer de Lot desobedeció a los enviados, miró hacia atrás y quedó convertida en estatua de sal.
Ocultas en una cueva, las hijas del buen hombre comprendieron, azoradas, que su estirpe acabaría. Ya nadie quedaba en los páramos cercanos como para que pudieran prometerlas y asegurarles descendencia. Entonces, emborracharon a su padre y se acostaron con él. Primero una y después la otra. De sus cuerpos nacieron Moab y Ben-Ammí y de los hijos de sus hijos y los hijos de sus hijos fueron sembrándose los valles y las praderas. Los nietos de sus nietos conquistaron nuevas tierras, vencieron fronteras y avanzaron más allá de los confines del mundo.
Dos minúsculas partes gemelas de sus carnes profanas vieron grato asentarse a la sombra de mil tipas que bordeaban un río asfaltado con puentes de piedra. Surcando la ribera se llegaba a un lago gigante, anclado entre sierras, donde un viejo Caronte hacía mecer los girones de una barca errante indicando el camino a Minos. Por décadas de terror, los más rebeldes de sus hijos fueron arrastrados al fondo de las aguas oscuras. Allí todavía se encuentran, penitentes, alimentándose de peces crudos, girando sin descanso en el círculo correspondiente. Eran señalados por jueces mesiánicos bajo pelucas de algodón e insignias militares que, considerados buenos y santos, digitaban la vida.
Una de las minúsculas partes de carne se sintió culpable, temió por el pecado de sus ancestros y asumió, mártir, la insufrible condena de ofrecerse por la salvación de otras almas. Levantó muros para esconder su castigo, presidios con huertos, cruces, escudos y miles de campanas que anunciarían al mundo exterior su misión de purgar los males. Así aguardaría, de rodillas sobre vidrio molido, oculto el cuerpo en paños amorfos y con la espalda llagada, escupiendo sangre y bilis detrás de la reja, el día del último Juicio.
Su otra parte de carne gemela, en cambio, sintiendo compasión por el desquicio de la errática y sabiéndose condenada de antemano, prefirió divertirse celebrando las ocurrencias incestuosas de sus antepasados. Se amarró al palo mayor de mil y un deseos, y vestida de oro fue ofreciéndose a buen precio a todos los cuerpos que se le abalanzaban buscando poseerla. Hizo fortuna en una cama mugrosa que convirtió en un altar lujurioso de ofrendas frutales, brebajes y virginidades, donde todo lo aparentemente imposible podía hacerse realidad. Se abrió de piernas para recibir los falos y las vulvas ardientes. A jóvenes y ancianos, sin dudarlo. Dejó que entraran padres con hijos bajo sus sábanas, niñas y niños entronados, grupos de muchachos fervorosos y ejércitos completos.
Entonces comprendieron que juntas no podrían reinar y el destino en el cielo señaló que una tenía que matar a la otra. Entonces, los astros se alinearon para iluminar la noche. Fue la primera quien salió por única vez del claustro, envuelta en una capa espesa de lana y con el rostro oculto tras una máscara. Bajó a la ladera del río donde vivía la segunda y se metió como clienta en la habitación de su hermana. Ni bien pudo contemplar su piel desnuda de fina porcelana y el bello rizado del pubis como la cabeza de un querubín, sintió que se le abría el pecho entero y lloró. Entendió miles de años en un segundo cuando la oyó retozar sobre cueros de serpientes. Trepó a su cuerpo bello dejando que se unan los flujos. Perdida, exhaló los perfumes de su perdición mientras la escuchaba decir: “¿Qué haces aquí?” Al filo de la pregunta, se sintió el filo de los puñales atravesando garganta y corazón.
Murieron juntas, sobre la misma cama, húmedas y calientes, igual a como habían nacido. Quienes encontraron los pedazos de carne muerta, hundidos en un charco de sangre, también encontraron a un bebé recién nacido, en una cunita de luna y soles. Tenía los ojos de las gemelas, las bocas de las gemelas y el cabello de las gemelas. Eran las gemelas unidas para siempre. Era una niña. Pero, lo que más impactó a quienes habían entrado, fue el cuerpo de la pequeña completamente cubierto de tatuajes, signos y símbolos de una única verdad que buscaba revelarse.
–No sería bueno que sobreviva –comentó uno de los hombres. Pero ninguno se animó a matarla. Entonces la entregaron a un tal León que no dudó en regalársela a una tal Enriqueta, que no dudó en ofrecérsela a un tal Renato.
Renato Gledber, padre de Juan Antonio Gledber:
–Yo conozco un lugar donde podríamos dejarla –comentó el hombre, caballero y galante a la señora de cabello platinado–. Es imposible que allí sobreviva. Sin nadie que la cuide, sería alimento de alimañas en pocos minutos.
–¿Dónde queda ese lugar? –le preguntó Enriqueta con curiosidad.
–No puedo decírtelo. Es un secreto y juré guardarlo. Sólo puedo anticiparte una cosa: si algún día el mundo corriera peligro, trasladarnos a aquella dimensión podría ser nuestra última esperanza.
3014
Doce horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Magdalena caminaba del valle escondido a su casa, cuando vio encenderse la luz del faro. Desde que tenía uso de razón, habitada aquellas tierras inhóspitas y la mole gigante de piedra, detrás de la casona rosa, yacía muerta. No entendía qué pudo haber pasado para que ese faro se encendiera, pero algo le decía que aquello era bueno.
Mauricio, en los subsuelos de la casona, había conseguido poner en funcionamiento la maquinaria que dio vida a la lámpara como una señal divina. Las manos invisibles de Verónica habían dejado a su paso un manuscrito. El joven lo leyó una y otra vez, mientras pudo, y le llamó la atención encontrar en él tres caligrafías distintas. Lo leyó como pudo, aterrado y esperanzado por liberarse de las sombras de aquel infierno. Haciendo funcionar aquella máquina, aparentemente, sería devuelto al mundo.
Todos, cada uno de los veintidós elegidos, pudieron ver la luz desde el lugar en donde se encontraban, arrastrados desde el Juego de las Vendas a aquella dimensión desconocida.
–Veinte fueron los enviados –le explicó León Culebra a Alexandre da Cunha–. Entre ellos, el hijo de Renato Gledber. Verónica del Huerto permanece en la casa desde la última destrucción, cuando fueron rescatadas las mayores construcciones, enviándolas a las burbujas más altas. Sin embargo, el portal se cerró ni bien entró el último y no existe posibilidad alguna de que alguno de nuestros hombres pueda entrar para controlar el proceso.
–Eso qué quiere decir –le preguntó Alexandre detrás de su máscara de plomo y fuego.
–Alguien actuó más rápido que nosotros, señor, y ha enviado a alguna persona antes de que comience el Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”.
Magdalena miró al cielo y sus ojos se llenaron de lágrimas: había llegado el día. Doce horas, doce Logias, como contaba la leyenda, doce retazos conformando el paño. Una rosa blanca se dibujó en el cielo.
–Comenzó una nueva era –balbuceó, viendo los tatuajes que cubrían su cuerpo convertirse en cintas de plata–. Nació AlmaSuela.


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