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Veintisiete segundos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Georgina acabada de quitarse la venda de los ojos. La muchacha, de contextura morruda y cachetes de pan de leche, sintió los pies húmedos y las medias de seda adheridas como sanguijuelas a sus pantorrillas. Después de un gran esfuerzo, pudo enfocar la mirada en un punto. Efectivamente, había metido los pies en un barrizal.
Pero ¿si estaba en una fiesta multitudinaria, rodeada de miles de personas, jugando como una adolescente sobre el piso de cemento? Algo extraño acababa de suceder.
Advirtió que la música se escuchaba lejos, como si hubiera andado kilómetros enteros en décimas de segundos. De repente, se apagó por completo. El silencio envolvente de aquel lugar le cayó encima como una piedra. No había nadie a su alrededor. Estaba sola en medio de un bosque helado, con los pies hundidos en un charco de barro. Algo sobrenatural la había quitado del lugar donde estaba y la había depositado allí, sin que se diera cuenta.
No pudo evitar el sudor corriéndole por la espalda. Trató de contener las lágrimas clavándose las uñas en la palma de las manos, pero tampoco consiguió hacerlo. Atravesada por el miedo, gritó tan fuerte que el universo entero se compadeció de su desolación.

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Cinco segundos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Máximo sintió un dolor de fuego en su tobillo izquierdo y se desplomó sobre un montón de ramas y hojas secas que se encontraban al pie de un árbol, justo detrás de él. Cayó de espalda, perdiendo el equilibrio como si alguien le arrebatara el suelo. Al dolor del tobillo, tuvo que sumarle el de la punta de una rama que se le clavó entre dos costillas.
–¡La puta madre! –gritó, mientras se tumbaba sobre su brazo izquierdo. Apretó los labios y cerró los ojos. Trató de respirar lento y pausado.
Pudo incorporarse de a poco. Aún sentado sobre el suelo vio que el mundo era distinto. Olía a fresco, a cosas vivas, y el aire se respiraba sin dificultad. Tuvo que acostumbrar el ímpetu de sus sentidos a aquellas extrañas sensaciones.
Apoyándose en algunos árboles, finalmente, logró ponerse de pie. Dando pequeños saltos, avanzó sobre la espesura del bosque hasta encontrar un claro, y miró al cielo. Era de un azul intenso y brillante, como debió haber sido el mar del Ecuador en noches de verano, quinientos años atrás. Millones de estrellas y astros celestes brillaban con una luminosidad asombrosa, volviéndolo todo plateado y fantástico. La sensación de un puño cerrado sobre el corazón lo abordó en una fracción de segundo y supo que ya nada volvería a ser como antes.
Entonces recordó lo que le habían dado: una venda negra, una pistola de uso medicinal y cuatro ampollas con un extraño líquido de color magenta adentro. Palpó los bolsillos de su abrigo y corroboró que aquellos objetos seguían allí, intactos, como los había guardado. Inspiró profundo, cerró los ojos, concentrándose, y apeló a sus más sobresalientes y destacados dotes de actor. Haciendo temblar la mandíbula, frunciendo el ceño, al punto de lograr el llanto, gritó con la voz quebrada y chillona de quien no sabe controlar su histeria en medio de una catástrofe:
–¡Socorro! ¡Socorro! ¡Necesito que alguien me ayude!
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Dos minutos, calendario gregoriano, después del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
Amparo permanecía acurrucada, hecha un ovillo, entre las raíces de un árbol gigante. Miraba todo a su alrededor, como quien contempla un mundo imposible, y lloraba.
No conocía el sonido del viento entre las hojas ni podía imaginar la luz de las estrellan pegándole en la cara. Tampoco sabía de texturas dóciles y humedades melosas. Sin embargo, todo aquello, en lugar de atemorizarla, le arrancaba una sonrisa y un mar de lágrimas incontenible.
Era llorona por naturaleza. Llevaba la emoción a flor de piel y en la sangre, el canto de pájaros extinguidos. ¿Qué más podía pedirle a sus duendes que no fuera una nariz esponjosa de payaso, como un bizcochuelo de frutilla?
En lo oscuro del fondo de la Tierra, Amparo vivía con su madre, en una casita pequeña a orillas de una vertiente hervida. Allí se ponía una nariz de trapo, cocida a mano con una media de lana, andrajosa, y saltaba de una silla a la otra.
–Estoy segura –decía a todo aquel que se detuviera a mirarla– que en alguna otra vida fui payaso.
Entonces, cuando lograba convencerse en la duermevela del sueño que su creencia era cierta, no quedaban más grietas para la tristeza ni agujero por donde pudiera colarse el dolor.
Sabía que haber aparecido en aquel lugar, tras quitarse la venda de los ojos, no sería gratuito a su existencia. Pensó en su madre, sola, en la casita de la vertiente. El corazón se le consumió al imaginarla junto al brasero, preparando la cena.
En aquel segundo de lucidez, Amparo entendió que, a veces, es necesario renunciar a historias imborrables, a ausencias y presencias, a los gratos y no tan gratos recuerdos, al rencor y al desamor, si se pretende alcanzar la felicidad.
Tuvo la plena seguridad de que correr bajo el sol ya no sería una utopía para su frágil corazón de bohemia. Estaba segura, a pesar de sus infinitas debilidades: la felicidad comenzaba a vislumbrarse como algo posible.


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