AlmaSuela – «El sacrificio de las Tres Marías» ::: CAPÍTULO 1 – PARTE 6

 

 

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Cinco horas, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

Lola había dejado su redecilla de plata junto a la barra, en la sala de ensayo, y la computadora abierta en una charla interminable con su padre, del otro lado del mundo. El faro que se erguía a duras penas en los salitres de un desierto amargo señalaba siempre al noroeste, entre las cinco y las seis de la mañana, para indicarle, con cada amanecer, dónde se encontraba la burbuja de su origen, la que nunca debería olvidar.

Había planificado ir con sus amigos a celebrar el Equinoccio de Noche, ese que aún nadie llamaba “De las Tres Marías”. Hacía un frío odiable en las calles de la burbuja, donde transitoriamente le había tocado estar, al que no terminaba de acostumbrarse.

Extrañaba en mango y maracuyá, suspiraba en limas y granos de café. Se trepaba en todos sus sueños a un ciruelo gigante que extendía sus ramas hasta el segundo piso de la casa de su abuelo, entrando por las ventanas.

Antes de las cinco, el cielo se había cubierto de una masa espesa, blanquecina, y alguien comentó al pasar que, en las sierras de las burbujas altas, estaba nevando.

–En el viejo mundo todavía debe hacer calor –comentó con cierto dejo de preocupación–. Si nos demoramos, no podremos descender en globo. La niebla nos haría perder el rumbo. Tenemos que apurarnos a pesar de la temperatura. Confío en los aires frescos que se avecinan y en los conjuros de las castañuelas.

Colgando de la canasta como una fruta de estación, los hizo subir a todos y encendió el fuego. Eran más de una docena entre poetas, pintores, flautistas y directores de orquesta.

De su madre había heredado ciertas ironías vanguardistas a la hora de combinar prendas y de sus tías, la sofisticación vinculada al buen hacer y el bien decir. Sin embargo, la pasión, la locura sin límite y la risa a cataratas eran iguales a las de su padre.

Bajo las nubes infladas por el viento helado tuvo que retener su sombrero Chanel antes de que sea arrebatado. Era tan largo su cabello negro que algunas almas errantes alcanzaron a rozarlos desde efímeras agonías. Antes de aterrizar pudieron ver la superficie terrestre como una cáscara de limón quemada sobre una hornalla.

–Algún día… –sentenció– volveremos a reconstruir este mundo y será bello y luminoso como alguna vez debió haber sido.

“Camina despacio si quieres llegar segura…”, le había escrito su padre desde la tierra donde los huevos de gallina permanecían de pie. El cursor titilaba en su computadora, en la vieja sala de ensayo, donde había quedado encendida. La frase recién sería leída una vez alcanzada la eternidad.

 

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Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

 

El doctor Keiko Sató miró sus manos y tembló. Todavía llevaba los guantes de látex embadurnados con sangre y el bisturí pegoteado entre el pulgar y el índice de su mano derecha. Recordaba que lo había intentado todo, hasta lo imposible, y había sido inútil.

Entonces, volvió a pensar en lo que pensaba siempre antes de echar a correr y desaparecer.

“Opción número uno: la vida es una mierda.”

Tomaba aire y hundía completa la cabeza en el lavabo del baño, repleto con agua tibia. Tenía los ojos bien cerrados, las pestañas anudadas entre sí. La respiración todavía amarrada igual que un perro malo. Desataba los párpados de un tirón y miraba sólo lo que allí había: agua tibia entrando por su nariz y sus orejas, como si fueran antiguas cañerías de plomo, la porcelana cuarteada, un desagüe sellado.

Por un instante, entre intervalos de burbujas, pensaba en lo que hacía todos los días y todos los días hacía exactamente lo mismo. La vida es una repetición permanente, constante, de aburrimiento insufrible. Escuchaba el despertador a las 6:30, saltaba de la cama 6:40, se alistaba en treinta minutos, salía a trabajar sin desayunar. Detrás de la línea invisible sólo quedaba el abismo: intentaría algún cambio alternativo o la única salida que le queda era el suicidio.

Tenía miedo. Entonces cerraba los ojos con todas sus fuerzas y otra vez volvía a abrirlos. Pero ahora el lavatorio de su baño era el estanque gigante de un acuario internacional. O era, por qué no, el más extraordinario mundo submarino jamás descubierto.

“Opción número dos: la vida es hermosa.”

Una orquesta de cangrejos entretenía a los delfines que daban brincos acrobáticos, mientras pececitos de colores alertaban la presencia de románticas sirenas. Construía todos los días ilusiones diferentes dentro y fuera de su cabeza: escuchaba el canto del despertador a las 6:30, remoloneaba entre almohadones y sábanas de seda hasta las 6:40, elegía su mejor traje en veinte minutos, partía hacia el trabajo respirando la mañana llena de luz. Porque la vida era eso y nada más, un juego interminable que le permitía alimentar sus expectativas de crecimiento y superación a cada rato. La audacia de los pensamientos, el erotismo propio de las horas como un viento voraz. Tras la línea invisible había un jardín colmado de flores: si inspiraba profundo podía sentir sus perfumes.

En ese instante final, el último antes de morir ahogado, retiraba la cabeza del lavabo y llenaba sus pulmones de aire limpio. La bocanada era grande y profunda como un cráter, mientras se encontraba en el espejo que le aguarda enfrente. Podía sonreírse y confirmar al mismo tiempo que la noche seguía detrás de las persianas. La noche eterna.

Su psicoanalista tenía razón: siempre es bueno un cambio de posición.

