3014
Tres horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Mauricio entrenaba,con rigurosidad militar,cuarenta y cinco minutos después de cada despertar. Corría desde el antiguo arco de la ciudad nueva hasta los confines del mundo, donde se acababa el mar.Practicaba lucha cuerpo a cuerpo con su hermano mayor en los médanos altos y no se dormía un solo día sin ejercitar la destreza en el manejo de su espada. Mauricio era delgado y fibroso, morocho como un romano y con el cabello lacio que le acariciaba el cuello. Tenía los ojos almendrados y la boca enorme, en donde entraban todos los suspiros, las palabras tramposas y los peores placeres.
Cualquiera hubiera creído en él al escucharlo. Seguramente, hubiese callado para oírlo y terminaría agradeciéndole tanta hidalguía en su discurso. Pero, antes de llegar al final de la madeja, el hilo se cortaría en el punto más débil y, mientras los otros caen al vacío, Mauricio se detendría a contemplar la escena sin decir nada, porque era lo que quería ser cuando era fácil serlo, y cuando era difícil prefería no ser nada.
En aquel momento,viendo el mundo conocido cambiar para siempre, sólo atinó a correr, cobarde y egoísta, cagón como todos los de su estirpe. Corría y agradecía a los dioses de su credo tener piernas de marinero que doblegaran las arenas húmedas y los vientos de sal. Agradecía el dominio que tenía sobre los puntos muertos de su respiración,la asombrosa cavidad de sus pulmones y el pecho de acero igual a un escudo invencible. Corría sin rumbo, con el destino incierto de una dirección azarosa, de uno a otro punto cardinal, sin meridianos de por medio ni intervalos de estrellas fugaces.
Finalmente, en medio del vértigo de la corrida, pudo verla.La casa parecía aferrada a una montaña de piedras, como si alguien la hubiese arrojado allí y en la ladera echara raíces, mal plantada, sobre una maraña de rocas. De a poco, con el andar del viento, una callecita más parecida a un sendero de adivinanza que a un camino seguro, se había dibujado hasta su puerta. Diez siglos atrás, desde su terraza, podían observarse los puentes de piedra atravesando el cañadón que partía al mundo en dos. Diez siglos atrás, la casona ya era vieja y en su memoria guardaba cuestiones referidas a la verdad, la moral de los hombres que se preguntaban quiénes eran y el conocimiento, sobre todas las cosas.
A Mauricio sólo lo detuvo la pesada puerta de hierro como un muro invencible. Su cuerpo golpeó entero como un trueno contra los hierros oxidados y las palmas de sus manos azotaron los cristales a medias partidos, cubiertos de tierra y ausencia que no dejaban ver en su interior. Llamó a los gritos. Pidió ayuda, que alguien lo socorriera, pero nadie respondió. Así permaneció dos tercios de su vida hasta caer de rodillas, exhausto de terror, temblando de miedo y frio. Cuando el silencio fue tanto, casi como la soledad de aquella noche y la espesura de la niebla que comenzaba a florecer por encima de sus hombros, el picaporte giró y la puerta se abrió sola, por completo, de par en par. Mauricio buscó a alguien que lo hubiera hecho, pero seguía tan sólo como desde hacía horas, cuando, al quitarse de venda del Gran Juego, advirtió que todo era distinto.
Desde lo alto, clavada sobre la cornisa de piedra que sostenía un grupo de raquíticas cariátides, el fantasma de una mujer amarrado a tiempos impensados lo contemplaba sigiloso.
Miles de años, no recuerdo cuántos, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
“Soy la materialización inmaterial de una idea”, pensó Verónica.“El deseo más profundo hecho realidad. Soy la construcción angelical de un ser, por eso no tengo más rostro que el que me quieran poner, ni cuerpo más allá del que me quieran diseñar. Soy el nudo interfiriendo en la historia, interrumpiendo dañino la malla, cortando el paño, liberando los hilos. Soy la aguja que liga las formas geométricas. El lazo que cose sin dejar cicatrices. Porque de este mundo tan fragmentado, tan individualista y desalmado, tan retaceado, sólo nos salva el amor.”
