UN TORTUGO RUBIO Y EGOÍSTA – CAPÍTULO 1: «Una voz en el teléfono»

maqueta 1

 

“Pretendí, desde la simpleza, transitar por los caminos de la novela rosa, brindando el más sincero y agradecido homenaje a todos aquellos que dieron lo mejor de sus vidas para crear las más apasionantes historias de amor. A cada uno de los involucrados y mencionados en este texto, con el mayor de los respetos, gracias, gracias, infinitas gracias”.

                                                                                                                                                             Gabriel

 

“En toda novela rosa, los secretos se descubren al final”.

 

 

Todos los días, exactamente a las seis de la tarde, se encendían los televisores y se paralizaba el mundo ante el clamor desesperado del Paz Martínez: “¡Hoy no me llamó! ¿Qué pasará? ¿Por qué esta vez no me llamó?”. Casi tan desesperado como el correr de Carolina Papaleo al teléfono cuando lo oía sonar. ¡Y cómo no iba a correr hecha una loca, si del otro lado le hablaba Raúl Taibo!

La historia de la telefonista huérfana, acusada de cometer un crimen, y el viudo buen mozo, con una hija pequeña, totalmente descreído de la vida, se convirtió en un clásico nacional.

Corría el año 1990. No debí haber tenido más de catorce años y ya soñaba con una gran historia de amor para mi vida (con Raúl Taibo, por supuesto). Con una única e increíble historia de amor, en la que la protagonista (o sea, yo) sufriría y no pararía nunca de sufrir, segura de que, algún día, iba a alcanzar la felicidad (con Raúl Taibo, obvio).

¡Qué chiquilina tonta! ¡Una apasionante historia de amor! Pensar que con el tiempo empecé a conformarme, aunque más no sea, con una historia de amor común y corriente y, lo que es peor, con tratar de no perder las esperanzas de encontrar un amor.

A esta altura de la soirée, no sé si Alberto Migré fue el genio de la novela rosa hecho hombre o el peor enemigo de la raza femenina.

 

I

 

Tomé con mi mano derecha el celular y dudé. Nadie hubiera imaginado lo que estaba por hacer. Miré la pantalla, un instante, recordándolo todo, y algo en mi alma se astilló una vez más. Había demasiado ruido en el comedor de mi departamento y en el cruce de las avenidas, ocho pisos abajo, pero igual logré abstraerme. Cinco años, hasta antes de almorzar, me hubieran parecido una eternidad. A las dos menos cuarto, y de sobremesa, me parecieron un segundo.

Con velocidad inalcanzable, utilizando sólo el dedo pulgar de la mano con la que cargaba el minúsculo aparatito telefónico, presioné el botón redondo del centro (¡tuc!) y se iluminó. Luego, el superior de la derecha, bajé con la rayita ubicada debajo del círculo hasta Mensajes Nuevos, y otra vez el botón de la derecha.

Nuevo visor, ahora en blanco, y cursor titilando. No sabía qué escribir. No lo había pensado. Ni siquiera remotamente sospeché que acabaría haciéndolo.

“Cinco años… Cinco años…”, repetí en mis pensamientos. “¡Es una locura!”. Pero me moría de ganas. ¿Qué hubiera dicho mi psicoanalista? “Mejor abortar ciertas ideas, ¿no le parece?”

“¿Seguirá con el mismo número? ¿Y si pertenece a otra persona? Mucho peor: ¿si ahora lo usa su mujer?”, pensé. Decidí jugarme. ¡Jugarme, eso mismo!

“Si no es más que un juego“, me dije autoconvencida, “por qué negarme el derecho a jugar y divertirme un poco.”

Entonces, escribí el mensaje en un segundo: “Hola… ¿Cómo estás?”. Al resto lo hice presionando sólo el botón de la derecha con el dedo ultra veloz: incluir número, enviar, ok, único receptor, nombre. Busqué la letra “p”, después, busqué P.L. Ok, ok, ok, ok. ¡Mil veces ok! Esperar. Esperar. Esperar. ¿Hasta cuándo esperar? Mensaje enviado. Respiré profundo.

