AlmaSuela – «El sacrificio de las Tres Marías» ::: CAPÍTULO 1 – PARTE 8

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Córdoba, junio de 1956.

El día que nació Regina, murió Ercilia. Regina nació en un catre gitano, a las afueras de Córdoba, camino a la Calera, donde la comunidad se había asentado. Ercilia murió dos horas después de haber parido a Regina, en ese mismo catre, ahogada en su propia sangre que se le iba, entre las piernas, como un lamento inacabable.

Los aullidos de su entierro permanecieron durante décadas rondando esas tierras, convirtiendo el prado y la barranca de piedra en un rincón de angustia donde no era aconsejable transitar. Esos mismos aullidos permanecieron, también, en la cabeza de Regina cada vez que se iniciaba el invierno, debajo de las mantas tejidas a crochet y hasta iniciada su temprana juventud. Un día, tomó coraje y le contó a su bisabuela materna lo que le pasaba. La vieja, escondida tras las grietas de un rostro tallado a martillo y cincel, supo que era el momento de iniciarla en las artes más oscuras de una magia ancestral.

Regina no tenía abuelas, tías ni hermanas. Tampoco tenía madre. Solo un padre usurero, poco aferrado a las tradiciones y el honor, y esa bisabuela bruja que comenzó a heredarle sus saberes. Cumplidos los dieciocho, la desposaron con un caballero que no pertenecía al clan, y semejante traición a la sangre le valió el desprecio de los patriarcas y el desarraigo en línea parental. Regina no hubiera querido casarse, pero la ambición de su progenitor y los conjuros de la bruja fueron más fuertes que su deseo. La tarde que huyó del campamento para no volver, como si fuera una ladrona o una puta, miró con todo su odio al cielo y, rogándole a la madre que no había conocido, hizo que lloviera fuego. A partir de aquél día tampoco tendría familia, abuela, padre y pasado.

La familia de su marido la acogió con el embelesamiento de un hechizo cerrado y la instó a bautizarse cuando encontraron entre sus cuatro blusas el Corán. Se acostumbró a comulgar semanalmente, a inculcar la religión cristiana en sus vástagos y a persignarse cada vez que pasaba frente a una iglesia. Lo que nunca imaginó fue que la figura enjuta, desgreñada y calcinada de la bisabuela que la amamantó con leche de cabra y la inició en los rituales oscuros, embadurnándola con la sangre de quien la había traído al mundo, seguiría presente en el cuarto de embrujos que fabricó en la habitación más sombría de su palacete de casada.

Fue inaceptable para las demás familias fundadoras que una mujer con semejante origen se esposara a la estirpe de un Sinpatrón. A pesar de los abolengos y el buen tino de un linaje que la incluyó en todo lo que hizo hasta el final de su dinastía, la mujer experimentó el rechazo y las burlas de salón, que fueron insidiosas y punzantes en todas sus acciones y decisiones y en las de sus hijos, que no escaparon al maltrato, principalmente Segundo, aquel que un buen día todos llamarían Morgan.

 

Cuando el tiempo aún no se medía en horas, minutos ni segundos

 

Cuentan los libros antiguos que, cuando Lot huyó de Sodoma a Segor, el cielo se abarrotó de fuego. Jóvenes y ancianos de la ciudad perdida se apostaron a la puerta de su casa para derribarla y abusar salvajemente de los ángeles que había enviado Yavé. Entonces, viendo que Lot era bueno y los protegía, le ayudaron a huir de aquella ciudad pecadora a él, a su esposa y sus dos hijas vírgenes. Abraham pudo ver desde lo alto de una colina cómo de Sodoma y Gomorra subían humaredas similares a las de un horno. La mujer de Lot desobedeció a los enviados, miró hacia atrás y quedó convertida en estatua de sal.

Ocultas en una cueva, las hijas del buen hombre comprendieron, azoradas, que su estirpe acabaría. Ya nadie quedaba en los páramos cercanos como para que pudieran prometerlas y asegurarles descendencia. Entonces, emborracharon a su padre y se acostaron con él. Primero una y después la otra. De sus cuerpos nacieron Moab y Ben-Ammí y de los hijos de sus hijos y los hijos de sus hijos fueron sembrándose los valles y las praderas. Los nietos de sus nietos conquistaron nuevas tierras, vencieron fronteras y avanzaron más allá de los confines del mundo.

Dos minúsculas partes gemelas de sus carnes profanas vieron grato asentarse a la sombra de mil tipas que bordeaban un río asfaltado con puentes de piedra. Surcando la ribera se llegaba a un lago gigante, anclado entre sierras, donde un viejo Caronte hacía mecer los girones de una barca errante indicando el camino a Minos. Por décadas de terror, los más rebeldes de sus hijos fueron arrastrados al fondo de las aguas oscuras. Allí todavía se encuentran, penitentes, alimentándose de peces crudos, girando sin descanso en el círculo correspondiente. Eran señalados por jueces mesiánicos bajo pelucas de algodón e insignias militares que, considerados buenos y santos, digitaban la vida.

Una de las minúsculas partes de carne se sintió culpable, temió por el pecado de sus ancestros y asumió, mártir, la insufrible condena de ofrecerse por la salvación de otras almas. Levantó muros para esconder su castigo, presidios con huertos, cruces, escudos y miles de campanas que anunciarían al mundo exterior su misión de purgar los males. Así aguardaría, de rodillas sobre vidrio molido, oculto el cuerpo en paños amorfos y con la espalda llagada, escupiendo sangre y bilis detrás de la reja, el día del último Juicio.

