3014
Un segundo, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Tulio era por demás obsecuente. Su bajeza a la hora de cumplir órdenes lo ubicaba, prácticamente, al mismo nivel que un gusano.
Nadie podía decir si era o no un tipo inteligente, porque a ciencia cierta sólo existía y accionaba a partir de los mandatos de otro. Nadie podía aseverar si se trataba de una mala persona, porque en realidad no era bueno ni malo, era tibio, y eso lo convertía, la mayoría de las veces, en un ser indeseable.
Pero Tulio era bello, extraordinariamente bello, y semejante belleza ponía paños de agua fría a su miserable personalidad.
La fantasía de poseerlo, en alguna medida, opacaba toda mezquindad humana que pudiera observarse en él. La pasión que generaba el deseo caníbal de masticarlo hasta deglutirlo convertía su existencia de mierda en el objeto más codiciado del mundo.
Sin embargo, aquella noche fue diferente a muchas otras. La mujer que le cabalgaba encima le provocaba algunas cosas extras, aparte de las ganas naturales de tener sexo. Y, lo peor de todo, es que hizo que se le pasaran por alto algunas órdenes recibidas.
Cuando llegó la hora del gran Juego de las Vendas, Tulio y la muchacha desconocida estaban lejos de la multitud, detrás de la puerta Oeste que conducía al inframundo, sobre una piedra plana, completamente desnudos. Él, recostado de espaldas, y ella, montada a horcajadas, se dejaba bañar el pecho con los tintes azules de la noche.
Entonces, la mujer le vendó a Tulio los ojos, sin dejar de agitarse como un velero en el mar.
Perdido en la oscuridad más profunda, el muchacho sintió una descarga eléctrica en el centro de los huesos y se contrajo como un animal herido. Furioso, se arrancó la venta y pateó la nada, pensando que se trataba de una broma de mal gusto que le hacía la muy puta que cargaba encima.
Permaneció inmóvil al ver que la mujer ya no estaba sobre él. Había desaparecido junto con la roca, su ropa y la puerta al inframundo. El silencio era igual al de una tumba bien sellada, donde el aire se acabaría de un momento a otro. Entonces, se le heló la sangre al verse desnudo sobre una alfombra de hierba humedecida.
“¿Hierba?”, pensó. Le habían hablado de algo así, fresco y de color verde, que existió cuando el mundo era habitable, miles de años atrás.
3014
Diez minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Memé corría descalza sobre un camino de piedra filosa. Tanta era su locura que no sentía la sangre a borbotones en la planta de los pies ni el pis corriendo por sus muslos. Temblaba de miedo. Lloraba con asco de moco y baba, y corría. Corría como loca buscando algo, cualquier cosa, no sabía qué. Lloraba y gritaba, pedía socorro a la noche estrellada, al aire que le golpeaba la cara.
Tenía en su cabeza millares de imágenes que corrían a la velocidad de la luz, pero sólo una se le repetía, cien y mil veces: esa del hombre alto que le gustaba. La del muchacho enamorado de su hermana Dadá. La imagen del tipo que la miraba, la desnudaba y le sonreía, creyendo que era Dadá, porque Memé le había robado un vestido y copiado el peinado. La imagen de la medianoche, la del momento de cubrirse los ojos. Y el hombre buscándole el cuerpo de puta gratis, y ella hundiendo su mano entre las piernas de aquel desconocido que no le pertenecía. La imagen de la lengua húmeda en su boca, entrando y saliendo como una lombriz terrosa. Y el flash de luz que lo chupó todo. La desaparición del mundo, la percepción del universo bajo sus pies.
Entonces se vio, de repente, escupiendo un mar de sangre que no era su sangre y un pedazo de lengua que no era la suya. El desconocido también había desaparecido, junto con su entrepierna y el paisaje desolado. Sólo quedaba de él un recuerdo muscular, un pedazo de aquel órgano en la boca de Memé que le había arrancado en el cimbronazo y estaba masticando como si fuera un chicle.
Al comprender lo que había hecho, Memé puso sus entrañas en erupción y no pudo más que vomitar el pedazo de lengua humana junto con la mitad de su estómago, casi todo su pasado y la traición entera a su hermana. Fue entonces cuando algo se quebró en su cabeza, enloqueció de golpe y echó a correr sobre piedras filosas.