“Ya está”. Dejé el celular sobre la mesa, cerca del plato, y traté de no pensar en lo que acababa de hacer.

 

II

 

Paulina miró desde el agujero que tenía por ventana en su comedor y perdió la mirada en el agujero del departamento de enfrente. Escasos cinco metros distaban entre uno y otro. Los dos desembocaban en un patio luz, que de patio no tenía nada y, de luminoso, menos.

Comenzaban a sudarle las manos. Se le aflojaban las piernas y el corazón era un bollo de papel apretujado en el fondo de un cesto. Pero nunca sería capaz de reconocer que tales síntomas de debilidad la solían carcomer. Era una dama de hierro ante el mundo. Este mecanismo de defensa le valió el apodo, muy bien colocado por Perla, de “Margaret Thatcher”.

Percibió el olor a costeleta que emanaba de aquel departamento como si se tratara de un Chanel Nº 5 y, sobre la mesa con mantel de hule, pudo ver que su vecino había colocado un plato irrompible, un rollo de papel absorbente, un frasco de mayonesa reducida en valor lipídico con jugo de limón y la jarra de chopp donde tomaba agua mineral sin gasificar.

“¿Reeealmeeenteee?”, pensó Paulina, copiando la expresión ya de mi patrimonio, repasando con su mirada semejante escaparate colmado de productos en oferta. “Como demasiado mal gusto junto, ¿no? Y yo que soy…”. Prefirió no definirse. “Estar haciendo esto“. Era caer muy bajo. Sin embargo, la tranquilizaba creer que sus amigas no teníamos forma de enterarnos (¡pobre ilusa!).

Esta debilidad provocaba en Pauli una angustia insoportable. Se odiaba y no podía perdonárselo. Conocido como “El Agente”, su vecino de enfrente, al mostrarse casual-casual a cualquier hora, subiendo o bajando las escaleras del edificio, con un uniforme espantoso de gabardina azul, despertaba en ella sus más bajos instintos. Imagínense cuánto más a la hora del almuerzo, mientras cocinaba y paseaba frente a la ventana, iba y venía descuidadamente, vistiendo un diminuto calzoncillo elastizado.

¡Pero el muchacho estaba en su casa! Era su vida privada, podía hacer lo que quisiera y Paulina no tenía por qué espiarlo, arañando la persiana, igual a una vieja chismosa, vouyerista e insatisfecha.

“Debería aparecer en cualquier momento”, calculó atenta.

La ansiedad iba devorándola y lo aclamaba en celo, a grito ahogado y pecho exaltado. Entonces, el hombre se asomó. Plano americano, sólo para su deleite. Cuerpo de guerrero bravo, cual actor porno, morocho insaciable y dotado. Sostenía la sartén con las costeletas y los huevos fritos (de cuya existencia recién se enteraba), luciendo su habitual calzoncillo elastizado, maximizando aún más la redondez de su trasero y la exacerbada protuberancia de sus genitales.

—¡Eeeeehhhhh!… —aulló la muy loba, aferrada a las gruesas cortinas de lona para no desfallecer, siempre inmutable y dibujando las apariencias, como si estuviera frente a los entrometidos micrófonos de la BBC.

 

III

 

Reí. Intenté sumarme a la charla. Casi no pude. Chipaca, mi amiga correntina, discutía con los actores de la telenovela. El televisor aturdía. Antes de darle el primer bocado a mi flan con dulce de leche, chirrió y vibró el teléfono sobre la mesa, muy cerca del plato, exactamente donde lo había dejado.

Estaba todo iluminado. Celeste y brilloso. En el visor decía: ¿Leer?

Me temblaron las manos. Me temblaron los pies. ¡El cuerpo entero me tembló! A pesar de todo, mantuve la compostura y tomé el celular como si nada. Apreté unos ciento cincuenta y tres botones y leí lo que me habían respondido: “Bien.”

“¿Bien? ¿Sólo bien me había escrito el muy tacaño?”, pensé con enojo. ¡No había cambiado en nada, continuaba tan mezquino como siempre!