 

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Cuarenta y siete minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

 

Entre los tatuajes de su brazo izquierdo, a la altura de la muñeca, tenía grabado un código. Ver aquella marca cada día implicaría continuar amarrado a su pasado. Entonces, como si se tratara de una herida, la cubrió con la venda del Gran Juego. Al menos por un tiempo podría hacer de cuenta que no existía y nadie conocería su procedencia.

Sentía las piernas débiles, como si hubiera corrido kilómetros. La respiración entrecortada y el corazón saliéndosele del pecho, igual que diez días atrás cuando puso en marcha el plan de escape que lo devolvería al mundo, pero dudó de su capacidad, flaqueó sólo un segundo, y fue suficiente para fallar.

Temblando, se ocultó detrás de unos troncos caídos por miedo a ser visto. Ratificaba una vez más lo débil que era, la inconsistencia de sus fuerzas. Nunca llegaría a lograr lo soñado, seguiría huyendo mil veces más y jamás dejaría de hacerlo.

Entonces, cerró los ojos y hundió sus dedos en la tierra húmeda. Le estallo la garganta en una carcajada que arañó sus tripas hasta hacerlo llorar y lloró como un niño, sin dejar de reír.

“Puede que no sea real”, pensó. “Pero la tierra está húmeda, como si la hubieran regado, como si hubiera llovido. Y el aire se respira limpio. Y el cielo está lleno de estrellas”.
El miedo a que todo acabara, con la misma rapidez que había comenzado, lo paralizaba. No se atrevía a cerrar los ojos por temor a despertar otra vez, encadenado a los muros de su celda, igual que los últimos siete años: los puños sangrando contra las paredes de piedra y los pies inmovilizados con grilletes.

Había recibido trescientos azotes por intentar escapar de la boca del infierno y, finalizado el décimo día, cuando logró, por primera vez, después del castigo, ponerse de pie, degolló al carcelero que le llevaba su única comida diaria.

Usó las ropas asquerosas del muerto para llegar sin sobresaltos al primer puesto de vigilancia. No lo pensó un instante: como venía andando, se arrojó desde lo más alto de la torre a las aguas hervidas. Los demás guardianes, pensando que se trataba de un loco suicida, lo vieron, compasivos, zambullirse en el vapor sin volver a salir.

Donde cualquier otro hubiera muerto en un par de minutos, él pudo nadar y alcanzar la otra orilla. Su cuerpo no era igual al del resto de los mortales, comprendió en aquel momento. Paradójicamente, lo que nació como una pulsión de muerte, le devolvió la vida.
Caminó alejándose hacia la luz, porque las puertas del inframundo estaban abiertas: era el día del Equinoccio de Noche. Estaba desnudo. La ropa se le había deshecho en las aguas, mientras nadaba. Necesitaba vestirse, confundirse en la multitud e inventarse una vida, otra vez.

“Si alguien pregunta mi nombre”, pensó, “le diré que me llamo… Martín”.

 

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Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”

 

Por suerte, la camisa estaba planchada de la noche anterior. El pantalón sobre el respaldo de una silla aguardaba ser usado y, junto a los zapatos lustrados, esperaban las medias limpias. Keiko había aprendido a ser ordenado en el Colegio del Buen Pastor. Ordenado y metódico. Allí, las acciones y las cosas tenían un tiempo y un lugar. Los minutos de las horas se contaban como Avemarías y, las horas en los días, letanía tras letanía.

Fue, sin pensarlo mucho, bajo la ducha de a ratos tibia y por momentos helada, recordando al Hermano Jesús María y su pesada sotana de lanilla. Le gustaba al cura hacer rezar a los pupilos antes de izar la bandera, frente al mástil del patio central, al alba de las duermevelas. Le gustaba que se retorcieran de frío en los mocasines, que les chasquearan los dientes bajo la escarcha cruda y se les entumecieran las extremidades hasta el filo más delgado de la carne. Pero él nada sabía de frío ni flemas, ni de mocos y bruma en la garganta. Se anudaba en las tramas de sus mantas, asfixiado entre los pliegues de sus paños y les obligaba a mantenerse erguidos, a no quebrarse nunca ante la tentación y dominar el temblor de la voz por encima de la bufanda.

– Viejo puto –lo llamaba el compañero que se ubicaba detrás de él en la fila, antes del último Amén–, ¡cuándo te cagarás muriendo!

Amaba los amaneceres igual que en aquel entonces. Siempre los consideró segmentos de resurrección tras una necesaria muerte transitoria. Pero también amaba la muerte oscura y agónica de cada noche que les antecedía. El sueño de los que no pueden permanecer despiertos. El miedo de los que pueden hacerlo en silencio. Sería absurdo pretender separar las raíces de la tierra fértil, entender la noche sin el día. La tormenta sin la calma o el amor sin el olvido. Sería casi como hallarnos en la explosión del orgasmo sin haber transitado sobre los cuerpos que señalan caminos.

Aquel día marcaría un antes y un después en su exótica vida. Aún no había terminado de asistir el parto de un niño que se llamaría Gonzalo, cuando le pidieron que corra urgente al quirófano porque había ingresado agonizando el hijo menor del doctor Amado.

Acababa de estar con Jerónimo hacía cinco minutos. Lo había visto partir apurado, entre risas, antes de tiempo, porque esperaba que el pequeño regresara a casa de una excursión. Atónito, corrió al quirófano y hundió sus manos en el cuerpo destrozado de la criatura, intentando retenerle la vida a cualquier precio. Pero se le escabulló junto con la sangre, los últimos latidos y el sentido final.

 

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