UN TORTUGO RUBIO Y EGOISTA – CAPÍTULO 3: «Rosa de Lejos» (PARTE 2)

 

III

Pensar que, cuando era adolescente, echarme en la cama y escribir mis días era prácticamente un acto religioso. Después, con tanto delineador, alisado permanente y ejercicios para glúteos, aquello fue quedando en el olvido. Comencé a hacerlo cada vez menos. Mi síndrome de Anna Frank se curó, se perdió o se esfumó, no lo sé muy bien. Pero desapareció.

Crecer a veces “estupidiza” (¿”estupidiza” no es una palabra inventada?). Hoy, pasando los treinta -muy bien llevados, gracias a mi set mensual de cremas rejuvenecedoras cual elixir de la eterna juventud-, creo que era más inteligente en plena pubertad -cuando peleaba por usar un talle más chico de los jeans nevados-, que ahora que soy totalmente independiente, viviendo sola, durmiendo sola, comiendo sola y regando los helechos sola los domingos a las nueve de la mañana, mientras escucho a Robbie Willians. (Prefiero no hacer hincapié en esta reciente capacidad adquirida para inventar improperios).

Le pregunto a usted, mi lector desconocido: ¿existió sobre la Tierra algo más espantoso que un jean nevado? ¡No! ¡Ni siquiera una camisola con manga murciélago! ¿Y puede haber sobre la Tierra algo más hermoso que Robbie Willians? ¡Sí! ¡Gerard Piqué!

¡Qué vergüenza volver a escribir y reconocer, a esta edad, que mis fantasías presentes consisten en una noche, tarde o media mañana de hard sex con el futbolista español, mientras los deseos de todas mis amigas, cual hinchada acalorada en plena era del balón, recaen sudorosos sobre y entre las piernas de los muchachos de nuestra Selección! Que esto muera aquí: carezco de alma celeste y blanca.

 

IV

Reflexiono: no por haberlo hecho soy más o menos inmadura. Me refiero a los mensajes de texto enviados a P.L. No por contarlo en este cuaderno soy más o menos sincera, valiente o desvergonzada. Soy lo que puedo ser a duras penas, riéndome de cosas frente a las cuales el resto del mundo llora, pareciendo -para la mitad más uno de la humanidad- el símbolo vivo de la ironía y, para los restantes, una “flaca que no tiene todos los jugadores”.

Odol pregunta: “¿Es o se hace?” Sé, perfectamente, que en esta hot party “sólo se trata de vivir”.

No. Por escribirlo no soy más sincera o desvergonzada. Por haberlo hecho no me considero más o menos inmadura. Cometí un error, ¡qué le voy a hacer! “Tropecé de nuevo y con la misma piedra, en cuestión de amores nunca aprenderé”.

 

V

La mayor de las cinco hermanas de mi madre solía usar la expresión “una nunca sabe” cuando las más pequeñas de sus sobrinas le preguntábamos por qué, cada vez que limpiaba la casa, corría todos los muebles de lugar.

El temor a una muerte repentina, sin previo aviso, que obligara a desarmar la casa para improvisar de la mejor manera posible un velatorio, parecía ser heredado de su abuela. ¡Y la casa no podía estar sucia, mucho menos debajo de los muebles!

Ahora bien, ¿era necesario creer que alguien debía morirse de repente, sin tener en cuenta en lo más mínimo la organización del evento de su partida, obligándonos a todas a desmantelar la casa y a recibir condolencias muy poco creíbles cuando nobleza obliga? ¿Y si nunca moría nadie de esa manera y limpiábamos eternamente al vicio debajo de los muebles? ¿Y si el muerto era un suicida que dejaba expresa la realización de su velatorio en una sala fúnebre? Lo de la casa ya estaba gagádemodé, poco top. ¡Además, la bisabuela se había muerto hacía cincuenta años!

Este es uno de los tantos desquicios de mi familia, que termina dando respuesta ejemplar al por qué de mis sesiones terapéuticas semanales.