Y volvió a chirriar y vibrar el aparatito ahora en mi mano. Fue como una descarga eléctrica. En realidad fue peor, algo así como un cimbronazo, un temblor de tierra a la hora de la siesta en pleno verano. Toda azul brillaba la pantalla y otra vez me preguntaba: ¿Leer? “¡Sí, sí, quiero leer, muero por leer! ¿No te das cuenta?”.

“¿Quién sos?”, me preguntaba en este segundo mensaje. “¿Quién sos?, y comprendí que decírselo era imposible, pero mentirle no quería. Obviaría algunos detalles.

Cerré mi cabeza al mundo, entré en la casita a cuestas como un caracol y le respondí: “Te extrañaba, rubio. ¿Seguís tan lindo como siempre?”. Su inmediata respuesta fue: “QUIÉN SOOOS!!!”, así como se lee, con mayúsculas, muchas “o” y muchísimos signos de admiración después de la última letra. Muy diferente al “¿Quién sos?” del mensaje anterior. Entonces contesté: “Mmm… ¡Sorpresa! ¿Te mata la curiosidad? Je, je…”. Terminante, sentenciando, me respondió: “Decime quién sos o no te respondo más”. “¡Ah, bueno! Amenazando el señor!”. Sin preocuparme demasiado, disfrutando mi flan con dulce de leche, contesté: “Ok, seguimos con el mismo carácter de siempre. ¿Qué estás haciendo?”. “Así que evadiendo…”, debió haber pensado, y me siguió el juego: “Trabajando”. Irónica: “¿Cargando bolsas de cemento?”. “No te burles. ¿Me vas a decir quién sos?”. El dulce de leche casero de tía Flor era lo más, pero la excitación evidentemente no venía por lo gastronómico. Así que, cambiando de actitud: “¿No lo adivinas?”. “No, no tengo idea. Debés ser una zarpada…”. “¿Zarpada? ¿Por qué?”. Confirmado. No venía por lo gastronómico: “Mmmm… ¿Qué te gusta?”. Perverso y degenerado (¿cómo puedo ser tan vulnerable a esta raza de hombres?): “Lo mismo que te gusta a vos”. “Uyyyy, entonces sos bien cochina”. “Me atrevería a decir un poquito más. Ya nos conocemos”. “¿De dónde?”. “De la vida”. ¡Lo maté! “¿Filosofía barata?”. “Ja, ja, ja.”. “¿A qué te dedicás?”. Como sea, quiere saber: “Me gustaría estar susurrándote cositas al oído…”. ¿Se puede ser tan perra? ¡Esta no era la intención! ¿Pero ahora cómo retorno? “¿Arte?”, preguntó él. “Mi boca en la nuca, sintiendo como te estremeces…”, respondí yo. Nueva opción: “¿Música?”. Respondí: “Acariciarte el cuerpo entero y besártelo…”. El dedo en la llaga. Comentó él: “Me parece que Letras…”, y me atraganté con el dulce de leche. Chipaca no desvió un minuto la mirada lela del televisor, donde pasaban una novela de Laport, pero preguntó casi a los gritos con la boca llena de ensalada mixta:

¿A quién mensajeas tanto, che?

¡A mi mamá, no sé qué le pasa!

No era tonta la correntina y me conocía demasiado. Sorteé el escollo. Volví a escribir: “¡No te pienso decir!” ¿Sospechará? “O Periodismo… ¿Di en el blanco?”, contestó. Se me heló la sangre. Encima no había enviado las últimas notas a la Editorial y el número de la revista salía en cuatro días. “Frío, frío…”. Me pareció patético lo que acababa de escribir. Yo debí haber estado trabajando en vez de intentar recuperar bueyes perdidos. “¿Y vos… qué hacés?”, preguntó él. ¡Gracias, Dios! “También trabajo, y pienso en vos…”, le respondí. “¿Estás sola? ¿Te estás… tocando?”. ¡Ahí quería anclar mi inconsciente reprimido! ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar? “¡¡¡Sí!!!” Envío falló. ¡¡¡Nooo!!! Lo intenté otra vez. Envío falló. Y otra vez. Envío falló, y falló y falló cien veces más. ¡Siempre falló! El “¡¡¡sí!!!” con triple signo de admiración nunca partió virtualmente.

