3014
Dos horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Hacía dos horas que Marito había llegado, como escupido por un tubo, a aquel extraño lugar de cuento fantástico. Con tanta mala suerte para él, que cayó de nalgas sobre una penca de aloe vera, y el alarido fue tan estridente que despertó hasta las lombrices que habitaban del otro lado del mundo.
Desde aquel primer instante hasta cumplidas las dos horas de su llegada no había dejado de gritar un segundo. Primero, al comprobar que le faltaba un zapato. La crisis derivó en un ataque de pánico tras la pérdida del charolado color berenjena. Segundo, cuando se vio embadurnado con barro hasta la médula, siendo su punto más álgido el trasero. Tercero, cuando comprendió que por quince días no iba a poder sentarse y, cuarto, cuando de distraído que era pateó un panal de abejas que lo hizo correr hasta la otra orilla del río, para luego terminar con el cuerpo lleno de ronchas.
Marito era tierno, un ser sensible en cada una de sus células, un arrebato de locura y risa incontrolable, una carcajada permanente y un tobogán de pasiones al infinito. Era bueno de alma, gritón, desbocado, chismoso y hasta desubicado. Pero también era inocente, puro y extremadamente humano, por eso nadie podía enojarse con él o evitar enredarse en sus delirios. Marito era un abismo de desbordes emocionales.
El único defecto que tenía era enamorarse en un abrir y cerrar de ojos, casi por impulso, arrebatado, sin pensarlo ni reflexionarlo. En aquel momento, en medio de tanta crisis histérica, sucio, desaliñado y lleno de picaduras, lo vio. Era un muchacho alto y delgado, desconocido. Yacía de pie sobre una roca, en medio del río, mirando al cielo, sonriendo como un niño, llorando como un hombre. Supo en aquel instante que sería imposible no entregarle la vida y el alma.
Allí comenzaron sus pesares, en aquel preciso momento, cuando bajó la guardia. Y allí comenzaría su infierno, que despertó a un Marito oscuro y peligroso que dormía en el interior de su corazón y que aún no conocía. Porque no hay nada más terrible, perverso y vengativo que un amante despechado.
3014
Cuatro horas, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Amelia clavó el cuchillo ensangrentado en la tierra con la intención de limpiarlo. Todavía le crujían los huesos y, a duras penas, podía mantenerse en pie después de lo vivido. Tenía barro por todo el cuerpo y el sudor de aquel viejo inmundo metido hasta el fondo de la nariz.
Fue la única en llegar al otro lado con los ojos abiertos, porque había usado la venda para amarrar al hijo de puta a la rama de un árbol, antes de hundirle su cuchillo en las tripas y revolverle la barriga como si fuera una sopa.
Era salvaje y cruel. Era vengativa e incapaz de perdonar. Todos estos defectos los había heredado de su madre, una psicótica clínica que, frente a las incalculables infidelidades de su marido, en lugar de pegarse un tiro en la frente, decidió volverse loca.
Amelia odiaba a quien la había parido. La culpaba de todas sus desgracias, incluso de los trastornos de su padre. Ratificaba diariamente que, de haber sido una mujer menos egoísta, superficial y competitiva, su progenitor no hubiera buscado en otras mujeres lo que en ella nunca encontró. La despreciaba tanto como a sus pechos enormes, que operó dos veces para quedar plana igual a un hombre. Le hubiera gustado nacer hombre, como su hermano, y no pelirroja y tetona como su hermana, igual de loca que su madre.
Sí: Amelia era perversa y acababa de matar con placer. Pero, por sobre todas las cosas, acababa de disfrutar con la muerte de aquel gusano. El dolor ajeno le brindaba una energía desconocida y vital, iluminaba su rostro desde el fondo de los ojos y volvía translúcida su piel.
Haber atravesado aquel portal mágico sin venda, la encegueció por horas. No podía reconocer cuántas. Sin embargo, el cuchillo permanecía en su mano, sin desprenderse, y lo hundió en la tierra una y otra vez con la intención de limpiarlo. No era natural el espacio, ni los colores, ni el aire fresco y puro. Estaba en otra dimensión.
Entonces sonrió, guardó el arma mortal en la cintura y echó a andar. Seguramente, no se encontraba sola.
3014
Treinta y cinco minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Luigi solía hablar solo y mezclando lenguas. Su discurso era el más esquizofrénico de todos, a pesar de la exactitud de sus teorías. Costaba muchísimo hilvanar principios en la construcción de su pensamiento hecho palabras, cuando tenía el don sobrenatural de desplazarse sobre múltiples plataformas conceptuales, disímiles y dispares.