Su otra parte de carne gemela, en cambio, sintiendo compasión por el desquicio de la errática y sabiéndose condenada de antemano, prefirió divertirse celebrando las ocurrencias incestuosas de sus antepasados. Se amarró al palo mayor de mil y un deseos, y vestida de oro fue ofreciéndose a buen precio a todos los cuerpos que se le abalanzaban buscando poseerla. Hizo fortuna en una cama mugrosa que convirtió en un altar lujurioso de ofrendas frutales, brebajes y virginidades, donde todo lo aparentemente imposible podía hacerse realidad. Se abrió de piernas para recibir los falos y las vulvas ardientes. A jóvenes y ancianos, sin dudarlo. Dejó que entraran padres con hijos bajo sus sábanas, niñas y niños entronados, grupos de muchachos fervorosos y ejércitos completos.

Entonces comprendieron que juntas no podrían reinar y el destino en el cielo señaló que una tenía que matar a la otra. Entonces, los astros se alinearon para iluminar la noche. Fue la primera quien salió por única vez del claustro, envuelta en una capa espesa de lana y con el rostro oculto tras una máscara. Bajó a la ladera del río donde vivía la segunda y se metió como clienta en la habitación de su hermana. Ni bien pudo contemplar su piel desnuda de fina porcelana y el bello rizado del pubis como la cabeza de un querubín, sintió que se le abría el pecho entero y lloró. Entendió miles de años en un segundo cuando la oyó retozar sobre cueros de serpientes. Trepó a su cuerpo bello dejando que se unan los flujos. Perdida, exhaló los perfumes de su perdición mientras la escuchaba decir: “¿Qué haces aquí?” Al filo de la pregunta, se sintió el filo de los puñales atravesando garganta y corazón.

Murieron juntas, sobre la misma cama, húmedas y calientes, igual a como habían nacido. Quienes encontraron los pedazos de carne muerta, hundidos en un charco de sangre, también encontraron a un bebé recién nacido, en una cunita de luna y soles. Tenía los ojos de las gemelas, las bocas de las gemelas y el cabello de las gemelas. Eran las gemelas unidas para siempre. Era una niña. Pero, lo que más impactó a quienes habían entrado, fue el cuerpo de la pequeña completamente cubierto de tatuajes, signos y símbolos de una única verdad que buscaba revelarse.

–No sería bueno que sobreviva –comentó uno de los hombres. Pero ninguno se animó a matarla. Entonces la entregaron a un tal León que no dudó en regalársela a una tal Enriqueta, que no dudó en ofrecérsela a un tal Renato. Renato Gledber, padre de Juan Antonio Gledber.

–Yo conozco un lugar donde podríamos dejarla –comentó el hombre, caballero y galante a la señora de cabello platinado–. Es imposible que allí sobreviva. Sin nadie que la cuide, sería alimento de alimañas en pocos minutos.

–¿Dónde queda ese lugar? –le preguntó Enriqueta con curiosidad.

–No puedo decírtelo. Es un secreto y juré guardarlo. Sólo puedo anticiparte una cosa: si algún día el mundo corriera peligro, trasladarnos a aquella dimensión podría ser nuestra última esperanza.

 

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Doce horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

 

Magdalena caminaba del valle escondido a su casa, cuando vio encenderse la luz del faro. Desde que tenía uso de razón, habitada aquellas tierras inhóspitas y la mole gigante  de piedra, detrás de la casona rosa, yacía muerta. No entendía qué pudo haber pasado para que ese faro se encendiera, pero algo le decía que aquello era bueno.

Mauricio, en los subsuelos de la casona, había conseguido poner en funcionamiento la maquinaria que dio vida a la lámpara como una señal divina. Las manos invisibles de Verónica habían dejado a su paso un manuscrito. El joven lo leyó una y otra vez, mientras pudo, y le llamó la atención encontrar en él tres caligrafías distintas. Lo leyó como pudo, aterrado y esperanzado por liberarse de las sombras de aquel infierno. Haciendo funcionar aquella máquina, aparentemente, sería devuelto al mundo.

Todos, cada uno de los veintidós elegidos, pudieron ver la luz desde el lugar en donde se encontraban, arrastrados desde el Juego de las Vendas a aquella dimensión desconocida.

–Veinte  fueron los enviados –le explicó León Culebra a Alexandre da Cunha–. Entre ellos, el hijo de Renato Gledber. Verónica del Huerto permanece en la casa desde la última destrucción, cuando fueron rescatadas las mayores construcciones, enviándolas a las burbujas más altas. Sin embargo, el portal se cerró ni bien entró el último y no existe posibilidad alguna de que alguno de nuestros hombres pueda entrar para controlar el proceso.

–Eso qué quiere decir –le preguntó Alexandre detrás de su máscara de plomo y fuego.

–Alguien actuó más rápido que nosotros, señor, y ha enviado a alguna persona antes de que comience el Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”.

 

Magdalena miró al cielo y sus ojos se llenaron de lágrimas: había llegado el día. Doce horas, doce Logias, como contaba la leyenda, doce retazos conformando el paño. Una rosa blanca se dibujó en el cielo.

–Comenzó una nueva era –balbuceó, viendo los tatuajes que cubrían su cuerpo convertirse en cintas de plata–. Nació AlmaSuela.

 

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