* 150. (“Su saldo está por agotarse…”)

No dije nada, me puse cabrona y arranqué el bolso de la silla. Corrí furiosa al quiosco de don Aldo ante la expresión azorada de Chipaca que, milagrosamente, desvió su mirada del cuerpo esculpido a mano de Sebastián Estevanez.

 

IV

 

En menos de quince segundos desarmó su taller, mientras buscaba la máquina fotográfica digital sin poder dar con ella. Desbarató cuanto canasto y baúl se le cruzaron en el camino, repletos de antiguos diseños, cartones, revistas, pastas, espátulas, arrojándolo todo por el suelo, pero nada. ¡Nada, nada! O, mejor dicho: ¡todo, todo! Todo menos la máquina fotográfica digital.

Anoche te la olvidaste en casa… le informé, mientras caminaba echando chispas, en busca de una tarjeta telefónica para cargarle a mi detestable aparatito. Solía acabársele el crédito siempre en los momentos menos oportunos. La oí despotricar un rato y la comunicación se cortó. No le presté en absoluto atención. Demasiada adrenalina ya me traían los mensajes de texto, el pasado y mi teléfono del diablo, como para sumar al cóctel los delirios de esta otra tarada.

 

V

 

Las clases de Localizada eran durísimas. Encima, los martes desde las dos de la tarde hasta las tres y media, Clásico Avanzado. Esos escasos veinte metros que Mónica debía recorrer desde el aula hasta los vestuarios, hubiera preferido hacerlos en camilla, pero siempre estaba lleno de hombres hermosos que iban y venían, y ella había nacido para lucirse y mostrarse espléndida. Entonces, sacaba pecho, paraba la cola y, tarareando Como una Loba de Valeria Lynch, avanzaba meneando la botellita de energizante, cero alcohol, multivitaminas.

¿Agotadas y derrotadas? ¡Jamás, chicas! era su lema de vida. ¡Esbeltas y triunfadoras: siempre!

Para males, a media tarde, aquel mismo martes tenía turno en lo de la depiladora. ¿Se podía ser tan peluda? ¡Sólo pensarlo la constipaba! El cavado le hacía saltar lágrimas de sangre y mordía la almohadita cuando, sin tapujos, la cera abría caminos en medio de la selva. ¡Ni hablemos de la tira de cola! Pero… bueno… era el precio que estaba dispuesta a pagar por convertirse en una chica Cibrián, diosa entre battementsjete y grand ecart, entonando el solo de Lucy Westenra, agitando la capa con moñitos negros. Porque después de haber visto el musical, no volvió a conciliar el sueño hasta que su modista le cosió una exactamente igual a la de la protagonista, con la que pudiera jugar en aquellas noches descontroladas de lujuria junto a la sucesión de amantes que le invadían la cama. Aunque ellos pidieran “La Enfermera Sádica”, “La Colegiala Ingenua” o “Caperucita Roja Perdida en el Bosque”, ella siempre terminaba convenciéndolos de sucumbir bajo los poderes malignos de “Lucy: la vampiresa de Drácula”.

 

VI

 

Perla llegó a creer que, en alguna vida pasada, debió ser tan mala como cualquiera de las Mujeres Asesinas de los martes por la noche. Porque, además de cargar con los temblores de cabeza producto del estrés, las parálisis corporales debido a las fobias originadas tras las conversaciones telefónicas con su madre y la angustia que le causaba saberse la única virgen del grupo, cuanta desgracia andaba dando vueltas por ahí se le caía encima.