–Estaba en una de las lomadas más altas –trataba de explicarle a una hormiga con la que había alcanzado cierto vínculo–, detrás de las ruinas del edificio antiguo, donde siempre hay personas jugando a tirarse tierra y ensuciarse. Gente tonta, que se entretiene haciendo estupideces. Llegué por casualidad, escapándole a la locura de la Fiesta. En ese preciso momento empezaron a sonar las sirenas. Me llamó la atención que no se vendaran los ojos. Estaban borrachos, excitados. No paraban de reír a los gritos y de revolcarse en el polvo arenoso y seco. Entonces bajé hasta lo más profundo de la grieta que alguna vez había sido un canal, y me senté a esperar sobre aquellas piedras escalonadas –señaló al norte, donde sólo había un campo de pinos recién plantados que, con sólo apuntarles su dedo, crecieron hasta perforar el cielo. Las escalinatas quedaron detrás, sumergidas bajo las aguas de un acueducto gigantesco–. No me gusta el Juego de las Vendas –prosiguió–. No me gusta que me toquen, que la gente me roce y me respire cerca. Odio el contacto físico. Detesto que me miren y me claven sus ojos en todo el cuerpo, así, así, así –y aplastó al insecto, con su dedo índice, una y otra vez–. Porque sé que no me entienden y se burlan de mí, de mi cabeza que no deja un segundo de analizar y estudiar y crear. Porque todos son inferiores, comparados con mi mente. ¡Con la mente de Luigi Saggio! ¡Del gran Luigi Saggio! Porque ninguno de todos esos pudo matarme, inútiles infradotados, incapaces de pensar en algo que no sea sus genitales. Porque nadie comprende lo que sé, ni entiende lo que entiendo. Y no quiero ser así, pero no puedo evitarlo. Por eso me aíslo y me encierro cuando interpreto las lenguas que nadie podría hablar y deduzco los logaritmos y las fórmulas que lo explican todo y justifican hasta la intersección final de la muerte sobre la línea trunca de la vida. Porque nada es azar. Porque todo es conocimiento en estado puro, aplicable y asociable. Porque todo lo sé, todo, todo, y todo lo podría contar –dijo Luigi, y relajó su cuerpo bajo el resplandor de una luna nueva–. Entonces, solo, muy solo, como un muerto, me vendé los ojos. Y permanecí allí, sin que nadie me viera, hecho un ovillo. Porque a los muertos nadie los ve. Hundí la cabeza entre las rodillas y me abracé a las piernas sin dejar de temblar. En aquel momento empezó el final.
2014
Mediados de junio. Córdoba. Cementerio San Jerónimo
Enriqueta terminó de acomodar las flores junto al ataúd de su hija Dulce cuando sintió que alguien golpeaba la puerta del panteón.
–Se demoró quince minutos –fue el saludo de la anciana vestida de luto riguroso, que en ningún momento descuidó sus labores para ver de quién se trataba.
–Discúlpeme, señora. Me acaban de informar que necesitaba verme y vine lo más rápido que pude –murmuró temblando de miedo un hombre delgado, con todo el cabello blanco, que debió haber rondado los cincuenta.
–Necesito saber sobre el avance de los experimentos.
Enriqueta hablaba y lustraba los candelabros de plata.
–Nos hemos demorado por ciertas imperfecciones químicas, pero me comprometo a recuperar el tiempo perdido en la semana que comienza –fue su respuesta.
–A más tardar el viernes próximo –añadió la vieja-, aplicará las nuevas drogas en el cuerpo de mi nieta Georgina.
El señor de aspecto retraído se mantuvo unos segundos en silencio, sin atreverse a pronunciar palabra, hasta que tomó coraje y balbuceó tartamudeando:
–Es una broma, ¿verdad?
–Profesor Gino Saggio, hace dos semanas acabo de enterrar a mi hija Dulce después de haber parido a mi primera nieta. Aquí me ve: en el panteón familiar. ¿Sabe por qué murió mi hija? Murió de tristeza. No soportó el engaño y la muerte de su marido cuando ella estaba embarazada de tres meses y él ni siquiera lo sabía, entretenido con su amante. ¿Cree, todavía, que tengo ganas de hacer bromas?
–El marido de su hija era un Sinpatrón, señora Enriqueta –trató de explicarle el científico –. Estamos hablando de sangre pura. Su nieta es una mestiza.
–Con más razón, Saggio: necesito a Georgina viva y joven dentro de mil años, cueste lo que cueste.
Enriqueta puso llave a la puerta del mausoleo Cárdenas-Redondo y caminó sola, por uno de los pasillos laterales del San Jerónimo, hasta llegar a la escultura central de Cristo resucitado. Allí se detuvo y observó los sepulcros de las familias más reconocidas de su ciudad: Reynalba, Lavella, Gledber, Del Huerto, Sinpatrón. Todas habían conocido el esplendor y la ruina, todas fueron poderosas y maléficas en algún momento de sus historias, y mezquinas o ruines, en otras. Tenían un origen común, un poder sobrenatural que venía de otro universo y que, tras las desgracias que a todas habían azotado en aquellos últimos meses, parecía haberse extinguido para siempre. Sin embargo, Enriqueta sabía que el mal seguía vivo, carcomiendo los cimientos. Ese mismo mal que mató a su hija dos semanas atrás.
En aquel momento debió ocultarse para no ser vista. Nora Blanche de Reynalba salía del panteón de su familia, sostenida del brazo de Juan Antonio Gledber. También ella vestía de luto, cerrado y profundo.
–Todos están muertos –pensó Enriqueta, apoyada en su bastón de oro–. Pero algún día regresarán. Y allí estaré para vengarme.




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