Los capítulos duraban media hora. El éxito fue tan rotundo que la novela se extendió durante ocho años. Pocos elencos fueron tan extraordinarios: Delfy de Ortega, Bárbara Mujica, Iris Láinez y Angélica López Gamio. Tenían edades diferentes, clases sociales diferentes, intereses muy diferentes; pero algo en común las unía, algo que les mantenía el alma ligada más allá de aquel instituto de belleza donde trabajaban. Seguramente, el amor o el desamor, como un nudo en mitad del pecho.
La vida es así, igual a un nudo. Se hace sin que uno se dé cuenta cómo. ¡Y andá a querer desatarlo! Caminás, te cruzás, te mirás… Ya nada vuelve a ser como antes. Cuanto menos buscás, más encontrás. Cuando más distraída estás, te sorprende.
“Fue sin querer…”, canta Serrat, “es caprichoso el azar…”
Y el paso del tiempo es algo que no deja de darme miedo. Esos momentos inesperados en los que todo cambia en un segundo, en un minuto, en media tarde. El paso del tiempo que te ata y te desata a su antojo mucho antes de la última taza de café, de la parada de colectivo que te lleva a casa. De ese número telefónico que no debí haber marcado.
I
Perla, Ana, Mónica, Paulina y Clara integran mi grupo de amigas más íntimas. “Las inseparables”, como nos hacemos llamar. Esas que no se reemplazan con nada. A veces pienso: “Qué sería de mi vida sin ellas”, y no puedo responderme. Cada una con sus locuras a cuesta, sus propias debilidades e insatisfacciones, sus berrinches y sus innumerables bellezas humanas, llenan mis días de color y me hacen reír hasta el desmayo. También me hartan, debo reconocerlo, me saturan, me agotan, son cansadoras, caprichosas, malhumoradas, pero son tan adorables, tan “buenas chicas”, mis amigas del alma.
Excepto Mónica, todas habían sido “niñas cristianas”. Católicas fervorosas y practicantes, algunas de misa diaria; otras, dominical. A Anita y Clara las conocí por medio de Perla. Las tres integraban el grupo parroquial La Llamarada Sagrada, del cual Paulina ya era coordinadora de la rama adolescente desde hacía años. Ella siempre tenía que ir a la cabeza, aunque más no fuera en algo, porque si no la frustración era demasiado grande. En realidad, lo que tenía era muy baja su autoestima, pobre Pauli, pero imposible decírselo con el carácter podrido que la identificaba.
Sin embargo, haciendo frente a toda condena humana o divina, y pisoteando el liderazgo de Paulina, desplazándola a un insoportable segundo lugar, la única que tuvo la osadía de enamorarse leyendo la primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios fui yo. Sí, señora, porque cuando de llamar la atención se trata, ocuparé hasta el fin de mis días el primer puesto.
Esto generó un odio irreductible en la líder cristiana que, a modo de ejemplo, cuando recibí mi primer ascenso laboral y todas brindamos por el éxito alcanzado, su comentario fue:
‑¡Qué país bananero!
En síntesis, como dice mi prima psicoanalista, “yo nací para dar el gong antes de que suene la campana”. En todo soy una mujer de avanzada que abre caminos y marca tendencia. No excesivamente bella. La más bonita de todas, a mi humilde entender, siempre fue Moni, una extraña mezcla contemporánea entre vedette de los sesenta, bailarina disco de los noventa y botinera del siglo XXI. Yo, si voy al gym, es para hacer sociales o presumir tipos. La mayoría de las veces casados, aclaro. No porque los busque, sino porque se me pegan como ventosas.
De todos modos, también dicen que tengo mis encantos, pero le atribuyo a mis rulos indomables y a la tortura de casi una década con ortodoncia el haber perdido muchos de mis talentos naturales. Lo que indudablemente juega a mi favor es la longitud de mis piernas, mejores que las de cualquier modelo. Derechas, avasallantes, envidia de todas, especialmente de Clarita, que nació con sus patitas cortas, mucho más que su tronco, y parecidas a un sifón. Esta es una realidad que la tiene penosamente acomplejada.
