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I
Año 3014
Eso de lo que nadie habla forma parte de un misterio universal. Porque hay verdades que no deben saberse, que obligan al sacrificio y al silencio más extremo. Esta es una de ellas: la que provocó el último desmoronamiento de la humanidad.
Pasaron mil años y el mundo ha cambiado demasiado. Es difícil mirarlo cuando prácticamente no queda nada por mirar. Dicen que, cientos de años atrás, los días duraban veinticuatro horas y cada hora, sesenta minutos. Hoy, en el año 3014, los segundos son infinitos, casi tanto como la profundidad del cielo, como la lluvia cuando empieza a caer y el frío nunca cesa. Seguramente, por esto, los hombres se volvieron tristes y oscuros, y nunca más se los escuchó reír.
Los continentes ya no existen, porque las catástrofes naturales acabaron fundiéndolos en una sola masa rocosa, sin vida. Y la rotación, mucho más lenta y quejosa de la Tierra, hizo que los días y las noches tuvieran una duración de seis meses. Seis meses de sol implacable y seis de noche helada y congelante. Cuanto ser vivo existía sobre la superficie del planeta se extinguió. Lo poco de la humanidad que logró sobrevivir a la aberración del canibalismo, a las masacres más atroces y las pestes, lo hizo ocultándose en inframundos o refugiándose en ciudades flotantes, dentro de burbujas espaciales que yacen amarradas a la superficie de un mundo muerto.
Y la miseria se esparció como una plaga, el hambre hizo estragos en las entrañas, el miedo entró por los ojos de todos para quedarse, y el odio creció hasta apoderarse de las almas más nobles y devastarlas. Porque murieron las esperanzas, porque llegó el final.
II
3014 – Doce horas, calendario gregoriano, antes del Equinoccio de Noche llamado “De las Tres Marías”
–Buenas tardes, Enriqueta.
El salón de baile de la Maison Blanche era una de las pocas habitaciones de la antigua residencia que todavía permanecía en pie, haciendo frente al abandono y la voracidad del tiempo.
Nora había observado con angustia milenaria, desde las ruinas de la torre principal, el despliegue que llevaron a cabo los guardaespaldas de Enriqueta cuando se detuvieron frente a las escalinatas de la casona.
Decenas de coches negros, reliquias de otros tiempos mantenidas en perfecto estado, rodearon el carro que transportaba a la anciana escuálida, de cabellera platinada y ojos de buitre. Un centenar de hombres, enmascarados, empuñando sus armas, treparon a las ruinas, se colaron por las ventanas y avanzaron sobre el piso deslucido. Abrieron paso a la mujer que caminó sostenida por un bastón de oro y diamantes, envuelta en pieles extrañas, vestida de luto riguroso. Porque todo era negro en su lamentable existencia, excepto el cabello blanco, como nieve en primavera.
Nora descendió de la torre e ingresó al salón por la parte posterior, aquella que alguna vez había sido el jardín de invierno familiar. Creyó que las piernas no la sostendrían y tuvo que apoyarse a uno de los muros. El corazón se le partía en dos. Avanzó quebrada por el dolor y se ocultó detrás de una de las columnas para no ser vista. Desde allí la saludó:
–Buenas tardes, Enriqueta.
La anciana no respondió. Prefirió esperar, en silencio y sin pestañear, rodeada de energúmenos descerebrados, violentos hasta el crimen y la tortura, que la protegían como si se tratara del bien más endeble en el universo. Vieja y odiable, permanecía petrificada, anidando maldad en sus entrañas.
“Esa voz…“, pensó. Algo le resultaba familiar, sin embargo, no quiso hacer apreciaciones infundadas. Paciente por sobre todas las cosas, había aprendido a esperar y atacar en el momento preciso. No daba un paso sin tener la certeza de estar haciendo lo correcto. No avanzaba si no sabía dónde estaba el peligro, cómo podría dominar la situación y cómo sacaría ventaja.