Se caracterizaba por ser la más calladita en una fiesta, la más estoica cuando alguna de sus amigas estaba depresiva (¡siempre firme al pie del cañón!) y la más devota en las labores ordinarias de lavar, enjuagar, tender y planchar. Ella recordaba los cumpleaños de todas sus amigas, los aniversarios, los compromisos, los enlaces, los divorcios y hasta los onomásticos, como Santa Chiara o San Canuto. Fue siempre la más solicitada para el madrinazgo, por eso se convirtió en una acaudalada poseedora de ahijados, de todos los tamaños, colores y pesos, y la más creativa cuando de elaborar presentes se trataba: modestos, artesanales, producto de sus manos laboriosas. Los tenía siempre listos en el momento justo para ser entregados a tiempo. Tarjetitas, cartelitos, cajitas, frasecitas…

Era la que a todos iba a visitar y de paso les cebaba mates, les lavaba los platos y hasta les daba indicaciones acerca de cómo reacomodar los muebles para aprovechar mejor el espacio dentro de un ambiente pequeño. Pero lo más cautivante de su personalidad se encontraba en el orden culinario: con solo un huevo, media cebolla, tres granitos de arroz y ningún condimento era capaz de elaborar los más sofisticados platos gourmet. Nunca pudimos explicarnos cómo hacía y ella jamás reveló sus secretos. Algo así como el don sobrenatural de curar el empacho o tirar el cuerito.

Tan amada era por todos que, en ocasiones, no podemos negarlo, hasta llegaba a ser odiada. Por ejemplo, cuando el último de los invitados a una fiesta ya se había retirado, ella seguía sentada, muy plácida, sin el más mínimo decoro, comiendo bomboncitos de Quaker. ¿Cómo hacer para echarla sin que se ofendiera, si era capaz de permanecer inmutable frente a todo tipo de bostezos de la anfitriona? Fue tema de debate en el grupo durante meses. Pero una no podía evitar volver a amarla cuando, con media zanahoria a punto de podrirse, una lata de arvejas y tres pancitos de la semana pasada, elaboraba manjares.

¡Pobre Perla, próxima a cumplir la edad de Cristo, todavía no le había visto la cara a Dios! Encima, lo de aquella mañana fue espantoso. Rebelada consigo misma, se sentía humillada, tremendamente vapuleada e indignada. ¡Estaba como loca, hemipléjica de la histeria y con sus habituales e incontrolables temblores de cabeza!

–Fue al abrir los ojos –me contó–. No alcancé a levantarme de la cama: una puñalada trapera en los riñones.

–¡Kamikaze! –le grité horrorizada, mientras subía dando sacudones el ascensor–. ¡Cien veces te dije que no metieras un desconocido en tu casa! ¿Te hizo algo, ya no sos virgen, te lastimó, lo denunciaste?

Aún no había terminado de cargar la tarjeta, cuando sonó el celular y registré su llamada.

–No, tonta, te estoy hablando de una puntada en la espalda entre los pulmones y la columna, lo de la puñalada es una metáfora.

–Ahhh… –respiré aliviada–. ¿Y por qué no llamás a Felicitas para que te cure los nervios?

 

VII

 

La pobrecita estaba buscando compañera de departamento porque se había quedado sola hacía dos meses. El lugar era enorme y los recursos escaseaban. Entonces Zulema, la contralto del coro donde Ana era soprano, le consiguió una, en realidad “uno”, y ahí comenzaron los problemas.

¡Ana fue siempre muy enamoradiza! Artesana autodidacta, constructora de íconos sagrados, profesora de nivel medio y soprano de pura cepa, su fantasía radicaba exclusivamente en la casa, el perro, el auto, las vacaciones y la verja blanca. En el fondo y, quizá no tan en el fondo, las fantasías de todas nosotras, sus amigas, radicaban en lo mismo.

Anita era tan “señora casada” que todavía no había registrado bien el nombre del muchacho y ya andaba preguntándole qué quería que le cocinara para la cena. Perla y yo explotábamos de ira conociendo el pozo depresivo en el que caería cuando en menos de tres semanas asfixiara tanto al pobre hombre que terminaría huyéndole despavorido. Y así sucedió.