Volviendo al tema que nos atañe: las desgracias en mi vida comenzaron con la Carta del Apóstol Pablo, pero las mismas ya habían sido vaticinadas la Nochebuena anterior, cuando mi papá descorchó un ananá fizz y el producto de la corteza del alcornoque fue a parar directamente al centro de mi cabeza. Todo el mundo calló, el silencio se impuso, y nadie se atrevió a hablar hasta que la más cizañera de mis tías no pudo con su genio y arrojó la primera piedra:
—En ese corcho hay un anuncio —dijo. Y al anuncio, en plena Cuaresma, lo traería Saulo.
El amor me fue ingrato y despiadado el destino, igual que a las protagonistas de las novelas que de niña miraba con mamá. Tanto que, durante mucho tiempo, me enojé con Dios y, principalmente, con el Apóstol. Hoy ya estoy reconciliada y, aunque me pese, acompañada. Esto no quiere decir que el amor me sea grato, sólo estoy buscando a quién poder echarle la culpa.
El hombre con el cual comparto mis días en este presente, a cada instante y en cada momento, no es el que realmente querría tener a mi lado. Y no porque le falten virtudes; todo lo contrario, creo que le sobran, y encima me ama tanto ¡pero tanto! que esta situación comienza a aburrirme. Mi psicóloga afirma, precisamente, que este aburrimiento se debe, ante todo, a ese exceso de amor que manifiesta hacia mi persona y a que no toma la bendita decisión de empezar a tratarme mal y hacerme sufrir un poco. ¿Será esto realmente así?
Mis amigas aseguran que su excesivo parecido con mi padre es lo que hace que no pueda separarme de él o, lo que es peor, que no me atreva a darle la patada en el culo que se merece. ¡Y sigo esperando algún cambio! La gente no cambia, a ver si lo entiendo de una vez. La gente se acepta como viene de fábrica o se la deja a la orilla del camino y se la olvida. Pero ¿cuánto me llevó comprender esto? Marcos, este buen muchacho, tan trabajador y tan enamorado de mí, a quien rotulan “mi novio”, ya fue hecho con ese molde y nada lo va a modificar. Igual que Pedro Luis. ¡Sí, P.L.! Así se llama el galán de culebrón: Pedro Luis. Por más que hayan pasado cinco años del final de nuestra historia (si es que alguna vez fue una historia), sigue siendo el mismo egoísta, miedoso, poco hombre, rubio y con ojos verdes que he conocido. ¡Y pensar que a mí siempre me gustaron los negros! El día que Mónica soñó que era novia de Chayanne estuve dos semanas completas sin dirigirle la palabra, ni atenderle el teléfono y, mucho menos, abrirle la puerta.
Pensándolo bien, yo creo que hasta podría enamorarme de Marcos si él cambiara una que otra actitud, entre ellas, algunas relacionadas con la cama. El problema central es que, para incrementar sus arcas, trabaja tanto que ahora comenzó a viajar fuera de la provincia. Por esta realidad mis amigas decidieron apodarlo “el rosarino”: de treinta días que tiene el mes, veinticuatro se los pasa en la ciudad del Monumento a la Bandera. Y a los cuatro restantes que me quedan tengo que compartirlos con su madre de ochenta años (medio perdida por la esclerosis), su gato beige, sus eternas llamadas telefónicas a los proveedores y la lesbiana insoportable de su socia. Además, tiene la pésima costumbre de echarse a reír cuatro segundos antes de alcanzar el orgasmo. Nada me desconcentra más que su risa de payaso Plin Plin cuatro segundos antes del orgasmo. ¡Me distraigo, veo el techo, la lámpara, el llavero de perro con cuerpo de resorte, me acuerdo que tengo que pagar la factura de la luz, me molesta su peso, lo huelo y no quiero olerlo, me fastidia, me indigna, me enoja! Pero es tan bueno, tan trabajador, y me quiere tanto.
Creo que debo tomar coraje y ser sincera con él.
II
Las seis juntas somos un hervidero, una olla a presión a punto de estallar. Porque nuestras diferencias son abismales; pero nuestras semejanzas, profundas. Están encarnadas, echaron raíces. Aprendimos a convivir a pesar de los desacuerdos y sobrellevando los tiempos difíciles. Es raro que caigamos al mismo tiempo y, si así pasara, encontraríamos la manera de apoyarnos unas en otras hasta levantarnos. Porque en eso se cimienta la amistad: en las miradas, las sonrisas, las distancias. ¡Qué tristeza tan grande la de aquellos que confirman no tener amigos!


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