3014
Cuarenta segundos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Era el más bello de todos. Extremadamente gentil y locuaz, el caballerito con tiradores y moño de terciopelo enroscado al cuello. Hermoso como una pradera en noviembre. Todavía parecía un niño, simpático y seductor, delgado y fibroso. Armónico en su totalidad, ni rubio ni morocho. Perfecto.
Descendía de una de las familias más repudiadas de ángeles caídos y cargaba sobre sus hombros un destino de insatisfacción infinita: su parte humana se enfrentaba a su parte alada en una lucha permanente y constante.
Hubo reinas que mataron por él y no les importó ser decapitadas. Algunas sirenas lo envidiaron hasta desearle la muerte. De Montua a Verona un mensajero se retrasó, adormecido entre sus sábanas, y aconteció una desgracia.
Siendo muy joven, cuenta la leyenda, que un emisario papal golpeó la puerta de su casa para informarle que el Santo Padre solicitaba su presencia. Viajó por tierra y mar hasta la Sede Sagrada. Allí le presentaron a un afamado escultor que pasó eternidades de su vida estudiándole las manos. Bajo el dedo Divino, su dedo humano mereció el soplido de Dios.
Se llamaba Adán, como el primer hombre del cual deviene la humanidad entera, y fue un error celestial no medir el grado de su hermosura: al igual que Dorian Gray, quedó atrapado en los conjuros de la desgracia. Atravesó la historia de cabo a rabo sin hallar el amor, buscándolo con desesperación en su andar andrógino, inútilmente. Perdió la conciencia del saber y, las cuentas sin saldar, le cobraron muy caro tanta perfección. Hubiera preferido ser un monstruo despreciable, oculto en los campanarios de alguna catedral, pero sabiéndose capaz de amar y despertar amores reales.
Aquella noche, con los ojos vendados, se deshizo igual a una montaña de polvo en el viento. Al quitarse el paño y ver que el mundo había cambiado por completo, creyó ser libre de una buena vez y fue feliz después de millones de años. Entonces escuchó los gritos atroces de una señorita elegantemente vestida y con barro hasta las narices, que corría desesperada, llamando a su abuela. Trató de detenerla, de socorrerla, pero fue inútil. La joven lo atravesó al medio sin siquiera percibirlo, como una lanza al aire, como si nunca lo hubiera visto. Pudo comprenderlo al instante: en aquel fantástico lugar de ensueños era invisible.
3000
Catorce años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
El oficial de la Guardia Real Augusto Sotomayor recibió, en la antesala del comedor de su casa, la más tremenda de las órdenes: tener que comunicarle al doctor Jerónimo Amado la muerte de su hijo menor, Ignacio. Permaneció en silencio largo rato, con la notificación en la mano y la cabeza aturdida, pensando en cómo lo miraría a los ojos y se lo diría. En casi veinte años, calendario gregoriano, de oficio y con más de treinta insignias en la chaqueta, reconoció que por primera vez se le hacía un nudo en el pecho al momento de ejecutar una orden. Trató de imaginar la situación, de hilvanar el discurso un millón de veces, pero nunca pudo acabarlo. Llovía tanto afuera que buscó distraerse entre las opciones de ir con su automóvil o con algún coche de la Milicia. Llegó a preguntarse, en su arrebato por disipar la angustia, si sería más conveniente vestir uniforme diario o traje civil. Dobló la notificación en cuatro partes y la guardó en el cajón de un mueble cercano.
“Estamos preparados para todo. La traición, los éxodos, los derrumbes. Todo puede superarse“, pensó, mientras se acomodaba la gorra frente al espejo del zaguán. “¿Pero, cómo se enfrenta un hombre a la noticia de que su hijo ha muerto?”
La voz del más pequeño de sus varones lo devolvió a la penumbra de aquella sala un tanto antigua, a los truenos y el corretear de la gente pasando frente a los postigos. Giró para mirarlo y le sonrió con una dicha egoísta. Era rubio como su esposa, tenía los ojos gigantes de almendras y la sonrisa atravesándole la cara.