–Pasaron demasiados años…
La voz de Nora confirmaba peligrosamente las sospechas de la vieja.
Entonces, salió de las sombras y Enriqueta pudo verla como una reina blanca de cabellos negros. La piel de porcelana, los ojos radiantes, la hermosura hecha mujer. Envuelta en telas volátiles y etéreas, como siempre fue su espíritu.
–Debí imaginármelo –balbuceó la anciana, atragantándose con su propio veneno, sin atinar a un gesto–. Nora Blanche.
–Sí. Regresé, y esta vez nada podrá detenerme.
Finalizadas sus palabras, un centenar de mujeres ingresaron al salón, uniformadas con trajes blancos. Llevaban el cabello recogido sobre sus molleras, empuñando arcos y flechas. Rodearon a los hombres de negro y a la vieja endemoniada, como si se tratara de corderos indefensos. Entonces Enriqueta preguntó, apelando a su habitual ironía:
–¿Cuántas estupideces más deberé soportarte?
Con un solo golpe de bastón contra el piso, abrió las puertas del infierno. Vientos huracanados, de fuego, entraron por las ventanas, y amenazaron con quemar los ojos de las guerreras blancas. Sin embargo, Nora no perdió la calma, extendió sus brazos y se alineó con el Universo, evocando a los ancestros de la Civilización R:
–Ameri rabé límjare, tali de rasla, mourey dixaro –murmuró–. Ameri rabé. Tali, mourey.
El aire se espesó como nata y olió a rosas blancas cuando una de sus mujeres, la más alta y de más bello porte, pudo vencer al viento de las profundidades y lanzar una de su flecha con precisión exacta, atravesando el cuello de un guerrero de negro.
Entonces, Enriqueta torció su boca en un esbozo de sonrisa y sentenció:
–Sagli samrendi.
Detrás de ella rugió el clarín de guerra.
III
Los hombres de Enriqueta se elevaron sobre el nivel del suelo y atacaron sin piedad. Mientras, las mujeres protectoras de Nora desplegaron sus alas y construyeron escudos gigantescos para hacer frente a cualquier embestida.
Intentaron inútilmente asesinarlas. No pudieron arrancarles el corazón ni cortar sus cabezas. Las hadas blancas se disparaban por el aire a la velocidad de la luz, corriendo sobre los techos y rodando en las paredes. Trazando surcos de luz radiante por donde se deslizaran, iban encegueciendo a los hombres, aniquilándolos de a uno sin hacer grandes esfuerzos.
Los pocos que sobrevivieron buscaron refugio detrás de Enriqueta, y aprestaron sus armas en un último intento por frenar la derrota. Nora inspiró profundo, corrió una lágrima sobre su mejilla y observó el rosto enjuto de su enemiga. La anciana creyó que el final había llegado.
En aquel instante, por la puerta que siglos atrás conducía a los jardines de invierno, ingresó él. Avanzó lento hasta detenerse a unos pasos de la heredera Blanche. Las jóvenes custodias, que habían hecho frente sin temor a los hombres de Enriqueta, inclinaron sus cabezas y bajaron las armas.
El hombre que acababa de entrar tenía un andar melancólico y cansado. Llevaba el cabello dorado, rozándole los hombros, despeinado, como cuando era niño. Los ojos verdes, más verdes que el mar y el cielo juntos. La boca de cerezas maduras.
Enriqueta lo miró inmutable, sin demostrar sentimiento alguno, anclada en medio del mar de cadáveres en que se había transformado su ejército. Apretó por un segundo los labios, como era su costumbre cuando la sobrepasaba el odio, y dijo:
–Eres tan idiota como tu padre.
–¡Cuántos años sin vernos, Enriqueta! –fue la respuesta del muchacho, educado como un príncipe, sin darle importancia a la agresión.
–No interfieras en mis planes –dictaminó la anciana.