¡Cómo Zulema había sido tan inconsciente de meterle un sexo masculino en el departamento! Y encima “ese” sexo masculino y con semejante currículum vitae. ¿Está pensando que se trataba de un señor casado? No, no, no. ¿Un psicópata violador? ¡Tampoco! Algo mucho peor: un “casi cura”. Como está leyendo: ¡“casi cura”! Porque le faltaban escasas materias y se ordenaba, pero las dudas lo habían asaltado y, muy elegantemente, Monseñor lo invitó a meditar su situación fuera del claustro. ¡Pero no en casa de Ana! ¡Nuestra querida Anita, que por centésimas no se había hecho monja! Sí, siete años de su vigorosa juventud pasó encerrada con las Hermanitas Oblatas de la Virgen Niña.

Había que sostenerla a como dé lugar pero, ante todo, había que encontrar a Zulema para darle un buen par de trompadas.

 

VIII

 

Fue en el instante preciso en que se agachó para acomodar la puntera de su zapatilla de danza cuando sintió el manotazo en el centro de su trasero. Tan en su exacto centro fue, que el cochino vejador se tentó aún más después de iniciar su arremetida sobre la cavidad, y no dudó en seguir hurgando, bien abajo, por el medio, hacia lo oscuro. ¡Y todavía no se había depilado! Hasta la trusa se le puso morada con el apriete insistente y desmoralizado.

–¡Eeeepa! ¿Se le perdió algo? –fue la respuesta de Mónica, llena de malicia, indignación y morboso placer al comprender que los dedos correspondían a la célebre mano de su profesor de canto, todo equipadito para dar inicio, en breve, a un entrenamiento muscular.

–Sí, anoche, pero despreocúpese, de cinco a siete tengo libre así que paso por su casa y lo busco.

Con lo dicho, retiró la mano sin reprimir el deseo de palmotearle los glúteos. La mirada más brillante que nunca, la sonrisa torcida y un besito pícaro surcando el aire. Pensó en aquel momento: “¡Tanto esfuerzo puesto en el mantenimiento de mi culo para verme radiante, termina convirtiéndose en el motivo de todas y cada una de mis desgracias!”. Era injusto y por demás denigrante.

Su historia de amor: la más romántica, la única que olía a fresas y sabía a miel, bellísima, extravagante y maravillosa, la historia prohibida sobre la que todos los dramaturgos del mundo hubieran querido escribir y la que ella hubiera estado dispuesta a vivir… De no haber sido porque su profesor de canto estaba casado hacía ocho años y era el hermano mayor de su ex novio.

 

IX

 

Ana intentó llamar a Clarita para que la consolara, pero Clarita no llegó a atender el teléfono, víctima de un ataque de llanto en el baño. Había algo relacionado con su Edipo que no la dejaba ser plenamente feliz, y miren que estamos hablando de una muchacha con pareja estable. Lo que sucedía es que, cada vez que necesitaba de su chico por conflictos con su madre, este tenía jaqueca o estrés emocional, y Clara terminaba siempre sola, llorando en el baño, abrazada a sus cremas. Indudablemente, Perla no estaba errada al opinar que, para tener al lado un hombre así, a veces se estaba mejor sin compañía.

Y así sucedieron las cosas: Anita llorando, por un lado, y Clara por el otro, como loca, echándose cremas en la cara, mezclándolas con lágrimas y haciendo un engrudo espantoso, tratando de evitar las ojeras, la hinchazón y la proliferación de arrugas, producto de tanta angustia. Eso sí, todas con vitamina A y E, acción antiedad y compuestos hidrolipídicos, descontracturantes, hidratantes y reafirmantes, capaces de devolver la elasticidad y sostener todo lo que se caía, algunas con extracto de pepino y otras de bacalao, rejuvenecedoras y, por sobre todo, con efecto lifting.

Le había parecido oír el teléfono desde el baño. Entró a su habitación y revolvió las carteras de colección hasta encontrarlo. Vio la llamada perdida de Anita. Entonces la llamó y estuvieron más de dos horas llorando juntas.

 

X

 

Ya en casa, reanudé los mensajes de texto. Todo seguía igual, Chipaca mirando la novela, baboseándose con el personaje de Pacheco, al borde de un orgasmo múltiple, y yo condenándome, otra vez, al pasado.