–Papá… ¿vamos a jugar? –preguntó el pequeño.
–Papá no puede jugar ahora, Tulio –respondió el oficial–. Papá tiene que trabajar.
Le hizo un gesto cariñoso en la cabecita y cosquillas en el cuello para oírlo reír. Supuso, como al pasar, que el hijo del doctor Amado debería tener prácticamente la misma edad del suyo. Pero era Ignacio el que estaba muerto, mientras Tulio se aferraba a sus pantalones de uniforme, bajo el marco de la puerta, con la risa desbocada en la garganta. Algo en los destinos de ambos había sido escrito de aquel modo para que uno concluyera tan rápido su vida, y al otro le quedara tanto por andar.
3014
Veintinueve días, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”.
Máximo decidió ir caminando hasta la mansión de los Cárdenas-Redondo, donde tenía, a media mañana, reunión con la señora Enriqueta. Bajó por el ascensor, en la vereda respiró el aire de la mañana, contempló con cierto recelo la casona rosa anclada frente a su edificio y subió hasta el boulevard central. Caminando bajo la sombra de los palos borrachos, avanzó hasta toparse con las rejas de la antigua construcción familiar. Vestía el mejor traje de su guardarropa, los gemelos heredados del doctor Amado y un bombín milenario que circuló por línea materna hasta llegar a sus manos.
–Buenos días señor Máximo Amado –lo saludó una de las secretarias más cercanas a Enriqueta.
–Buenos días. Tengo una cita con la señora Enriqueta Cárdenas-Redondo.
–Deberá disculparla –respondió la muchacha–. La señora se encuentra un tanto indispuesta y decidió no bajar de las habitaciones. Sin embargo tenía muy presente la reunión con usted. Me pidió encarecidamente que le entregara esto.
Y la muchacha extrajo, de uno de los cajones de su escritorio, una caja metálica. Con sumo cuidado la colocó frente a Máximo y comentó:
–Tiene su código de seguridad personal.
Entonces, Máximo pensó en su registro de empleado de Gobierno y la caja se abrió al instante. Adentro había una extraña pistola de uso medicinal y cuatro ampollas con un líquido espeso, color magenta.
–Las indicaciones de proceso le serán dadas a su debido tiempo y cuando el Consejo de Ejecución lo considere necesario. No se preocupe por eso.
La mujer se puso de pie obligándolo a hacer lo mismo. Estirándole la mano, lo saludó:
–Que tenga buenos días, señor Amado.
3012
Dos años, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Nunca sonaron las alarmas. Antes de que el doctor Saggio pudiera reaccionar, una cuadrilla privada del Consejo de Ejecución había destrozado la mitad de sus oficinas buscando, aparentemente, algo que tenía oculto. Intentó gritar, pedir ayuda, defenderse a las patadas, pero en cuanto empezó a hacerlo, recibió un puñetazo en la boca del estómago que lo quebró al medio y le partieron la cabeza con una silla. Luego lo arrastraron hasta el archivo donde guardaba los registros de toda una vida de trabajo y lloró a gritos viendo sus estanterías repletas de documentación desplomarse unas sobre otras.
Se marcharon sólo cuando ya nada quedaba en pie. Después de haber arrojado al doctor Saggio del cuarto piso del Centro de Investigaciones que había heredado de su abuelo paterno, prendieron fuego al edificio con los tres empleados de seguridad y los cuatro ayudantes de laboratorio que se encontraban en aquel momento, encadenados y amordazados a la mesa principal de operaciones. Habían respetado la dinámica milenaria de ejecución de cualquier sacrificio religioso, ofreciendo al más preciado y condenando a los corderos.
De aquel acto salvaje sin precedentes obtuvieron únicamente una carpeta. Fue lo único que se llevaron. Una carpeta con más de cien hojas foliadas, selladas y rubricadas. Una carpeta con un rótulo en el ángulo inferior derecho de su portada, donde el científico asesinado había escrito, horas antes, de su puño y letra: “Civilización R. Equinoccio de Noche: Las Tres Marías. Centro de Experimentación Nuclear. Laboratorio: Proyecto Final”.







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