–Haré todo lo que haga falta –fue su sanción–. Lo que necesite hacerse, se hará.
–Eres valiente y muy poco inteligente al desafiarme. Tu padre hizo lo mismo y así le fue. Nunca lo olvides.
Enriqueta se acercó al muchacho para verlo de cerca.
–Soy el único heredero del clan Gledber, de la Civilización R –le respondió–. No tengo nada que perder. Hace miles de años que estoy en la Tierra para cumplir una misión y ha llegado el momento de actuar.
Enriqueta aprovechó para mirar de reojo a Nora, mientras contestaba al muchacho con sorna:
–Por lo que veo, has buscado muy buenos aliados.
Nora no se sintió ofendida. Mantuvo la calma y habló sin miedo, sabiendo que sus palabras despertarían al mismo Lucifer:
–Es injusto, Enriqueta: nadie tuvo la culpa de que Dulce muriera.
–¡Mi hija Dulce era un ángel! –escupió la vieja como un dardo venenoso. Escuchar el nombre de su hija en boca de sus enemigos la desquiciaba–. ¡No merecía morir! Todos sabemos que hubo un culpable y lo debe pagar –condenó con odio.
En aquel momento, una de las esculturas mitológicas que yacía en dirección a la columna derecha del frontis, cayó desde lo alto y se hizo polvo contra el suelo. Lo estrepitoso de la caída alertó a todos, y así colocó a los guerreros, hombres y mujeres, en posición de ataque.
Detrás de la asfixiante nube gris que originó la caída y al disiparse el polvillo, los presentes pudieron agudizar la mirada. Alcanzaron a ver una figura masculina en medio de los escombros, monstruosa, mucho más grande que la de un hombre común, similar a la de una fiera salvaje.
Con solo estirar su brazo, aquel desconocido lanzó cinco cuchillas de acero que fueron a parar, exactamente, al centro del pecho de cinco guerreras blancas.
Nora, Enriqueta y el joven de cabellos dorados permanecieron estupefactos, de pie, contemplando la masacre, viendo como el gigante no dejaba uno solo de aquellos hombres y mujeres vivos. Los mataba como si fueran criaturas insignificantes, que aplastaba con uno solo de sus dedos.
Minutos más tarde, cuando hubo matado a todos, el enmascarado se acercó al muchacho de ojos verdes. Con la mansedumbre de una brisa helada, con la serenidad de quien a nada teme, lo llamó por su nombre:
–Juan Antonio –le dijo, y marcó su hora.
El monstruo, con sus dos manos, tomó la cabeza del muchacho y lo elevó a la altura de su boca. Con un beso de fuego inspiró profundo hasta sentir, en la humedad de sus fauces, que le arrebataba el alma.
Nora gritó desesperada al ver a Juan Antonio retorciéndose en las garras del gigante, transformándose en una masa vacía y amorfa que nada valía. Cuando la bestia se deshizo de él, ella corrió y alcanzó a tomar entre sus brazos la cabeza de su aliado antes de que diera contra el suelo, pero era tarde: el monstruo le habían arrebatado la esencia de su ser.
–¿Quién eres? –le pregustó Enriqueta al depredador.
Por primera vez, en muchos siglos, la anciana volvía a experimentar las amargas sensaciones del miedo.
El guerrero desvió su mirada hacia la vieja y allí la detuvo. Pudo observarla detenidamente y respirarle en la cara como un dragón hambriento que disfruta antes de devorar a su presa. Luego, lentamente, se quitó la máscara.
Entonces, Enriqueta lo olvidó todo en un instante. Olvidó a sus soldados muertos y el odio que sentía por Nora y el imbécil de Juan Antonio. No le importó su plan de venganza ni el recuerdo tortuoso de su hija muerta. No le importó nada, porque sabía que a partir de aquel momento todo sería diferente.
Con un placer desconocido, con una extraña paz sobre el lomo de su conciencia, susurró:
–Bienvenido, Alexandre.

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