Hacía largo rato habían cesado los bombardeos. Entonces, decidió salir de su escondite. Era la undécima vez que se había corporeizado a lo largo de toda la Historia de la Humanidad. Porque el hechizo de la antigua Rioja española que había caído sobre ella la liberó eternamente de la muerte, pero la condenó a este destino fatal de ser mujer y fantasma cuantas veces quisiera hasta que el mundo acabase.
Empujó la pequeña puerta que parecía trabada y asomó la cabeza. Se encontró con un sembradío de cadáveres desnudos. Cubrían por completo el piso de granito, se extendían más allá del patio y trepaban los escalones de cedro. Asqueaba la pestilencia de los sexos y de ceños conformes. Entonces,tras observarlos detenidamente, supuso que no estaban muertos sino profundamente dormidos, entregados a inexplicables encantamientos. Avanzó sobre ellos, como pudo, y no se detuvo hasta encontrar al hombre que le habían encargado proteger. Logró rescatarlo de la maraña y se sorprendió al ver tenía amarradas a la cintura,las almazuelas que, en otro intervalo de vida,ella había cosido con su madre. La tira de retazos parecía nacer en el ombligo de aquel varón y se elevaba hasta escapar por la lucera y perderse en el infinito.
“¿A dónde quisieron llevarte?”, pensó. “Hay lugares de donde no se regresa”.
Percibió las manos heladas y los labios azules del caballero. Llamó a los fantasmas de sus esclavos,que habían servido a su padre en los albores de la conquista antes del conjuro,y que permanecían la mayor parte del tiempo escondido en el tiraje de la chimenea, para que la ayudaran a arrastrarlo hasta la cocina. Entre todos lo subieron a una mesada y calentaron agua para asearlo. Quedaban, todavía, en algunas hornallas, cenizas de antiguas hechicerías.
Mientras recorrían su cuerpo con paños húmedos, desperdigando perfumes de violetas y rosas frescas, escucharon que alguien abría la puerta de calle. Un grupo de gente extraña, con tonadas de otros mundos, hizo su aparición entre moldes de letras repetidos y extravagantes soportes. Los acompañaba un tal Alexandre da Cunha e Silva, con garbo de simpático anfitrión.
–La casa está un poco deteriorada –le escuchó decir. Verónica continuaba con su minuciosa tarea de asear al hombre rescatado–.Los inquilinos anteriores no supieron cuidarla –siguió, mientras avanzaba entre los cuerpos empujando brazos y cabezas como si corriera muebles–, pero con algunos arreglos les va a quedar como nueva.
Ya había oído el mismo discurso un centenar de veces. “¡Qué extraño!”, comentó a los fantasmas. “Tantas cosas han cambiado en el mundo a lo largo de estos siglos y sin embargo el hombre no ha logrado superar sus mezquindades ni siquiera un poquito”.
–¿Me recuerda su nombre? –solicitó da Cunha.
–Gutenberg, Johannes Gutenberg.
–¿Despertará?
La pregunta del más joven de los esclavos la devolvió a la cocina.
–Tiene que despertar –fue su respuesta–. Cuando sea el momento, volverá.
–¿Mientras tanto?
–Ustedes se ocultarán otra vez en el tirante de la chimenea y yo en el cuarto de los secretos, debajo de la escalera. Debemos ser pacientes y esperar.
Pasaron miles de años, no recordaría cuántos, hasta que volvieron a golpear con desesperación la puerta de su casa. Fue la noche en la que Mauricio la arrancó de sus ensueños y la obligó a treparse a la cornisa para espiar el alboroto. Verónica miró a sus fantasmas, que ya habían salido de la chimenea, y le hizo señas al más joven. Este se aproximó a la puerta y la abrió de par en par. Estaban ansiosos de recibir visitas.