 

MENSAJE Nº 1 (reiniciando la charla y buscando guerra):

Perdón por la demora. Me había quedado sin crédito. ¿Querías saber si me estaba tocando?

RESPUESTA INMEDIATA:

SÍ.

MENSAJE Nº 2 (conociendo al enemigo y sabiendo que algunas estrategias bélicas generan situaciones de riesgo):

Me estoy tocando. Y estoy pensando en vos.

RESPUESTA APRETANDO EL FRENO:

TRANQUILA. SOY UN HUESO DURO DE ROER. NO VAS A CONSEGUIR NADA. TE LO ACLARO.

MENSAJE Nº 3 (usando muy bien las armas de combate):

No te quiero como marido. Quedate tranquilo.

RESPUESTA DE CURIOSO CON EL AMOR PROPIO HERIDO:

¿POR QUÉ? ¿ESTÁS CASADA?

MENSAJE Nº 4 (cruel, certero y demoledor como un disparo en el centro de la frente):

Tengo novio y mucho que perder. No voy a arriesgarlo todo. Además, juntos nos mataríamos en una semana.

RESPUESTA DE QUIEN LUCHA ENTRE LAS GANAS, EL MIEDO, LA IMPOTENCIA Y NO SÉ CUÁNTAS COSAS MÁS:

NO PUEDO SEGUIR. YO SÍ ESTOY CASADO. ES PELIGROSO. Y TAMBIÉN TENGO MUCHO QUE PERDER.

MENSAJE Nº 5 (con toda la ironía y el peso del rencor):

Lo sé. ¿Querés que te haga un listado? Je, je. No voy a traerte problemas. Soy muy hábil para estas cosas.

RESPUESTA DESESPERADA:

¿QUIÉN SOS? ¿POR QUÉ HACÉS ESTO?

MENSAJE Nº 6 (como una mordedura de cascabel):

Para qué querés saberlo, si no podemos estar juntos. Ya estás grande, bombón. Deberías disfrutar más algunas cosas.

RESPUESTA DE ANIMAL OFUSCADO:

ME PARECE QUE NO ME CONOCÉS PORQUE YO SÉ PERFECTAMENTE DISFRUTAR DE ALGUNAS COSAS.

MENSAJE Nº 7 (desafiando):

Ok. Demostrámelo.

RESPUESTA DE QUIEN PREFIERE CAMBIAR DE TEMA CUANDO SE LE COMPLICA EL ASUNTO:

AUNQUE SEA DESCRIBITE.

MENSAJE Nº 8 (con total seguridad en mí):

¿Qué querés saber?

RESPUESTA CON TEMPERATURA EN ASCENSO:

TODO. CONTAME CÓMO SOS.

MENSAJE Nº 9 (comenzando a dudar de mi seguridad, pero… si estamos en el baile, bailemos):

Lindas piernas. Lindos ojos.

RESPUESTA BIEN CALENTITA:

RUBIA… MOROCHA…

MENSAJE Nº 10 (cuidándome de no pisar una mina y volar en pedazos):

Cabello castaño, rojizo.

RESPUESTA A PUNTO DE EBULLICIÓN:

¿COLORADITA?

MENSAJE Nº 11 (comenzando a seducirme la idea de volar en pedazos):

No tanto.

RESPUESTA “AL PALO”:

Y, ¿TENÉS BUENAS LOLAS?

MENSAJE Nº 12 (entregada a la ruleta rusa):

¿Y vos tenés buena (¡PIP!)?

RESPUESTA IMPOSIBLE DE CALIFICAR:

¡EPA! ¿NO ERA QUE NOS CONOCÍAMOS?

MENSAJE Nº 13 (viendo cómo gira y gira el tambor):

Sí. Pero casi no lo recuerdo, porque fue hace mucho. Dale, contame vos y yo te cuento.

RESPUESTA ARAÑANDO LA PARED PARA COMERSE EL POLVO DE LOS LADRILLOS:

NORMAL… BAHH… TIRANDO A GRANDE… (JEJE). TU TURNO.