Entré en pánico. Mis ideas letales comenzaron a aflorar. Determinados hechos hacen que me ponga fatalista, que todo se vea irremediablemente trágico. Pasear en bicicleta ya es sinónimo de terminar aplastada por un colectivo cambiar una lamparita, de electrocutarme y quedar chamuscada como un praliné. Tomar distancia, de no volver a vernos nunca más. Esto es lo que me dio pánico: no volver a vernos nunca más. Y, por ende, generó a granel ideas letales.

La primera fue abrir las hornallas. Pero ese ruidito, psssss, constante y taladrante, no me dejaría concentrar en los pensamientos elegidos para ser los últimos. Además, si por descuido alguien prendiera un fósforo, la explosión me descuartizaría y la idea de ser velada a cajón cerrado me parece patética. ¿Qué sería de semejante evento sin mí en medio? Me refiero a mi velatorio. ¡Yo quiero estar presente, no guardada! Supongo que, aunque muerta, al no estar cerrado el ataúd, algo se podrá ver. En realidad, la intención es controlar quién viene y quién no, porque me reconozco incapaz de perdonar a alguien que no asista a mi funeral. Y ojito con no llorar. En mi funeral se llora y, si no se tiene ganas, se finge.

Hice bien en dejar, un día de aquellos en los que estaba inspirada, mis últimas voluntades, cual máximas de San Martín a su hija Merceditas:

Primero: es obligatorio enviar flores, sin flores no aparezcas. Y, para traer un ramito cualquiera, prefiero que no vengas. Me imagino la sala llena de flores, coronas por todos lados. Un olor apestoso, pero glamoroso. Muchas flores es sinónimo de un velatorio de elite.

Segundo: ¿Claveles? Los mato, aunque la muerta sea yo. ¡Odio los claveles! Es una flor tan poco cool, descolorida, abollada. Y huele a desodorante de ambiente para baño de hotel alojamiento. Totalmente prohibidos los claveles.

Tercero: la pompa fúnebre deberá encargarse de armar, con soguitas, un pasaje para que la gente circule en torno a la difunta, o sea, en torno a mí. Dejar una oración, un pimpollo, persignarse y seguir. Rapidito, sin tanta demora, porque seguro va a haber mucha gente y puede generarse algún atropello desagradable. Como en el velatorio de Evita: mucha flor, mucho orden, mucho llanto, mucho luto, algún desmayo (la imagen es altamente emocional) y mucho café. ¡Mucho, mucho café!

Aunque parezca extremista, este tipo de indicaciones es frecuente en gente que conozco: por ejemplo, la madre de Perla indicó de palabra a su marido cómo quiere el peinado una vez muerta y la gama de colores a usarse en su maquillaje póstumo. La madre de Mónica, víctima de una tarde de pesares, declaró su deseo de ser cremada y de que arrojen las cenizas al mar. Mi madre, víctima de una tarde de locura, gritó a los cuatro vientos que, de ser cremada, regresaría de donde se encontrara para hacernos la vida imposible. Le ponía la piel de pollo imaginarse dentro de un horno, así estuviera muerta. En cambio, la madre de Paulina, católica carismática y practicante hasta la médula, mujer de triduos y letanías, sólo pidió una novena en favor de su alma y misa con cuerpo presente.

Muy bien, descartada la idea del gas, surgió la de la soga, pero dejaba marcas. La del veneno para ratas me pareció espantosa. La del disparo generó demasiada adrenalina y la de arrojarse al vacío era por demás estresante. Desde los ocho años he sufrido de vértigo. Conclusión: no quedaba otra más que el puré de somnífero.

¿Y si optaba por vivir a pesar de todo? Mi miedo era uno sólo: no volver a vernos nunca más. Pero, ¿si volviéramos a vernos, porque el destino nos uniera otra vez o porque a mí se me ocurriera hacer algo? Porque el pánico a la soledad fuera demasiado. El miedo a morir vieja y sola fuera demasiado. Si hiciera una locura, si lo intentara. Una idea que no fuera letal o, al menos, no lo fuera literalmente.

A la una y cuarto de la madrugada salía de la casa de Paulina. Antes de tomar un taxi, ya me encontraba respondiéndole a P.L. Era un error hacerlo, pero era un error mayor perder la oportunidad.

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