Córdoba, 2009
Mart-In-Feliz era un pelotudo con honores, uno de los tantos amigos de Morgan Sinpatrón, muy fiel en la joda, las minas y la falopa. Era un aventurero lleno de plata porque es muy fácil serlo cuando papá mantiene económicamente la farsa. Disfrazado con ropa de marca, jugaba a galán de cine diciendo que estudiaba medicina, cuando sólo había rendido cinco materias en diez años y vivía como un dandy de boliche en boliche. Su mayor talento radicaba en la habilidad magistral para sostener un discurso confiable siendo el más irresponsable. Dúctil para la mentira y la avivada mediocre, gritoneaba al mundo convencido de ser el único dueño de la verdad y era el más infeliz de la jungla. Sin embargo, aquella noche, no sé si por instinto o intuición, había hecho lo correcto: sacarlo a Morgan de su enamoramiento adolescente y gritarle en pleno recital de Viejas Locas:
–¿Qué hacés? ¿Qué hacés, pelotudo?
Tanto o más pelotudo que él, pero haberse mandado infinidad de cagadas en la vida, por inmaduro y malcriado, le habían enseñado a pensar con la cabeza de arriba y distinguir perfectamente entre una calentura consciente y una inconsciente.
–Estás casado, pibe. Y están los amigos de tu cuñado. ¿Qué buscás?
Morgan y Helena Lavella salieron antes de que terminara el recital. Les hervía demasiado la sangre como para esperar a que terminara el espectáculo. Entonces, tomaron un taxi y volaron sin escala al departamento de soltero de él. Entre los trastos de una casa a medio armar o desarmar, Morgan vio a Helena sumergirse en el agua tibia de la bañera y recibirlo con alegría. Les costaba entender la magnitud de lo que había pasado. El mundo real donde intentaba instalarlos Mart-In-Feliz les parecía ajeno a su desopilante manera de amar. Pero el mundo real existía, eran sus fantasías las increíbles, y ellos estaban cada amanecer más lejos de su frágil utopía de amor.
De todos los amigos de Hilario Cárdenas-Redondo, Paco era el más sexuado, el más sexual y el más sexista. Era todo sexo en múltiples facetas. Era sexo por todas partes y eso lo volvía hermoso a los ojos de quienes aman, veneran e idolatran el buen sexo. Paco era todo entero un pene erecto las veinticuatro horas del día, por eso le gustaba tanto y disfrutaba abrazándolos a todos, acariciándolos, toqueteándolos con su risa, sus ojitos saltones, sus manos con dedos regordetes y su pene regordete. Paco no era muy alto pero era exquisitamente proporcionado y armonioso. Era un emblema de la simpatía, la caballerosidad en todo momento y el morbo sin límites.
Aquella noche, Paco los vio. Los vio besándose bajo el destello de mil luces y el reviente de los instrumentos de la banda. Los vio a Helena y a Morgan entregados a otros tiempos, a sus deseos más humanos y vulnerables. Los vio y sintió que no contárselo a Hilariosignificaba mancillar la amistad de toda una vida. Hilario era su mejor amigo y era el hermano de Dulce, la esposa de Morgan. ¿Cómo no decirle que su cuñado tenía una amante?
–¡Paco! Pará… no es lo que pensás.
Tras ser alertado por Mart-In-Feliz, el pirata cambió la dirección de sus velas a favor del viento.
–Quedate tranquilo–fue la respuesta de Paco–,yo no vi nada. Y salió en busca de su amigo para contárselo todo.
3014
Cuarenta y siete minutos, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
–Hola.
Mart-In-Feliz se arrimó a Martín y lo saludó ofreciéndole un trago.
–Hola.
A Martín le llamó la atención que aquel hombre se le acercara y lo saludara como si lo conociera de alguna parte.
–Me parece que nos conocemos… –
El supuesto paralizó a Martín. Controló, de reojo, tener bien cubierta la marca de su muñeca.
–No creo –le dijo–. Nací en el inframundo. Y, por lo que dicen sus ropas, usted no.
–Es cierto, nací en las ciudades altas. Pero desde que lo vi, hace un rato, andar perdido entre la gente, como buscando no ser visto en medio de la multitud, tengo una idea que me ronda en la cabeza: en alguna otra vida nosotros debemos ser grandes amigos.
El silencio se impuso, manso y cómplice, hasta el momento en que Mart-In-Feliz le preguntó:
–¿Cómo te llamás?
–Martín –mintió el prófugo–.¿Y vos? –le preguntó.
–Segundo –le respondió–, pero me llaman Morgan.


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