MENSAJE Nº 14 (apretando el gatillo y sabiendo que ese instante puede ser el último:

Bueno. Normales… bahhh… tirando a grandes… (jeje).

RESPUESTA CABRONA DE TIPO QUE NO DA MÁS Y SABE QUE VA A TERMINAR EL JUEGUITO SOLO:

¡ENCIMA ME TOMÁS EL PELO! SACÁTELO DE LA CABEZA, NENA, NO VOY A CURTIR CON NINGUNA MINA QUE NO SEA MI MUJER.

MENSAJE Nº 15 (esta vez zafamos, mañana quizás no):

Sacátelo de la cabeza, nene: ni muerta curto con vos.

 

Y se acabaron los mensajes de texto. Me odié por hacerlo. Era una estupidez y yo era la más estúpida de todas. Tenía seguridad de que se trataba de un juego, pero a veces, jugar lastima, trae problemas y remueve el pasado innecesariamente. ¿Por qué lo hice? Era una pregunta sin respuesta, una estupidez más grande que el mundo. Me juré no volver a hacerlo. Lo juré una y otra vez. Lo juré hasta el cansancio. Ya todo había terminado, a mí no me interesaba nada de él y había logrado rehacer mi vida con Marcos. ¡Marcos! Si al menos se preocupara un poquito más por hacer algo para que centrara mi atención en su presencia y no canalizara tantas energías en el recuerdo nefasto del otro.

Me sentí sin fuerzas, de mal humor, cansada, arrugada. ¡Muy arrugada y sin efectivo para más cremas! Despeinada, fea, tonta, mal vestida, gorda. ¡Terriblemente gorda, fláccida y celulítica! Nada sensual, inmadura, desorientada, vieja, sola e incomprendida, amargada y todo lo que se puede sentir una mujer que no es capaz de mirar al futuro porque su pasado sigue tirándola hacia atrás, pesándole como una mole, condenándola al fracaso irremediable, aunque haya invertido fortuna de sus haberes en terapia, ropa y viajes.

Hubiera necesitado una botella llena de whisky Pure Scotch y la trilogía completa del Señor de los Anillos en DVD para justificar mis inagotables ganas de llorar. Hubiera necesitado un corazón de granito similar al de Paulina, que no reaccionaba a ningún estímulo sentimental que la trastocara desde hacía años y, últimamente, se le había dado por llamar carácter a la libido. Hubiera necesitado un millón de cosas más, aunque sabía a la perfección, y me negaba a reconocer, que lo único que necesitaba era un negro violeta de las Islas Vírgenes, de dos metros de alto por noventa centímetros de ancho y treinta de largo.

¡No quería estar sola, y Mónica estaba en danza y Ana era incapaz de hacer algo por mí en el estado deplorable en el que se encontraba! Ningún comentario me hubiera caído mejor, en aquel momento, como el de la malévola madre de Perla, cuando veía a alguna de las de su género trastornadas por cuestiones del espíritu, manifiestas en físico y carácter:

A esta chica se le dio vuelta la sangre.

 

XI

 

Terminó la novela y Laport abandonó la pantalla chica.

Bajé un poquito el aire porque tenía las patas heladas –dijo Chipaca. Y cuando te fuiste… sin avisar a dónde… llamó Marcos. Dejó dicho que durante el día se comunica nuevamente. Parece que viene la próxima semana, ¿eh? ¡Qué frío se pone enseguida con este aire, hay que aprender a regularlo! Seguían entrando los mensajes—. ¡Como loca está tu madre!

Preferí no contarle, aunque veía que la curiosidad la mataba:

¿Mañana venís a las nueve? Confiaba mucho en ella, pero en aquel momento no necesitaba sermones.

Llegaba puntual y se quedaba hasta terminar la novela. Nadie me dejaba la casa en orden como lo hacía ella. Compartíamos el almuerzo y, a veces, la vida misma.

Me voy… dijo, y sentí que la Mesopotamia entera atravesaba la puerta–. ¡Hay una lágrima sobre el teléfonooo…! canturreó al sacar la llave del ojo de la cerradura, y no pude evitar la carcajada.

 

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